Rubén Vélez: El Schenectady antioqueño

«Shall we ever understand that ignorance is not innocence?»

Richard Francis Burton


Sílaba, la editorial de Medellín que está en alza, ha logrado un bello libro, tanto en diagramación como en contenido, titulado: “Todo era azar en el Hotel Sahara” (2017) del antioqueño Rubén Vélez (1956).  Una obra semejante a bitácora de peregrinaje por tierras exóticas que asienta las reflexiones de un poeta candoroso que deleita, con temor, temblor e inspiración, a un Califa sediento de historias filosóficas, teológicas, fantásticas, y cuyos verbos y palabras plasmadas en su interior parecen un diagrama floral de Vanuatu. Esas figuras de arena, dibujadas a mano en el desierto, que son narraciones, y que en cualquier momento pueden convertirse en una tormenta azarosa que desdibuja los signos.

De forma similar, o mejor, con la misma imagen, Rubén Vélez cataloga su libro, aunque en sus palabras lo compare también con un espejismo, un laberinto, una interminable noche que no acaba nunca, porque su estructura es muy parecida a la oralidad del clásico de “Las mil y una noches” (s,f), donde las narraciones surgen unas de otras, es decir, que al presentarse un relato, este da pie a que nazca otro, y luego otro, creando el efecto de cajas encerradas en otras cajas.

Esto es en esencia “Todo era azar en el Hotel Sahara”, una obra, que, según el autor, “Son unas nuevas noches árabes que tienen que ver con el personaje de la carátula que es un príncipe hindú que conoció una tía-abuela.” Refiriéndose, por supuesto, al soberano Tara, el delirio de Madama Lucifer, cuya foto tomada en 1929 reposa en los archivos personales del escritor, y que por ningún lado dentro del libro aparece escenificado con su propio nombre.

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Un texto, que verdaderamente contiene un estilo literario, que puedo definir como relato enmarcado, es decir, es una forma escritural que explora los recodos de la metaliteratura persa o de Medio Oriente. Trabajo que se asemeja a las vivencias narradas por Sir Richard Francis Burton, por ejemplo, en “El jardín perfumado de Shaykh Nefzawi” (1886); las experiencias de Patrick Leigh Fermor en “Entre los bosques y el agua” (2004) y por qué no, la consigna de Lawrence de Arabia y “Los siete pilares de la sabiduría” (1922).

Simplemente magistral.

Ya de cara al contenido, podemos situarnos en un hotel grande donde se hospeda el poeta Nebur, el fabulador del zoco de Bagdad, que como demiurgo de la palabra, se extasía al mirar las dunas, las montañas, los palacios, las palmeras, la luna, para reflexionar sobre el cosmos, Dios, el diablo, la soledad, el hombre, el destino, la muerte y el amor, y así vaciar tales experiencias en trasmundos a fin de avivar lo mortal.

El Califa frente al cual Nebur recita estas rapsodas necesita tal influjo poético para su devenir, porque oír, según el monarca oriental, es creer y creer es resaltar lo fundamental de la vida para contemplarla de otra forma. Califa que quizá perteneciente a la tribu de Quraish, y que no podría alimentar su espíritu con algo distinto, ya que lo tiene todo en su reino (desde una aguja hasta un zigurat), pero le falta la imaginación, esa poderosa fuerza invisible que recrea nuevas fronteras allende a sus dominios.

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Príncipe Tara, delirio de Madama Lucifer, una foto tomada en 1929.

Así es que los libros, como lo concebían los antiguos orientales, eran sinónimo de sofás de descanso, sin embargo, los signos se tornan baladíes cuando Nebur, el hombre-libro por antonomasia, aparece en la ciudad de Samarra como un narrador que inventa historias de dioses vetustos, que en soledad, solo ven crecer la hierba mientras reflexionan sobre el destino de la humanidad.

Nebur será ese vaso comunicante, o si se quiere decir de otra forma, el dios que ilumina la noche con sus palabras. Un hombre simple que al inicio es un misterio, y que luego de reflexionar, se devela como el anagrama del mismo Rubén Vélez, el autor.  Una revelación que inmediatamente destapa la magia, la alquimia de contemplar al escritor antioqueño trasportando con su prosa, la erudición y la remembranza, para tejer narraciones inherentes a la cultura que engendró el mundo con sus fábulas. Ese imperio milenario, adánico, y medio oriental tan dado a inventar el mundo a través del mito.

El genio de Nebur y Rubén, esa unidad mística literaria condensada en un nombre, sale de su lámpara para encarnarse en el alter ego de Simbad el marino, el heroico y visionario viajero de “Las Mil y Una Noches”, que deambula por el mundo y regresa cargado, no con oro de Ofir, sino con leyendas fabulosas, dignas de ser asimiladas solo por imaginaciones vírgenes y crédulas. El Califa y el lector son los poseedores de ese “Érase una vez.” Son creyentes y la vez viajeros de mundos oníricos.

Califa

Finalmente, la palabra sagrada, ¡Oh sí! La palabra que creó el mundo está allí en las doscientas trece páginas de “Todo era azar en el Hotel Sahara” que, sin premeditación, extasían al lector y lo llevan de la mano como Virgilio a Dante por lugares inimaginables hacia el interior de esos reinos exóticos de Bagdad y Medio Oriente; espacios sonoros, de formas, colores, olores y aires vagabundos que danzan por las calles arenosas de los sultanes.

Cualquiera, pues, que sea dado a leer bitácoras de viaje ambientadas en culturas lejanas, llegará a la conclusión de que este libro es una colección de textos hieráticos que en algún momento solo pertenecían a la mirada y al oído del Califa, pero que ahora se abren como un crisol a la lectura apasionada del hombre moderno que también, en su trasegar, desea ser encantado igual que una serpiente egipcia.

No importa el lugar escogido para leer “Todo era azar en el Hotel Sahara”. Puede ser en Medellín, metrópolis tan influenciada por el arte cordobés, o Pereira, ciudad viajera y viajante, o cualquier latitud de Colombia, Sílaba Editores, en la edición especial “Mil y una sílabas” nos presenta un mundo extraído directamente del cráneo de Rubén Vélez, ese poeta, escritor, polemista y ex-abogado, que deja su impronta editorial con la literatura que mueve montañas y recrea reinos.

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