Un viaje al país de los niños Embera

«Los niños han de tener mucha tolerancia con los adultos.»

Antoine de Saint-Exupery


Un poco antes de ingresar al resguardo indígena de los Embera Chamí del bajo San Juan, en Pueblo Rico, Risaralda, un hombre nos amenaza con un machete: “Deberíamos matarlos a todos”.  El hombre está ebrio. Pero es claro que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, así que descendemos hasta la entrada de la comunidad con precaución. Luego nos explican que el grupo étnico de los Embera está dividida, no es uno solo como se cree, sino que también existen los Katío, los Eyabida y otros, y no todos comparten la misma idea de dejar que extraños ingresen a su hábitat a “contaminar culturalmente el grupo”, como ellos mismos afirman.

Descendemos por una pendiente hasta cruzar un puente deshecho de tablas dispares cuyo piso nos resguarda en ese momento de la borrasca del río San Juan. Un cauce que daba la apariencia de estar embravecido por la torrencial lluvia de la noche anterior, que a decir de un lugareño,  fue un aguacero como si el cielo se hubiera roto.

El hombre ebrio sigue amenazándonos a lo lejos con su arma pero lo hemos dejado atrás. El llegar, exceptuando este incidente, ha sido tranquilo. En la ruta trazada hay que buscar a Leidy Yohana Aizama Zamora, conversar con ella, grabar el documental e irnos. Pero luego esa sencillez adquiere otro matiz, pues al pisar suelo Embera chamí, nos encontramos con un resguardo que se reúne en ese momento en la plaza central a deliberar sobre un caso de violencia doméstica.

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Foto por: Diego Val

La situación se torna tensa y discuten en Chocó, o Emberá, su lengua materna.  Vemos mujeres vestidas con blusas y faldas de colores que, en vez de tener productos del campo o artesanías entre sus manos, llevan machetes, látigos y palos. También hay hombres con camisas estampadas de Comfamiliar, Puma, Caritas Pereira, y del deportivo Pereira, que están airados como si algo estuviera próximo a estallar. Todos, a excepción de los niños, calzan botas pantaneras y mientras conversan levantan las manos. Disputan de dos en dos buscando un consenso sobre el juicio que realizan a esa de la mañana. Se ven desafiantes y hasta parecen gritar. Sin embargo, al conocerlos, se descubre que este tono al hablar es el que usan habitualmente para afirmar cosas triviales como: “¡Forlan¡ anda a buscar las gallinas”. O “¡Ya vienen!, ya vienen los de Pereira”.

Han pasado varios minutos y vemos que el asunto no va bien. Entre el grupo de los que venimos de la capital de Risaralda nos miramos con ojos preguntones.  Así que, en la espesura del calor de esa mañana de sábado, decidimos parar un momento y no grabar sino conversar con algunas mujeres adultas y unos cuantos niños que curiosos, nos rodean como hormigas inquietas.

―¡Buenos días, señores! Se acerca un hombre Embera y saluda en un castellano a cuotas.

―Buenos días. Responde al unísono el equipo.

― ¿Aquí a nadie le han pedido permiso para ingresar? Dice, y las personas que están en el juicio sumario cambian su foco de atención, especialmente las mujeres, que con machete en mano miran interesadamente a los visitantes.

―Estamos con Yohana. Hemos hablado con ella. Venimos a conversar con las mujeres sobre las artesanías que hacen en la comunidad.

―Deben avisarle al gobernador. Nada se hace sin su consentimiento. Sugiere.

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Foto por: Diego Val

Y los niños, diligentes a esa hora de la mañana, corren a llamar al gobernador que viven a cincuenta metros del lugar principal. Al fondo se deja ver un hombre grande que, a paso de tortuga, se acerca. Es Gilberto Necavera, la autoridad principal entre la comunidad. Un hombre de baja estatura, macizo, de piel cobriza, que llega sin camisa reluciendo en su torso una señal, una cicatriz, quizá de una operación de peritonitis, o una hernia.

Luego de exponer nuestra intención obtenemos su permiso, pero los ánimos en la plaza central del resguardo están caldeados. La discusión marital no termina, todavía no hay un veredicto. Y así, entre ese tumulto Embera, se ignora que al otro lado donde se ejecuta el juicio sentimental, en dirección contraria, está la caseta comunal donde se reúnen los niños a deliberar de otros temas: los juegos que van a llevar a cabo esa mañana. Allí están apiñados Didier Guasiruma, Herney Aiazama Zamora, Gisela Guasivama Bizama, Mesi Nacavera, Aquilino Wapulema, y dos niñas más que traen arrastrado a un pequeño niño en pijama a rayas azules, con una ballena de las que salen en Moby Dick estampada en la parte delantera.

***

Esta comunidad Embera Chamí, compuesta de sesenta y ocho familias, alberga un poco más de trescientas personas, y entre ellos, un tercio de esa cantidad son niños.  La verdad, no hay necesidad de hacer un inventario. Solo es observar que en el suelo hay sacapuntas y madejas de hilo, por un lado, y un corralito de piedra y un jardín de barro donde todos ellos saltan, por el otro. Las casas de sus padres y vecinos son pequeñas, pero para ellos son edificios como los de Pereira.

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Foto por: Diego Val

Entre su comunidad los niños no se sienten extraños, están en su país,  es más, realmente creemos que nosotros somos los extranjeros y posiblemente los indígenas para ellos. Nos halan de la mano desesperados para que conozcamos su espacio, o mejor, para que vayamos a conocer su templo de la ternura, llamado “Uca Dachi Warranachake Juma Duane”.

