Edgardo Rivera Martínez se fue a un cielo llamado Jauja

APUNTES SATÍRICOS

Borricos en la plaza
Elogio y condenación de Xantipa
Folclor universitario. Guerra y justicia de perros
Privilegios de los intelectuales
Loor y reivindicación del palto
¿Un país para extranjeros?
Reinas, ñustas y misses

 

Murió, murió un grande. Se fue el autor de la reconocida obra peruana “El País de Jauja” (1993), Edgardo Rivera Martínez (1933-2018). Un escritor sin precedentes a quien tuve el privilegio de conocer en la Feria del Libro de Huancayo en el año 2012.

Recuerdo que cuando lo vi, andaba acompañado de su esposa, Bertha “Bethy” Martínez, y se preparaba para disertar en una mesa junto al narrador Mario Bellatin, el poeta Luis Enrique Tord,  el cuentista Oswaldo Reynoso, y la historiadora peruana Ileana Vega de Cáceres.

Yo andaba por los pasillos de la feria con tres hombres que había conocido ahí y que luego supe que eran: el boxeador y poeta Elio Osejo, el coloquialista Gerardo García Rosales y un docente universitario de Tingo María que tenía un tenue parecido a César Vallejo, y con quienes  después del evento fuimos a una cava a tomar cerveza. Allí recitaban poesía, criticaban a Roberto Bolaño, y contaban historias menudas del profesor Abimael Gúzman y su actividad de predicador marxista-leninista-maoísta en las montañas de Ayacucho y el VRAE.

 

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Por medio de ellos fue que conocí al escritor jaujino, cuya impresión fue tal, que así lo mencioné en una nota que hice para un portal colombiano:

 

«Empecé a caminar por el auditorio de la FELIZH intentando reconocer algún individuo para entrevistar, hasta que por fin encontré al escritor Edgardo Rivera Martínez, miembro del APL (Academia Peruana de la Lengua) y también autor de libros como El visitante (1974), Historia de Cifar y Camilo (1981) e   Historia y leyenda de la tierra de Jauja (2012).

Al abordarlo, osé preguntarle, –con cara de periodista serio– sobre su última obra. Se sobó la oreja acomodándose el audífono amplificador,  y me contestó  balbuceando como un bebé,  que sí, que él conocía a Boyacá y que de Bogotá lo que más le gustaba era el Mondongo, los Callos a la madrileña y la Chicha en totuma que vendían en la Candelaria.

—“Mi amor, el joven le pregunta por su último libro” aclaró su esposa.

—“Sí, su último escrito” Repetí mirándolo fijamente.

Y de nuevo respondió:

— “Claro, también estuve en Cali bailando salsa. Las caleñas son unas mujeres muy bellas”.  Y se echó a reír.  Disimulé y me senté en una de las sillas del auditorio jugando a perderme entre el público».

 

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Obviamente esta impresión, en su momento, daba cuenta de su estado senil y su progresiva perdida de la memoria que padecía, aunque en los años dorados de la literatura peruana, (y de su vida como tal) hubiese sido una gloria de las letras nacionales.

Sin embargo después de ese encuentro supe que no volvería a contemplar al maestro. No solo porque me regresaba a Colombia, sino debido a que su obra, en mi consideración, era poco  valorada o difundida en el país, además que este hombre larguirucho, con el rostro de un león abuelo, carecía de impacto mediático, como por ejemplo, del que gozaba Mario Vargas Llosa, incluso teniendo una temática no tan atractiva.

También sumé a ese sentimiento de olvido el hecho de que el auditorio estuviera lleno de jóvenes millenials, quienes conectados a sus celulares desconocían qué novela era esa llamada “País de Jauja” y por qué debía importarle a ellos. Actitud casi justificada,  entre otras cosas, el que estuvieran allí en la Feria del Libro sentados y obligados por sus maestros de colegio y universidad.

