El futuro envía telegramas

La vida cotidiana no es muy diferente a la dramaturgia, ¿no insinuó metafóricamente el filósofo Platón que los hombres viven en un Theatrum mundi? Así es que todo hombre o mujer tiene el derecho a decidir su propio destino con sus actos.

 

Acto Primero

En una casa: un mueble rosado, un diploma y un cuadro religioso. Dos sillas y una mesa pequeña.  Puerta delantera. Puerta trasera. Ventana interior. Escalera para subir a otro piso.

 

Escena I
Juan Carlos, Alberto, Sandra, y el niño Steven.

 

JUAN CARLOS. — ¡Hace un calor del demonio! (se ventila con una vieja revista)

SANDRA. — (lo mira) Idiota, no cree que es mejor decir “Uff hace calor” en vez de mencionar al demonio.

JUAN CARLOS. — (deja la revista). Ummm… no, pues que religiosa, ¿acaso por mencionar al barbas va a aparecer o qué?

SANDRA. — (antes sentada, ahora parada) Claro que no. Pero no hay que mencionar al demonio donde no queramos que metas sus narices. Además, tengo en sus brazos a Steven, su hijo. Y es mejor que crezca sin escuchar nombres tan desagradables. El niño se inclina por la música, desde la barriga lo sé. Eso de los cuentos y mitos no será lo de él. Así que, por favor, ubíquese.

JUAN CARLOS. — (Haciendo el indiferente. Tuerce la boca como ignorándola). ¡Qué mamera! Me voy (sale para la cocina por la puerta de atrás.)

SANDRA. — ¡Váyase! Pero de lo que no podrá huir es de responder por el niño. Ya dice papá y eso no va a ser de gratis. ¿Me oyó? (la puerta de atrás está totalmente cerrada. Sandra se dispone a mimar al niño. Lo alza en brazos y lo arropa de besos. Suena el timbre).

SANDRA. — Juca, (Juan Carlos abreviado.) No se preocupe que yo abro. (silencio total en la parte de atrás). ¡¡¡Bahh!!!

ALBERTO. — Hola, buenas tardes, déjame me presento… me llamo… (se interrumpe la conversación)

SANDRA. — ¿Qué desea? (con el niño cargado en brazos). Si es para vender revistas o para afiliarme a algún seguro funerario, pierde su tiempo. Acá lo que leemos con justa medida es la factura de la energía y el agua. Y eso de los seguros, solo hay algo seguro: no hay nada seguro.

ALBERTO. — (estupefacto) Discúlpeme señora. Ni lo uno ni lo otro. Soy un representante del Ministerio de Bienestar, me han notificado que el niño… (miró una libreta que sacó de su portafolio negro).

SANDRA. — ¡Steven! Steven Arroyo.

ALBERTO. —¡Exacto! El niño Steven se encuentra en una situación de riesgo. Y deseo hacerle un par de preguntas. ¿Podría?

SANDRA. — ¿Situación de riesgo? (vaciló un instante. Luego lo invita a pasar. El hombre se sienta en el sillón rosado. De cara al diploma). ¿Me recuerda su nombre?

ALBERTO. — Claro que sí. Juan Alberto Manrique. A sus órdenes. (El hombre mira unos papeles. Pausa y silencio).

SANDRA. —Desea algo, como una aguapanelita, café, chocolate, gaseo….

ALBERTO. — (Interrumpe). Nada señora, por ahora, gracias. Espero que después de la conversación me quiera invitar a tomar algo.

SANDRA. — Y… (titubeó) de qué se trata todo esto. No será por lo del vecino, que la otra vez le dio una paliza a su hijo, dizque porque lloraba como niña y yo llamé al 112 para que arreglaran el problema.

ALBERTO — ¿El vecino?… Ya veo.  (acomoda sus lentes)

SANDRA. — Eso, sí. Por favor, no diga que yo le dije. Eso es muy feo.

(En la cocina suenan ollas, y un grito de Juan Carlos como si se hubiera quemado fritando algo).

SANDRA. —Espere un momento llevo al niño al cuarto que se durmió el chiquito. (Mira en dirección a la cocina) Y ese otro langaruto que no deja de hacer bulla.

 

Nacho Peña

 

 

Escena II

Sandra sube las escaleras y se lleva el niño. Aparece Juan Carlos. Alberto sigue en el sillón rosado.

 

JUAN CARLOS. — ¡Buenassss…! Usted debe ser el amante de Sandra. ¡Majadera esa! (mira hacia el segundo piso) Ya presentí que lo iba a traer justo el día menos pensado.

