El amor es una palabra de cuatro patas

«El amor por las criaturas vivientes es el atributo más noble del hombre.»

Charles Darwin


La directora Patricia Pungo nos recibe en su despacho ubicado en un salón esquinero al fondo del colegio Juan Manuel González en Dosquebradas. El aspecto de su oficina parece más un pequeño museo, pues las paredes están decoradas con dibujos de jirafas, cebras, gatos y perros, y por la ventana lateral se ve un arrume de sillas a la espera de ser acomodadas.

Las paredes blancas del interior hacen juego con la cantidad de hojas bond apiladas una sobre otras, que en realidad son los 4.639 cuentos escritos que recibió su club “Ojitos Lectores” el año 2017, en el 4to concurso de crónica infantil que se extendió a 31 departamentos de todo el país.

Al empezar a hablar con ella notamos su mirada de éxito por el resultado de la convocatoria, pero cuando comienza a hablar (o mejor, le preguntamos) de “Mocho” o “Viejo” su alegría se convierte en ternura, ya que recuerda que el concurso de crónicas escolares, que ha soportado cuatro temporadas, está mediada por el perro cuyo nombre ahora está en su boca y en sus recuerdos.

“El viejo nos enseñó que todos los seres vivos tenemos algo que aportar y cuando lleguemos a viejos, lo mínimo es que hay que vivir y morir con dignidad. También su vida transmitió el mensaje de que a veces no somos tolerantes con los adultos mayores.”

Y cuando habla en tiempo pasado, su voz cambia, porque el “Viejo” murió hace ya dos años, pero estuvo casi 16 en el colegio, entre los profesores, los alumnos y dentro del corazón de todos los que lo conocieron.

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El nacimiento de Mocho

El “Mocho” llegó al mundo como llegan los animales de su especie: siendo una pequeña bola de pelos que inspiraba ternura. Sus padres caninos sufrieron un destino trágico, ya que la mamá fue asesinada por un ladrón que intentó meterse el colegio a robar, y su padre se lo llevaron del lugar por “perro”, es decir, después de que una perra en calor lo sedujera y desapareciera.

El colegio adoptó a “Mocho”, que en cierta forma había quedado huérfano, solo y sin protección.

Y es con el pasar del tiempo que crece, se vuelve vigoroso y se convierte en el guardián ilustre de la institución prestando su servicio como agudo vigilante. Sin embargo, una sucesión de guardias de seguridad del colegio, al ver solo un perro grande, lo maltrataban sin ninguna causa aparente, o quizá para volverlo feroz; también algunas aseadoras le pegaban con la escoba y algunos niños le halaban las orejas. No todos consiguieron entender el mensaje del amor que inspiraba este ser vivo y que sería tan importante para la institución y la comunidad de Dosquebradas.

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De Mocho a Viejo

La coordinadora Patricia Pungo, que inició dando clases en el Colegio Juan Manuel González, se ausentó un año para ir a enseñar a otro centro educativo, el Pablo VI. Luego regresó al lugar donde había dejado medio corazón al lado de “Mocho”, a quien conoció siendo este un bebé. A su regreso cuenta que encontró al peludito mal alimentado, vivía a la intemperie en una perrera en la parte posterior del colegio, y aparte de señales de violencia, estaba envejecido.

Así es que decide emprender un club de lectura llamado “Ojitos lectores” para concientizar a los niños y adultos sobre el trato animal, y para ayudar a que “El viejo” como ahora decide nombrarlo cariñosamente, viva sus últimos años con dignidad.

Mientras se gestan ideas para ayudar al perro, que bajo el cuidado de la coordinadora se vuelve intocable, llega al lugar una compañera canina llamada Juana. Una compañera que al caminar junto al viejo como pareja le inyecta una dosis de vida al anciano canino.

Concurso de cuentos

Patricia Pungo idea y gestiona una convocatoria de narración y cuento inspirada en los animales, y con la visión de aportarle algo al “Viejo”. En el año 2014 se da inicio a esta nueva aventura al nivel de Dosquebradas con el tema: “Historia de los animales trabajadores”.

La idea que tenía en mente era salvarle la vida al perro que había servido fielmente al colegio, porque iban otras autoridades habían decidido aplicarle la eutanasia. Para su sorpresa, la maestra recibe 96 bellas narraciones, que la dejan sorprendida.

Con este éxito en su haber, la convocatoria del siguiente año, es decir, del 2015, se titula “Historias de animales libres del maltrato y el abandono” cuyo tema central era no abandonar a nadie en la vejez. Llegan 415 cuentos a sus manos y a sus ojos.

