Los nadaístas, ¡Esos buenos muchachos!

«El nadaísmo es un estado del espíritu revolucionario, y excede toda clase de previsiones y posibilidades
Gonzalo Arango


Todo manifiesto es una liturgia, una guía para la acción, o mejor, una declaración de principios sobre los cuales una persona, o un grupo define lo que cree, y de ahí, posteriormente, lo que hace y hará. Su característica principal es que propone algo novedoso, (comparado con lo anterior) y por ello cada letra, caca consigna se convierte en una toma de posición, que nos recuerda, en la historia, al Unabomber, el movimiento Avant-Pop, el Futurismo, la declaración beligerante de la ex Farc, y el Manifiesto Nadaísta.

Ese último manifiesto (bueno, una edición limpia y de colección) que redactó Gonzalo Arango Arias en 1958, y hoy, 60 años después, Sílaba editores de Medellín publica para los lectores del siglo XXI, y esto, como una edición conmemorativa a seis décadas de su proclamación. Una rareza de reimpresión que conserva las letras originales de imprenta, viene con textos del fundador del nadaísmo, además del aparte donde el filósofo Fernando González habla de las razones que tuvo su discípulo principal para fundar tal declaración de principios.

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Foto por: Diego Val

Sin embargo, tenemos que detenernos en el contexto que permitió vislumbrar el Nadaísmo en Colombia, pues los años 50´s y 60´s, son épocas confusas y de cambios locales e internacionales.  A nivel mundial es temporada de tragedias como la desintegración del Sputnik I, y a su vez, el Sputnik II sufre el mismo destino en el espacio con la perra Laika en su interior. Buddy Holly lanza su segundo y tercer álbum musical; el segundo llamado “Buddy Holly” ; y el tercero “That’ll Be the Day“,  para morir un año después en un accidente de avión. Mientras esto sucedía allá, acá en Colombia un grupo de artistas huilenses, adeptos a la generación Beat y afines al Nadaísmo, fundan el “Manifiesto de los Papelípolas”;  y en Bogotá, causa conmoción el incendio del Almacén Vida que dejó como saldo 88 muertos.

Este es el panorama de fondo donde se desenvuelven esos buenos muchachos: tiempos convulsos de cambios, de giros, de banalidades, de desosiego, de incertidumbre frente al mundo y las cosas. Así que a raíz de esto, y gracias a los libros que traen modas europeas, se convierte en algo vital concebir preguntas como: ¿Qué puede significar la vida ante tales infortunios? ¿Cómo vivir en una sociedad y en un mundo tan estrepitoso? El Nadaísmo, sin duda, toma su nombre del término griego nihil, y a su vez, este grupo se siente heredero del “nihilismo europeo”. En esta identidad, es que su programa de acción tiene como presupuesto la crítica de la vida y por ello es una respuesta artística al estado interior del hombre colombiano de mediados de siglo XX. 

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Foto por: Diego Val

Entonces, ante el absurdo de esta existencia solo queda el arte. La vida inmediata. No al nivel del Carpe Diem horaciano cotidiano, sino que impera construir un propósito existencial, sea cual sea este. Los Nadaístas, ese numeroso grupo de creyentes utópicos, quisieron dejar su praxis en las letras, el arte, el performance (caminar a trocha limpia y otras pataletas) y de ahí la fundación de esta cédula, o primer manifiesto, como precedente para los futuros movimientos artísticos y literarios en Colombia .

Con estos principios plasmados en el papel hicieron bulla y fueron escuchados. Arrastraron prosélitos. Inauguraron una nueva forma de vivir en Colombia. No esa de resignarse ante la violencia partidista, el machetazo, el color azul o rojo, o la vida agrícola y asceta, sino la de preferir el arte por el arte. Es más, un arte no basado en los cálculos fríos de la razón, sino en una fenomenología inaugurada por Gaston Bachelard, esa de la imaginación al poder, la imagen poética y otros bellos desvaríos literarios.