Ha pasado casi un cuarto de hora y los adultos han quedado relegados a un segundo plano. Comparado a este evento que presenciamos, en el mundo de los niños las peleas son de otra forma: Gisela Guasivama le lanza un balonazo a Didier Guasiruma porque le ha quitado la leche malteada marca ¡Mr Quick!; Cataleya Guarisuma se hace una trenza mientras Aquilino Wapulema se la desbarata; y un niño le lanza agua a otro con una fumigadora persiguiéndolo por todo el patio y al no lograr alcanzarlo se ensaña contra un pato a pistoletazos; y todos, sin excepción, se burlan de un niño llamándole “El chivo” por su corte de cabello parecido al de Neymar.

El juicio sobre el caso de violencia familiar parece ir menguando. Lo entendemos así porque un hombre sale de allí y toma una guadua de ocho metros para seguir construyendo su casa. Otro con un martillo en la cintura empieza a reforzar el techo levantado por el vendaval de la noche anterior, y una comadrona, vestida tiernamente de rosado con azul, se sostiene de su bordón para subir a su casa emplazada en una colina empinada.

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Foto por: Diego Val

El asunto de los grandes se ha disipado. Sin embargo, todo ha cambiado de ambiente, porque los niños están en su otro mundo. Un entorno muy diferente al de los adultos.  En la plaza central del poblado hay emplazado, a modo simbólico, ocho piedras quemadas que forman un círculo. Los niños parecen no comprender de qué se trata ese símbolo, y hasta no dan señal de creer que los dioses demanden respeto por esa forma. Saltan y corren entre los montículos de piedra, mientras se persiguen unos a otros lanzándose una cucaracha como si fuera un muñeco de Disney. Algunos gritan, otros con gemidos de horror, salen despavoridos buscando la falda de sus mamás.

En el resguardo las casas no tienen columnas; hay afiches de Petro presidente estampados en la mayoría de las puertas; un solo poste de luz que extiende cables eléctricos a cada vivienda como un velo espabilado de novia surte la energía necesaria para sus radios y televisores; y una ancha calle rústica donde juegan fútbol o hacen sus juicios emberas,  no es un impedimento para que los niños se distraigan con sus mascotas, las gallinas, que también son el alimento de la familia; halen una lata de sardinas con una piedra dentro a modo de carro; hagan castillos con frascos de medicina; y hasta uno de ellos se quita los calzoncillos para hacer una bandera y jugar a enterrarla y así colonizar unos centímetros de tierra.

Están curiosos con todo. Están en su país. Preguntan de dónde venimos. Afirmamos que de Pereira, del portal periodístico La Cebra que Habla. Meditan  sobre qué es una cebra y por qué habla. Luego nos jalonan porque quieren saber qué es ese animal y nos llevan de nuevo a su templo para señalarnos si se parece a un caballo que tienen pintado ahí dentro. Ingresar con toda confianza y nos extasiamos con el mundo de dibujos con el que han decorado ese espacio. De entrada, hay una imagen de un anciano que sostiene un niño.

―Es un Jaibaná. Le está cantando a un niño porque está enfermo. Dice Didier Guasiruma, el más grande de todos. “Se llama Luis Arturo”.

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Foto por: Diego Val

Realmente Luis Arturo es el médico de la comunidad, que, así como un doctor de ciudad afirma a un niño que una abejita le picará cuando lo inyecta, el Jaibaná les dice que va a cantar para sanarlos, cuando realmente está invocando a los dioses a manera de rito para apaciguar los dolores en el estómago, en una muela, o cuando algún animal del monte los pica.

Ese templo o caseta comunal es su pequeño universo: aviones, escobas, piñas, perros, monos, mariposas, submarinos y otros elementos más, están repartidos por todo el lugar como maquetas de manualidades. Los niños son una autoridad allí en su espacio y son nuestros guías todo el tiempo. Algunos de ellos nos enseñan a hablar en su idioma y preguntan en su lengua: “¿qué desayunaron?” o si acaso alguno de nosotros tiene novia. Al no saber cómo responder, nos intimidamos, pues son unos niños trilingües que hablan Embera, castellano e inglés y parece no importar qué podemos decir al respecto. Nos ignoran por un momento, pero con ternura, y luego se distraen encestando una pelota en un bolso de cuero, y las niñas se halan las trenzas entre ellas.

El sol del medio día ya se asoma con timidez y como el equipo de La Cebra que Habla se dividió en dos, ellos han terminado la labor programada con las mujeres y la artesanía y nosotros la nuestra con el entorno y la vida social de la comunidad. Nos despedimos. Sin embargo, los niños no se resisten que los dejemos tan pronto. Salimos despacio con palabras de cortesía, pero ellos corren detrás de nosotros para despedirnos como si fuera una cruzada infantil que despide a sus héroes de aventuras.

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Foto por: Diego Val

Quizá están acostumbrados a ver personas diferente en el resguardo, por eso son tan hospitalarios, tan risueños, tan naturales. Sin nada más que ofrecer, y para aliviar momentáneamente la tristeza que tienen, nos piden algo y les dejamos dinero para que compren sus golosinas favoritas: bolis, helados y tangelos, aunque otros, según dijeron, quieren comprar trompos y boliches para jugar en el patio con los demás.

El pequeño Herney Aiazama Zamora, desde lejos nos dice que si al regresar podemos traerle una cebra. Nos quedamos mudos y hasta con los ojos aguados. Luego cruzamos el puente en dirección a Pueblo Rico para regresar a Pereira. Pensamos sobre qué puede significar una cebra para ellos, y si al verla, preguntarán el por qué está empijamada a toda hora o quién pintó esas rayas en su cuerpo. Los niños, igual que los ebrios siempre dicen la verdad, son curiosos por naturaleza y hasta pueden creer que una cebra habla.

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