Un viaje por el planeta que habitó El Principito

«Debe ser muy bonita desde que existe (…) Hay que aprender a querer la muerte, yo la quiero, sé que voy a morir, no sé cómo, pero que llegue. Lo bueno es la sorpresa».

Martín Abad Abad


Decían que allá atrás, en el corregimiento de La Florida, vivía un ermitaño, un artista que vivió y murió siendo un niño, y a quien apodaban «El Principito». Su nombre era Martín Abad Abad. Primo del escritor Héctor Abad Faciolince y hombre de arte de cabo a rabo, aunque más que eso, un enamorado de la naturaleza, las formas y la creatividad.

Para la generación que solo pudo leerlo en su obra  ‘Coclí, coclí, el que lo vi lo vi’, y para quienes lo conocieron personalmente, todo lo que este artista hiciera, propusiera o balbuceara, o su singular y enigmática vivienda alejada de la ciudad, despertaba suficiente curiosidad por conocerlo, y si no era por su magia, al menos se trataba de explorar su mundo personal e íntimo de ensueño. Así fue que emprendí un camino sin posibilidad de retorno hacia el lugar donde habitó este taumaturgo de la fantasía.

Y al llegar, y luego de deambular por entre pastizales y guaduales, y no por el asteroide B612 en el que hay tres volcanes (dos de ellos activos y uno no) y una rosa donde vive el personaje original de Saint Exúpery, encontré una vieja finca de casi 70 mts2 que realmente no le pertenecía al Principito, sino que era un comodato, es decir, un terreno prestado, al igual que su vida, el aire, y el arte del que gozaba sin ninguna preocupación.

Para acceder a esta finca hay que franquear la ilusión del paisaje, o mejor, el camuflaje que la oculta, ya que está emplazada detrás de un manojo de guaduas que se mimetizan con el horizonte.  No se sabe si esta ubicación es intencional o no, lo cierto es que hoy en día es inevitable que peregrinos, curiosos, y admiradores, no deseen visitar el hábitat de uno de los personajes más icónicos de esa Pereira de segunda mitad del siglo XX y que ahora se ha convertido en una finca común y silvestre.

Siendo realistas, hasta el explorador más hábil puede extraviarse en la ruta hacia este lugar. Pero estoy aquí después de media hora de saltar entre sembrados de cebolla, tomate y cilantro, y de ser correteados por perros que cuidan con celo y furia la propiedad de sus amos.  Este lugar a lo lejos parece una casa encantada, pues exuda una belleza asombrosa cuya cadena de montañas, nubes sobrepuestas, pájaros acróbatas y un aire fresco impresionan a los curiosos.

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Descripción que puede parecer romántica, pero de lugares especiales sobre la tierra, este tranquiliza el espíritu, recrea la vista, transmite una presencia diferente. Algo así como si el artista ya fallecido estuviera dentro esperando a sus viajantes, con una taza de café, un bordón y muchas historias para entretener. Al cruzar la puerta de color amarillo, que parece una señal de advertencia eléctrica, se puede sentir un ambiente melancólico y de remembranza, porque quienes conocieron a Martín sabían que lo espectacular no era tanto el lugar en sí, sino él, como persona.

El camino que ya he franqueado con dificultad, y ante la puerta que me recibe, tengo la impresión de estar ante una Jericó destruida. Esa misma Jericó antioqueña, pueblo natal de Martín Abad Abad, desde donde migró siendo muy joven siguiendo la ruta de los arrieros, no para colonizar, sino para encontrar un nuevo comienzo con su vida solitaria y creativa.

En ese viaje hacia ningún lugar pensé si acaso este artista no era una analogía de Diógenes de Sinope. Simil que intuí por sus ocurrencias y por su claro y luminoso espíritu infantil que tanta grandeza le dio entre el stablishment cultural de La Florida y el departamento. Por un momento, abstraído, obvié el síndrome, aunque el paralelismo era evidente el ver su covacha construida con materiales recolectados del mismo bosque circundante. Luego me concentré en la vida de este escultor retraído, ensimismado en sus ideas, recreado en sus sílabas, contemplándose cada noche a la luz de las velas en sus recuerdos familiares. Escribiendo. Fumando. Lanzando preguntas al aire. Apuntando a las estrellas.

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Por supuesto, tuvo todo el derecho como creador y fabulador de mundos posibles de hacer aquello, y otras cosas más, pues todos nos asfixiamos con las palabras y sentimientos que nuestro rostro y sonrisa oculta. Él, seguramente, al hacer esto en su plena libertad, encontró un camino para dar sentido a esa prórroga de tiempo llamada vida; esa vida que todos tenemos de igual forma y que se va hilando hasta que se agota el material de la hilatura, es decir, hasta que llega la muerte.

Así entonces recordé que civilizado, en griego, significa domesticado y Martín era libre como un caballo que ondea su melena en las manos invisibles del viento. Un vistazo general de lo que fue su vivienda, y que hoy debería ser un museo, deja en claro cómo todo ha cambiado para siempre: Los tres árboles frontales que cubrían el techo de su chabola, ahora han sido cortados para producir leña; dos limoneros originales ya no producen fruto; y un tercer árbol apodado huesito, por el artista, debido al color blanco que relucía en todas sus extensiones, es un viejo chamizo que puede servir para decorar una escena de cine gótico.

El interior de la finca ha sido modificada, pero no por un arquitecto, sino para comodidad de Orlando Loaiza, un artista local de música popular que vive ahí con toda su familia, y que, en sus palabras, administra el lugar para evitar la rapiña y el saqueo de los amigos de lo ajeno. Aunque este hombre ignora que el Principito era querido por todos, porque nadie se metía con el hombre que no que se creía un niño, sino que era un niño y del cual emanaba un amor más allá de lo racional por las personas.

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Pensándolo bien y poniendo los pies sobre la tierra, en este lugar el artista ya no vive. Martín Abad Abad habita dentro de los corazones de quienes lo conocieron. Ese es su templo y su mausoleo. Es el centro y la periferia. Así entonces, el único consuelo al que puedan aspirar los pereiranos cuando recuerdan a este grande del arte, sea el placer de la ironía, ya que lo que antes era un centro de convergencia cultural de jóvenes universitarios, poetas, militantes, al igual que los turistas que viajan a la casa del poeta Pablo Neruda en Isla Negra, o la de César Vallejo en Santiago de Cao, ahora es una casa relegada a la hierba y al olvido.

La vida nunca ha sido fácil para los hombres de ideas y de talento. El viejo Principito murió solo. El cantante que administra su covacha y que duerme en la misma cama del artista, cama que incluso conservando las lozas de la tumba de su hermana, dice que el viejo murió de humedad. Al oírlo no pude dejar de pensar en Heráclito, que también murió tratando de sacar el agua de su cuerpo para vivir más tiempo luego de meterse en un estercolero de vaca. El Principito no sobrevivió como ninguno de nosotros lo haremos. Solo sé que migró hacia otro planeta donde la máxima o su secreto de «Solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos», se cumple a cabalidad.

Como el poema «¡Oh huida del niño solitario, al Dios solitario!» de Helcías Martán Góngora, solo queda resaltar que Martín Abad Abad, al igual que cada hombre, está destinado a representar la humanidad, pues este es la figura, por antonomasia, del artista pereirano, es decir, fue un hombre, igual que todos, y que murió siendo la suma de todos ellos.

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