ALBERTO —(Estupefacto). ¿Perdón?

JUAN CARLOS. —¿Perdón? Solo a ese hay que pedirle perdón (Señala al santo en el cuadro que está colgado en la pared). Y usted…. (se escucha un zapateo en las escaleras).

SANDRA. — ¿Pero ¿qué es lo que está pasando acá? (le grita Sandra a Juca).

JUAN CARLOS. —Lo mismo pregunto yo. (Alberto se organiza de nuevo los lentes. Se muestra nervioso)

ALBERTO — ¡Por favor! Exijo una explicación. (Se levanta del asiento). Yo soy un funcionario público y lo que hagan de su vida privada no es de mi incumbencia. Ante el gobierno existimos como contribuyentes y ciudadanos con derechos, y exijo los míos en este mismo instante. Exijo respeto. Por favor. (Silencio en el salón. Sandra solloza. Se siente avergonzada).

SANDRA. — ¡Sentémonos, por favor, seamos corteses! (Juan Carlos sigue de pie) Juca, le pido que se siente ahora mismo y escuchemos al señor. (De mal humor y respirando fuerte, se sienta en una de las sillas, cerca de la mesa)

ALBERTO — Ahora, sí. Buenas tardes. Mi nombre es Juan Alberto Manrique. Vengo del Ministerio de Bienestar. A consultar… si es que se puede –irónico– sobre un asunto familiar. No se trata de su hijo…. (miró de nuevo la libreta) Steven Arroyo, sino de sus padres, es decir, de ustedes.

JUAN CARLOS. —¡Ya era hora que comprobaran que ese hijo no es mío!

SANDRA. —¡Imbécil! Lo que peor de mi vida fue haberte conocido. Solo él (señalando al santo), solo él… me entiende.

JUAN CARLOS. —Y con ese deberías haberte casado. (Cruza las piernas)

ALBERTO — ¡A ver! ¡A ver! ¡Señores! Exijo que por favor respeten mi presencia. ¿Puedo continuar? (mira a uno, luego a otro. Ambos asienten). ¡Gracias! El ministerio de Bienestar ha dispuesto por resolución nº0473 de mayo de 2018 que toda persona, especialmente padres de familia, se sometan a la terapia experimental llama “método telegráfico”, que entre otras cosas…. (hace un silencio irónico. Nadie interrumpe) ayudará a mejorar el concepto de sí mismo, la relación de pareja, el bienestar del hogar y la buena educación de los niños. Todo empieza en casa.

JUAN CARLOS. — ¿Método qué?, ¿qué?, ¿qué…?

SANDRA. — ¡Bruto! Método esquemático. (Le hace muecas).

ALBERTO —Les agradecería…. (Mira a ambos como solicitando permiso). Este método telegráfico es una terapia experimental para que puedan conocerse mejor. ¿Han escuchado algo al respecto? (Silencio en ambos). Bueno, lo diré despacio y en una frase: “Si somos lo que fuimos…. porque no podremos ser, lo que seremos”. Espero haberme hecho entender.

JUAN CARLOS. — Claro como el chocolate (en tono irónico).  Y eso qué costo tiene… porque todo en este país es plata. ¿A ver? ¿A ver? ¿Desembuche? ¿Es en plan prepago o postpago?

ALBERTO. — (Señalando la pared) De cuál de los dos es ese diploma.

SANDRA. —¡Mío, doctor! Ay perdón que lo llame así, es que como ya sabemos que es lo que viene a hacer y todo eso. (Juca se siente ignorado y le remeda con muecas).

ALBERTO —Entonces empezaremos con usted. El día de mañana la espero a las 3:00 p.m. en el consultorio que queda….

(Interrumpe el esposo)

JUAN CARLOS. —¿Consultorio? Está bromeando. Mi mujer no sale a ninguna parte. Y a mí no me deja solo y menos con Stevencito, yo no soy ningún güevón.

ALBERTO — Siendo así, entonces los espero el día de mañana a los dos, incluído Steven, en el consultorio que queda en la carrera 47 con calle 3. Por favor puntualidad y depende de su colaboración que todo esto sea rápido y eficaz.

 

Nacho Peña

 

Escena III

En el consultorio. Una jarra de agua. Flores. Música clásica a bajo volumen.  Diplomas colgados en la pared. Sillones de cuero.

Sandra, Juan Carlos, y la doctora Ivonne Sáenz.

(Suena la puerta).

SANDRA. — ¡Buenas tardes! (Toca el timbre. Abren la puerta)

IVONNE SAENZ. — Buenas tardes. Sigan. Los estábamos esperando. Ustedes deben ser…. Sandra de Arroyo y el señor Arroyo.

