El gordo bufón

«Colombia es, especialmente en su último siglo de vida, el caliginoso reino de la amnesia y del no saber a dónde vamos por ignorar, de dónde venimos».

Alfredo Iriarte


Uno de mis mayores descubrimientos literarios el año pasado se dio al chocarme contra un libro del escritor bogotano Alfredo Iriarte. El accidente sucedió así. Visitando una librería de segunda, de esas con polvo, luces tenues, y montañas de autores, despertó mi atención un libro de tapas color marrón cuya portada, adornada por un fragmento de “El Jardín de las delicias” del Bosco, pinchó mi campo visual.  El título era «Repertorio Prohibido» (1991), impreso por la editorial Intermedio, cuyo nombre parecía una confrontación con el Index librorum prohibitorum. De ahí el deseo de adquirirlo. De transgredir esas páginas con la mirada.

Negocié por un buen precio el ejemplar (en Colombia no recatear es de mala educación) y sentado en el concurrido Parque Gaitán, leí hoja tras hoja, mientras deducía que estaba frente a un tratado histórico, filológico y jocoso ¿y esta combinación qué? Una antología de relatos cachondos, lleno de adefesios, frases cultas, diatribas, afrentas, blasfemias, temas que sinceramente había leído en Francisco de Quevedo, en Georges Bataille, o en el siempre sin moda y sin tiempo Marqués de Sade y que ahora leía -valga la redundancia-, como si fuera un Martín Lutero electrocutado por un rayo en el campanario.

Una pieza muy rara, o mejor, un libro que cada hoja contenía un extraño magnetismo que pegaba el ojo al párrafo, llevándome hasta el final del tomo, pues el autor, con cierta sencillez, desglosaba palabras citadas en latín y griego y al traducirlas al castellano, traía nueva luz sobre los significados.  Prendido de esa pieza, caminé por la literatura del Siglo de Oro español, luego entré en varias historias bizarras de la Bogotá en blanco y negro, y finalmente arribé al país de la narrativa latinoamericana.  De igual forma, en este viaje, escuché (leí) asuntos sexuales, loas a los excrementos, colección de garabatos, elucubraciones intelectuales, escatología en el buen sentido de término.

De tal lectura surgió la herejía de la risa. Lo confieso. Una posición que me ponía como candidato a ser envenenado por Jorge de Burgos, el personaje central de “El nombre de la Rosa” de Umberto Eco, aunque eso sí, siempre intenté mantener la cordura en ese parque, so pena de que me confundieran por un político.

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Devoré el tomo de un tirón, y ahí fue donde desperté al preguntarme por el autor ¿Y quién es este tal Alfredo Iriarte? Luego sabría que se trataba de un bogotano, un rolo de raca mandaca, que, de no haber muerto en el año 2002 a causa de una complicación cardíaca, hoy tendría 86 años de vida escribiendo travesuras literarias. Así, al investigar un poco, comencé a familiarizarme con el autor, y sentí que ya podía llamarlo “Gordo Iriarte”. Un apodo que, de estar vivo el doliente, no le molestaría en lo absoluto, ya que él solía decir de sí mismo, a propósito de su macrocefalia, que era un «hongo que se había hecho carne.»

Así inicié la misión de descubrir el porqué de su jocosidad entre una cultura tan gris y seria como la capitalina. Sin más datos que los traídos por la red, y un par de bibliotecas locales, concluí que este ser de patas frías (como llaman a los bogotanos), tenía un fuerte carácter costeño: mamagallista, bebedor de Whisky, merenguero, bailador, devorador de huevos en cualquier presentación y buen conversador según sus amigos Fernando González Pacheco, Álvaro Paredes Ferrer, y otros. Un hombre amante de la Sonora Matancera, que quiso ser baterista vitalicio de la banda de Dámaso Pérez Prado y que, en sus palabras, si hubiera un cataclismo universal salvaría los dibujos de Goya, El Bosco y Brueghel el viejo, a quienes consideraba mamadores de gallo excelsos. Es decir, personajes afines a su pandilla espiritual.