No es extraño afirmar que Gonzalo Arango y su pandilla quisieron patear la razón universal. De eso no hay duda. En su pluma lo expresa contundentemente: “No queremos buscarle razones a la realidad, sino sinrazones.” En otras palabras, desmontar los prejuicios de la sociedad colombiana, depurar el arte, crear una nueva fe, desestabilizar el orden no en clave anarquista, sino poética.

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Foto por: Diego Val

De ahí la inocencia y la incursión de este grupo: sin armas, sin violencia, sin miramientos, pero sí con la fuerza de la ironía lúcida, la reflexión montañera pero sagaz, la destrucción de lo establecido con el fin de crear una sociedad de ideales marxistas. Me refiero a esa utopía de Karl Marx, de que al triunfar el socialismo, nadie sería pieza de maquinaria, sino que existiría la posibilidad del autocultivo intelectual y artístico, como en otro tiempo se hacía en la cultura griega o China, que convertían el ocio en capital humano.

Lo relevante de este Primer Manifiesto Nadaísta es que no quiera deberle nada a nadie. Los creyentes de esta poesía manifiesta no desean comprometer la metodología del movimiento o su esencia. Desean ser libres de cuestionamientos plagiarios o escrutinios teóricos.  En el aparte VI de este texto fundante se asegura: “El Movimiento Nadaísta no es una imitación foránea de Escuelas literarias o revoluciones estéticas anteriores. No sigue modelos europeos. Él hunde sus raíces en el hombre, en la sociedad y en la cultura colombiana.”

Una afirmación sociológica completa, propia de un visionario, un profeta, o un cuerpo de poetas escatológicos.  Pero si Gonzalo Arango y sus discípulos planean hundir sus raíces teóricas y prácticas en suelo colombiano, no es porque el país de ese entonces sea una tierra fecunda. Al revés, es debido a que la planta que nacerá (el movimiento Nadaísta) introducirá en ese plano nuevas formas de luz, de nutrientes, de vida.

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Foto por: Diego Val

Este colectivo de estetas y creadores, mayormente antioqueños, se convierten en  amantes de lo natural.  Son libres para aprender, desaprender, autocultivarse. En esto se siente un aire de Rousseau y su idea de libre desarrollo, aunque literalmente no lo mencionen en ninguna manera. ¿Y por qué citar a Rousseau, o a Marx, si tajantemente aclaran en su “biblia” Nadaísta que no son una imitación de nadie? Hay que ser realistas, el purismo no existe ni en la ciencia, ni en el arte, ni en la religión. 

Este primer Manifiesto deja en claro la influencia del historiador Oswald Spencer, aunque no sus teorías precisamente;  se menciona al poeta  Stéphane Mallarmé y no la vanguardia que representa;  los dos André, Gide y Bretón, están por todo lado; y  el filósofo Jean Paul Sartre imprime la fuerza de su “existencialismo” de cabo a rabo en este declaración de principios nadaístas.

Pero detengámonos, miremos este teselado de pensamientos y pensadores como las vigas y columnas de una casa sólida (el movimiento que acaban de nacer en 1958) que año tras año se convertía en una vanguardia firme en el país.  Ese manifiesto redactado y sostenido por ellos fue un entramado, o una tela suficiente nueva, tejida encima del remiendo viejo de establishment. Si no fue así en la práctica, en la teoría era esa su pretensión inicial.

Ya los estudiosos de Gonzalo Arango y del Nadaismo lo han dicho casi todo y Sílaba editores de Medellín vuelve a presentar este Primer Manifiesto Nadaísta como una forma de decir: “¿Y si cortamos más tela de estos principios vanguardistas y hacemos un tejido nuevo?” No hay duda que se puede hacer. Así que una relectura de este texto fundante siempre dará como resultado una visión nueva. Al menos así lo afirmó el filósofo Henri-Frédéric Amiel en su diario: “Los clásicos, al contacto con gente joven, se rejuvenecen.”

En consecuencia, volver a leer es pensar de nuevo y a su vez, repensar es crear, vivir, perderse, depositarse, tal como lo vivieron los prístinos Nadaístas, llevando su pensamiento y acción hasta sus últimas consecuencias.

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