SANDRA. — Solo Sandra, esa palabra “de” le queda grande a quien no sabe que el amor no es posesión.

JUAN CARLOS. — Umm… salió poeta. (Toma la mano de la doctora Ivonne y al hacer un intento de besarla recibe un codazo de Sandra). ¡Ay! Mírela doctora. Ahí usted puede ver todo lo que sufro.

IVONNE SAENZ. — Ya veo. Pero vamos al punto. ¿Y el niño dónde está?

SANDRA. — Lo hemos dejado con los vecinos. Son de confianza.

IVONNE SAENZ. — Ok, entonces usted (señalando a Sandra) sígame a la otra sala.  Ya regresamos. (Juca no le despega la mirada a Ivonne)

JUAN CARLOS. —Con todo gusto mi doctora. (Se sienta).

SANDRA. —Ahí si no dices que eres un güevón por quedarte solo. ¡No! Porque te gusta la doctora. Con todo, no te saldrás con la tuya.

IVONNE SAENZ. — ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Continuemos! Por favor adentro.

 

Nacho Peña

 

Escena IV

En el consultorio. Un diván.

 

IVONNE SAENZ. —Por favor, acuéstese de lado. Mirando hacia aquel espejo, o hacia donde están aquellos diplomas (señala). Pondré un poco de música y le haré unas preguntas sin que se gire hacia donde estoy. Escuche lo que escuche quiero que por favor responda. ¿Estamos claros?

SANDRA. —Sí, como el agua. (Con voz neutra)

IVONNE SAENZ. — Listo, entonces empecemos. ¿Cómo es su relación con Steven y con su esposo?

SANDRA. —Pues….  (silencio) la verdad, doctora, con el bebé nos llevamos bien, es un angelito que no habla, solo me da amor. Es con ese langaruto de Juan Carlos con quien me muero de las iras. (Se sonroja).

IVONNE SAENZ. —¿Iras?

SANDRA. — Sí, eso, sacar la piedra, usted sabe. (Intenta virarse).

IVONNE SAENZ. —Continúe y por favor mantenga su postura.

SANDRA. — Fíjese que mi vecino, como le dije al doctor Alberto, ese sí es un canalla. Cuando hace dos años se incendió parte de nuestra casa, fue debido a que en el rancho de él había caído un rayo. Fue un diciembre. Yo creo que hay que ser muy malo para que el barbas le mande a uno rayo.

IVONNE SAENZ. — Pero usted, hablemos de usted, los vecinos no son lo importante. (Mira por el espejo. Sandra está con mirada pasiva)

SANDRA. — Sí, ¿pero hay que amenizar no? Mire, después de eso, Juan Carlos me dijo: “Si ve flaca, ese rayo fue un castigo para Nelson -el vecino- por golpear a su esposa y al niño”. Pero claro, ese langaruto no aprende. A mí ya me ha levantado la mano. Pero gracias a Dios ya no me dejo. Soy la misma de antes pero ahora diferente.

IVONNE SAENZ. — Y si le dijera que su esposo la ama. ¿Qué pensaría?

SANDRA. — (Con cara de sorprendida) ¿Amarme? (risa sarcástica), matarme será. Aunque uno sí es boba doctora, eso de estar enamorada es como estar reventada por dentro.

IVONNE SAENZ. — (Se acomoda los lentes. Hace un par de anotaciones en la libreta de mano) Ya veo. ¿y cree que él ama al niño?

SANDRA. — Pues le toca, que más. Acaso cree que ese tonto puede buscarlo a uno de noche sin que a la mañana haya consecuencias. Que afronte. Si no lo demando. Y mire (se levanta del diván) yo no quiero hablar más de ese… (enojada) y me voy, porque no entiendo para qué es todo esto.

IVONNE SAENZ. — ¡Calma! ¡Calma! (Cambia de música de fondo y no hace más preguntas. Termina la sesión).

(Sandra sale, y se sienta en la sala de espera con los brazos cruzados y la boca fruncida).

 

Nacho Peña

 

Escena V

En el mismo consultorio. La música de fondo ha cambiado. Entra Juan Carlos

 

IVONNE SAENZ. —Lo mismo que le dije a su esposa. Por favor acuéstese de lado. Mire hacia aquel espejo y le haré unas preguntas claras. ¿Le gusta la música?

JUAN CARLOS. —Sí. Aunque preferiría una bachata doctora. Esa música, sin que nadie cante, es para velorios costeños.