Costumbres demasiado caribeñas y festivas para un bogotano, pensé. Nada de escritura frívola, o de formas encorsetadas, sino antes bien Alfredo Iriarte era el hombre que tenía la capacidad de reírse de sí mismo y de los demás, con altura, y dentro de su línea de historiador nacional y mundial. Además, por supuesto, de cronista local, humorista, político, y también escritor fecundo y prolífico, que dejó una vasta obra en su haber. Tan prolífica fue su producción literaria, que el profesor manizaleño Miguel Ángel Rubio afirmó alguna vez que  el total de sus obras fueron menos de cincuenta libros, y algo más de treinta.

Una buena cifra digna de ser revisada si entendemos que este autor no se dedicó de lleno a la literatura, sino que empezó esta vocación de fe luego de renunciar a su trabajo de contador en la flota mercante Grancolombiana y de ejecutivo de venta en la empresa Seguros Bolívar de Bogotá.

Aunque desaceleremos, porque este escritor bogotano no fue un Emilio Salgari, o un Isaac Asimov, o un Vargas Vila en cuanto a producción, sino que cada libro lo redactó en un contexto, y bajo un propósito en Colombia. Títulos como  “Lo que lengua mortal decir no pudo” (1979); “Bestiario tropical” (1986); “Episodios Bogotanos” (1987); “Breve historia de Bogotá (1988); “Batallas y batallitas en la historia de Colombia” (1993); “Historias en contravía” (1995); “Trajes, historias y leyendas de Santafé” (1995); “Muertes legendarias” (1996);  “Cristóbal Colón y el descubrimiento” (1998); “Ojos sobre Bogotá” (1999), y una decena de textos más, ponían en relieve una vida literaria que con su oficio retrataba hechos de la vida social, política y nacional.

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Aunque hagamos otra pausa para aclarar algo.

Se podría llegar a pensar que hay vidas destinadas a las letras, sin embargo, en este caso y frente a este autor, no es tan fácil afirmar aquello. Alfredo Iriarte estudió Derecho en la Universidad del Rosario de Bogotá, pero igual que Gabriel García Márquez, Daniel Samper Pizano y Pedro A. Valderrama no terminó la carrera; desertó de la Marina por su carácter indomeñable; y fue contador y alto ejecutivo en una empresa reconocida a la cual renunció para dedicarse a leer y a escribir. Una apuesta arriesgada, o mejor, una osada transformación literaria que no es de todos los espíritus.

También, en esta aventura de incursionar en las letras, fue director del desaparecido Instituto de Cultura Hispánica; columnista un cuarto de siglo en el periódico El Tiempo con su miscelánea “Rosario de perlas”; y corrector y censor político, ya que detestaba a los dictadores latinoamericanos. De ahí su novela “El jinete del Bucentauro” (2001). Una fina metáfora de un dictador que reinventa la constitución, estrangula libertad, y como Calígula, nombra general a su caballo Bucentauro y todos deben obedecerle.

En fin, un Alfredo Iriarte, lleno de curiosidades y un genio literario que, si hoy se vuelve a poner de moda la lectura de sus obras, sería sin duda un autor de culto entre los buenos espíritus. Como afirmó de él Carlos Villalba Bustillo:

«Si Alfredo Iriarte se desentendiera de sus obsesiones, de su mamagallismo incurable y de la desfachatez con que dice todo lo que le da la gana, nos privaría del placer de leer, en cada una de sus crónicas y en sus libros, una vivencia grata, porque tiene la virtud de volver, con su impresionante expedición, trascendente lo frívolo y de convertir lo serio en derroche».

Comprar este libro, en esa vieja librería, me produjo sendos estímulos; me guio a investigar sobre su vida y valorar su obra; por eso, sin tapujos, recomiendo echarle un ojo a las obras de este autor, que, a mi parecer, combinó la lectura, la escritura y la vida. Trinidad fundamental de todo escritor equilibrado. ¡Adiós! Gordo bufón.

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