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En el 2016  se titula “Animales que transforman vidas humanas” aumentado a 1753 crónicas, y el año 2017 la convocatoria versó sobre “Animales que inspiran acciones de paz”, sobrepasando las expectativas con 4639 escritos de niños y niñas de 31 departamentos del país.

Las historias recibidas por el club infantil “ojitos lectores”, y cuyo jurado está compuesto por los mismos niños que sienten amor por los animales, contienen una alta dosis de ternura, enseñanza y talento, como puede resaltarse en algunos trabajos seleccionados como semifinalistas.

Algunas historias tratan sobre el perdón y el olvido, y en otras los niños hacen un proceso de catarsis perdonando a sus adultos por regalar o dar en adopción algún animal.

La coordinadora resalta que esto es lo bellamente triste que se lee en las crónicas. Especialmente cuando los niños relatan cómo obtuvieron un animal por medio de sus padres con la idea de adquirir responsabilidad, pero al crecer esas mascotas, esos mismos progenitores las regalaban o abandonaban.

Unas contradicciones que los pequeños no entendían (ni quieren entender), pero que a través de los cuentos ellos mismos los perdonan de todo corazón.

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El corazón de los niños

Al animar a la coordinadora Patricia Pungo para que nos relate las historias que leyó y cuáles fueron sus favoritas, nos cuenta con voz dulce y pausada:

«Son narraciones de niños y niñas de varias zonas de conflicto en el país. Por ejemplo, una de las finalistas es la historia de un conejo que una niña ve herido entre las plantas, al decidir acercarse para atraparlo, se lo imagina como un plato de comida. Lo mete en la mochila, lo lleva a casa, le saca al abuelo un frasco para curar heridas y lo derrama sobre el conejo. Luego en la noche papá y mamá la regañan porque gastó el remedio.

Sin importarle la reprimenda, decide esconder al conejo hasta que se cure. Un buen día encuentra al papá lanzándole piedras al conejo. Y después de pensarlo un tiempo, decide liberarlo porque no se hace a la idea de que a futuro sea un plato.

Ella misma lo lleva y lo libera en el monte. La niña termina la crónica diciendo que a pesar de que le gustaba la carne de conejo, no quiere ver que el animalito sea su comida ni la de nadie”.

La segunda historia que narra es más tierna aún, y en sus palabras, trata del sentimiento humano emparejado con la vida animal.

“Otra es la historia de un pajarito que una niña decide comprar para regalar a su hermano que está en silla de ruedas. Va al veterinario y ve un pájaro hermoso que canta. El zoólogo dice que ese no está en venta porque tiene una patita dañada, sin embargo, ella alega que es el ideal, pues considera que se identificará mucho con su hermano.

Finalmente, lo adquiere y se lo regala al hermano, y este, junto al animalito aprende a bajarse por las escaleras sentado y surge así sus ansias de vivir para enseñarle a caminar también al pajarito. Se crea una dependencia afectiva y de vida”.

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Dos historias menudas de las 4637 restantes que fueron el resultado de salvarle la vida al “Viejo”, porque había gente resignada a verlo morir por ser anciano. Sin embargo, ella recuerda que un susurro salido del corazón de una estudiante fue claro: “Entonces qué hago con mi abuela, ella ya está vieja”. Y se suscita el debate sobre el cómo una institución que hace varios concursos sobre animales y que ha tenido respuesta de parte de los niños, va a aplicarle la eutanasia al perro que inspiró el concurso.

Muerte del viejo

Es así como el “Viejo” alcanza a presenciar dos convocatorias en su nombre, pierde movilidad, hay que transportarlo en sábanas y darle la comida en su boca. Cuidados de los que se encarga la señora Gilma Pungo, madre de Patricia Pungo, nuestra entrevistada.

Y aunque el “Viejo” muere el 20 de enero de 2015, pasa sus días finales consentido, gruñón, comelón Y feliz. Fue enterrado en la finca del veterinario Rafael Otálvaro, en sus predios a la salida de Pereira hacia Armenia.

A su muerte, los dos primeros meses de duelo fueron complicados tanto para la coordinadora, la que todos reconocen su amor innato por los animales, como para los estudiantes, que aprendieron a amar por medio de una mascota.  Y aunque aseguran, en efecto, que el “Viejo” está en el cielo, en la tierra dejó un concurso de cuento y crónica establecido; un colegio con una conciencia animal; el amor por las personas adultas; y una impresión de ternura en decenas de estudiantes del colegio.

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