(La doctora deja que hable mientras trae un vaso de agua)

JUAN CARLOS. — Aunque ustedes más que nadie debe saber el efecto de esa música en el cuerpo. En casa Sandra no me deja ni prender la radio. Siempre me dice: “sinvergüenza, no le basta la bulla de los vecinos de la cuadra” y luego me apaga la emisora.  El sábado pasado estaba copiando una letra de una canción en un cuaderno y me armó un problema. “Claro, aprendiendo canciones para dedicarle a la otra”. (Imita la voz de Sandra) y rasgó el cuaderno en dos pedazos y me los lanzó a las patas.

IVONNE SAENZ. — Ok. Ahora, cuénteme cómo es su relación con su hijo, Steven, ¿verdad?

JUAN CARLOS. — Sí, Steven la gloria de mis años (la doctora mira por el espejo a Juan Carlos. Tiene mirada tierna) Cuando él nació lloré mucho. Pero claro, ella pensaba que estaba borracho. Boba esa, no entendió que estaba impresionado por el milagro de la vida.

(Prosiga)

JUAN CARLOS. — Pues eso, qué más… nada más.

IVONNE SAENZ. — Steven ha visto violencia en casa… (silencio) ¿Ha golpeado usted a su esposa, señor Arroyo?

(La doctora mira el espejo. Juan Carlos cierra los ojos)

JUAN CARLOS. — Sí, pero una sola vez. Además, qué marido no lo ha hecho. Hasta el vecino. Cuando se le incendió la casa, culpó a su esposa por ello. Se escuchaba: “quién sabe qué infidelidad cometiste. Ahora Dios nos castiga”. Fue horrible.

IVONNE SAENZ. — Usted, hablemos de usted. Los vecinos son otras paredes.

(Entra el doctor Alberto y hace una seña a la doctora Ivonne Sáenz. Juca nota la interrupción e intenta voltearse)

IVONNE SAENZ. — ¡No!, ¡no!, por favor, continúe acostado de lado mirando al espejo. Siga hablando sobre su hijo Steven por favor. Hay una grabadora de voz activa. Ella registrará todo. Por favor continúe. (Se levanta y sale del consultorio. Juan Carlos sigue acostado en el diván).

JUAN CARLOS. —¿Hablarle a una maquina? Ni porque estuviera loco. Bastante loco me estoy volviendo en casa. (Se levanta. Casi riega el vaso de agua en la mesa. Sale. Se sienta el lado del Sandra).

 

Nacho Peña

 

Escena VI

En la sala de espera. Otras personas sentadas. Revistas y las dos puertas cerradas, la del doctor Alberto y la del consultorio de atención.

 

SANDRA. — (En voz baja) ¿Cómo te fue?, ¿qué te dijeron?

JUAN CARLOS. —No le puedo contar, no ve que eso es como con los curas, un asunto privado. ¡No sea metiche!

SANDRA. — Ah, no, pues qué haremos. Yo creo que le gustó la doctora. Porque a una escoba nueva le ponen falda y usted barre bien.

JUAN CARLOS. — Tan boba. Calladita se ve mejor.  Y mejor vamos rápido por el niño, no vaya ser que caiga de nuevo un rayo en esa casa y le pase algo a la criatura.

SANDRA. — No pues, quien lo oiga dirá que es el mejor papá del mundo. A ver, cómprele leche, pañales, sinvergüenza. (Lo toma de la camisa) Si no fuera por mamá que vende mercancía y nos ayuda, hace rato estuviéramos en la miseria.

JUAN CARLOS. —¡Qué va! Esa señora cree que tiene el derecho de mandar porque nos ayuda. ¡Que coma mier…!

SANDRA. — ¡A ver!, ¡a ver!, a mi mamá la respeta!… (Intenta levantarse)

(Suena la puerta y sale el doctor Alberto con su bata blanca y una libreta después de reunirse con la doctora Ivonne).

ALBERTO — ¿Arroyo y Aricapa? Pasen por favor.

(Entra Juan Carlos y Sandra. Primero él. Ella atrás)

ALBERTO —Ya hemos hecho una evaluación ligera y en nombre del Ministerio de Bienestar informo que pueden irse para casa. Eduquen al niño lo mejor que puedan.

SANDRA. —Doctor, pero cómo estamos. ¿Bien? (Con aspecto nervioso)

ALBERTO — Sí bien, pueden irse. Que tengan una buena tarde. (Con rostro sereno pero grave toma una libreta y garabatea una observación: situación final: Son lo que son, pareja feliz. Sana en su propia idea de hogar. Menor no corre riesgo).

Juan Carlos y Sandra salen apretujándose.

FIN

 

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