Ambuila y Mammón

«Cuando la tierra se halle poblada de sabios, habremos vencido, no antes. Sé prudente hermano.«

Maimónides


¿Para qué existe el dinero? Para gastarlo. Esa es su naturaleza. Sin embargo, el capitalismo tiene sus contradicciones, ya que ostentar con él puede ser motivo de sospecha o delito. En una sociedad organizada, el dinero se emite para guardarlo en bancos, invertirlo, u ocultarlo. El destape de los Panama Papers es una muestra de esto último, y la existencia del Estado, de lo primero.

¿Derrocharlo? Una pena y una duda sobre su procedencia, ya que los ojos de la animosidad y el cuestionamiento social se posa sobre aquellos que disfrutan lo conseguido. ¿Es dinero robado? Cuál no lo es. Como dijo el novelista Mario Puzzo, «Un abogado con su maleta puede robar más que cien hombres armados» y el dramaturgo Bertolt Brecht agrega su cuota: «¿Qué delito es el robo de un banco comparado con el hecho de fundar uno?».

Disfrutar es otra contradicción en una sociedad donde predomina el ojo.  Especialmente en tiempos de redes sociales. Este lujo caro de aparentar, solo se permite en la ficción, como por ejemplo en las canciones de raperos que ostentan carros, mansiones, mujeres y lujos, y en la vida de algunos políticos de renombre cuya genealogía refrenda que, si al menos no ganaron lo que tienen, lo heredaron de un pariente. El dinero pasa de mano en mano como si fuera una droga, aunque lo ideal, según las instituciones fiscales o parafiscales, es que pase de bolsillo en bolsillo.

Las personas ricas aspiran a ser un tipo de persona totalmente distinta de la que se es. Es decir, esa levadura numismática transforma la visión de la vida. Como si las marcas, los olores y las pertenencias fueran distintivos de superioridad.  Lo es en la comunidad trivial, pero no en un mundo cosmopolita. Hoy en día la copia es una forma de acceder a la aprobación social de las marcas: ropa fina hecha en Taiwán y reproducciones de Tommy Hilfiger por todo Latinoamérica.

La adquisición desmedida de lujos y bienes materiales es muestra de una necesidad o déficit que necesita ser subsanado. «Dime qué presumes y te diré de qué careces». Reza el viejo dicho.  De ahí que obedecer ese imperativo espiritual de “vende todo lo que tienes, entrégalo a los pobres y sígueme” sea un escándalo. Es preferible encontrar por medio de la ciencia o la tecnología la forma de pasar un camello por el ojo de una aguja. ¿Imposible? No. La aguja puede ser enorme y el camello pequeño. O viceversa, es decir, el camello del tamaño de una aguja y la aguja del tamaño de un camello.

¿La gente tiene dinero o el dinero tiene a la gente? Asunto como para una tesis.  Cicerón dijo de forma cómica “nunca supe de ningún viejo que se olvidará donde había escondido su dinero”. Al contrario, los jóvenes no lo guardan, lo disfrutan, pero eso puede salir caro. No solo por la especialización de las cosas, los mercados emergentes, sino porque el mar de prosperidad arruina talentos, y deja al descubierto cierta naturaleza humana que intenta usurpar el puesto de la divinidad. En las culturas de las sociedades comerciales, los dioses tienden a ser desplazados, convirtiéndose precisamente en ídolos, aquellos ricos que hacen prosperar a la comunidad.

La mayoría sabe quién es Leonardo Farkas, Jeff Bezos, Carlos Slim y Amancio Ortega.  Pero al preguntar qué es el Grito Wilhem, el Hinterland, o quién fue Rambam o Martha Traba, carecemos de información. Por supuesto, todo está al alcance de Wikipedia, pero es más fácil teclear una búsqueda en un navegador, que conseguir riquezas. Aun así. Se prefiere buscar el capital, lo que no está mal.  Solo que este es el culto universal de una culpa que no se puede modificar, sin adjurar, sin exteriorizarse la violencia de tener que comprar para alcanzar la redención o el perdón. Esa compulsión moderna se sosiega sacrificando la economía en los altares de los centros comerciales.

Las tarjetas de crédito, las deudas, Datacredito sirven como pases para la culpa legal, moral y afectiva. Entonces tenemos que volver al origen de una pregunta protestante: ¿Para qué sirve el dinero? De la respuesta a este interrogante depende nuestra forma de vida ostentosa, ascética, modesta o fafarachosa. Pecunio, frase técnica para designar el dinero, significa “cabeza de ganado”. Hay más primitivismo en tener, que en gastar, aunque ambos no sean una respuesta satisfactoria al hecho de inquirir el para qué tenemos fortuna y si esta nos tiene a nosotros o nosotros a ella.

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