 

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El pasado 5 de octubre del 2018 este grande parte a sus 85 años, no sin antes dejar trabajos tan brillantes como su prístina narrativa de El unicornio (1963), los cuentos de el Ángel de Ocongate (1986), y la ya mencionada, El País de Jauja[1] (1993) obra galardonada con el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos en el mismo año, y que los críticos por unanimidad determinaron que estaban frente a la obra más valiosa de la literatura peruana en los 90´s.

Yo debo reconocer que la lectura de este libro me inspiró y también despertó el deseo de viajar directamente a Jauja, la primer capital de Perú antes que se instituyera Lima, y donde hasta hace unos años, se debatía si emplazar o no, el aeropuerto internacional del país.

Una ciudad fundada el 25 de abril de 1534, por el mismo Francisco Pizarro, que tiene como patrona espiritual La Virgen del Rosario, y cuyo gran monumento a la entrada con su efigie, ha hecho que los vecinos se pregunten jocosamente, en son de chanza: ¿por qué la virgen le da la espalda a los jaujinos? Porque quiere irse a Huancayo.

 

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El mismo Edgardo Rivera gustaba decir, que Jauja, su ciudad natal, era cosmopolita gracias a su clima, a sus efluvios y vientos idóneos para el tratamiento de enfermedades respiratorias como el asma y la tuberculosis, que tenían el efecto de atraer gente de todas partes del mundo hacia ella.

Es increíble el amor hacia la tierra que este hombre profesaba, pues hablaba de su ciudad como si fuera una nueva Córdoba, una Atenas, o una Bogotá. La mencionaba en Viena, en Alemania, en Madrid, o donde estuviese, incluso, lo hizo de forma clara, directa y profunda en la novela que lleva el mismo nombre, tratando de unir una ciudad rural del alto Perú, con el mundo occidental.

Pero sobre todo, aparte de la novela «El país de Jauja»,  y quizá por mi actitud de viajero, la obra con la que más me identifiqué fue “Al andar de los caminos” (2003). Una serie de impresiones de viaje  que resultaron de sus andanzas por la sierra peruana y notas de aventuras, captadas al detalle, que luego supo plasmar línea tras línea, con tinte poético, de ironía y humor.

 

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Estilo labrado en la paciencia de un escritor perseverante,  con el cual  ya venía forjando magistralmente otro libro a la par “Estampas del ocio, buen humor y reflexión”(2003), porque este docente universitario,  fue conocido  (y reconocido) por su escritura indigenista, costumbrista, y andina, más que por lo jocoso.

Edgardo Rivera Martínez se fue a ese cielo que tiene nombre propio: Jauja. Esa bóveda etérea y mitológica, o de la cucaña, que retrató maravillosamente Pieter Brueghel el Viejo, mostrando un lugar ideal donde ya no es necesario trabajar porque sobra el vino, la leche, hay montañas de queso y cerdillos tiernos para comer a cualquier hora. Bien viaje maestro y salud.

 

 


[1] No olvidemos que este título es sumamente interesante porque hace alusión a la  pintura de Pieter Brueghel el Viejo, además de ser un nombre usado originalmente por la obra homónima, de Heinrich Mann “El país de Jauja”.  Esta novela es una de las más importantes dentro de la literatura peruana. Así un estudioso reconocerá para  la clave occidental en la que está escrita, aunque a simple vista parezca una narración andina.

3 comentarios sobre “Edgardo Rivera Martínez se fue a un cielo llamado Jauja

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  1. Don Firmiano, poco a poco he pasado por este escenario virtual donde se despliegan tus visiones de los viajes y las búsquedas en las letras y la sembranza de personas y escritores, tras de ti descubro a un Perú que pasé en afanes cuando entrevisté a familias desarraigadas en los suburbios de Lima. Ya me pones a buscar estos textos de Edgardo Rivera Martines, y a repasar todo ese mundo geográfico por donde están tus huellas en las letras. Somos nuestrs palabras.

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