Modos moralmente amorales de estar vivo: Joe Gould

«A veces, cuando la gente ignorante bromea tiene una especie de inspirada temeridad de lo más alegre y contagiosa. Tienen la capacidad de levantarle a uno el ánimo.»

Joseph Mitchell


Joe Ferdinand Gould (o quién haya sido) como persona fue todo un misterio; como periodista y escritor, lo fue aún más. Toda su vida, al menos desde la narrativa del neoyorkino Joseph Mitchell, quedó documentada, primero, en el libro El profesor gaviota (1942) luego en la obra El secreto de Joe Gould (1964) y finalmente su perfil quedaría completo en una tercera entrega, que aun no ha visto la luz, y que posiblemente se titularía: El último bohemio (¿?).

Joe Gould fue un hombre pequeño, de aspecto de judío, vestía como los ejecutivos de Wall Street, y tenía un leve parecido a Charles Dickens en su desparpajada cabellera. Ya en la leyenda, según lo retrata Joseph Mitchell, este sería el prototipo de escritor compulsivo, místico, misterioso, mendicante, que ha perdido la fe en la humanidad, más no en la escritura. Se sabe que este hombrecillo, proveniente de una de las familias más reconocidas de Massachusetts y graduado en la prestigiosa universidad de Harvard en 1916, se marcha de su ciudad natal hasta New York, donde termina entregándose a las letras y a la mendicidad.

Actitud que nos recuerda a otro personaje pintoresco como lo fue Richard Englander (1859-1919), conocido en Viena como Peter Altemberg, al que Franz Kafka (1883-1924) retrató indirectamente en su obra El artista del hambre, y al que Alfred Polgar (1873-1955), otro escritor judío, compuso un bello réquiem en su funeral. También hay, en Joe Gould, una figuración de Jakob Mendel, el Miraculum mundi del conocimiento universal que terminó en un campo de concentración alemán.

Los cafetines literarios y bohemios le deben mucho a Peter Altemberg; lo libros, a la intelectualidad consagrada de Mendel; pero las ciudades, con su bullicio, con sus crímenes y pasiones nerviosas y desordenadas, le deben a Joe Gould el mérito el que las haya transformado en material literario, aunque él mismo tomara distancia de las personas, no por algún tipo de aversión, sino por una manía persecutoria que adquirió tempranamente.

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No sabemos qué pueden hacerse los humanos entre ellos, como para hacerle perder a alguien la fe, no en el hombre, sino en la humanidad. De accidentes como estos surge esa famosa frase de Fiodor Dostoyevski (1821-1881): “Amo a la humanidad, pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular.” Joe Gould al evitar contacto con la humanidad, ha roto todo puente hacia sí mismo. Por supuesto, él no es misántropo al estilo de Arthur Schopenhauer, pero no espera nada de nadie, ni siquiera de él mismo porque conoce sus bribonadas.

Sin embargo, hay que hacer justicia con este personaje, pues Joe Gould fue un cronista respetado con una experiencia de 8 años en medios reconocidos como The Word, The Herald Tribune, The World-Telegram, The New Yorker,  y tiene el requisito fundamental para hacer periodismo: es buena persona. ¿Cómo lo sabemos? pues su biografía nos muestra que trata bien los animales y eso es suficiente. Así que antes de Gould escribir sobre personas, primero observa por largo tiempo los animales. Sabemos que se da a la tarea de espiar varias horas un grupo pájaros con su bifocales. Es paciente. Puntilloso. Se alegra como un niño. Imita sus movimientos. Toma nota. Y luego de un tiempo, y en agradecimiento con esos seres alados por darle un sentido a su vida, se convierte en un fiel “migajero”, un alimentador de aves en los parques.

De igual forma al perfilar historias para los medios en los que colabora, tiene sus cinco sentidos ejercitados. Su buena memoria no se debe a que come pescado, consume pasas verdes o hace ejercicios memorísticos influenciado por Frances Yates,  sino que le interesa las “Historias Orales” de la gente que sale a su encuentro, o viceversa.  Es un Jesús en versión neoyorkina. Nadie queda indiferente al conversar con él. Pasa siete horas con una anciana escuchando su historia, para enterarse que en su vida pasada, fue expendedora de droga (dealer), pero ahora se dedica a dar sopa en hospitales benéficos a los moribundos.

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Se interesa, y cree que esta historia puede interesarle a alguien, así que emprende la tarea de escribir una biografía de once mil palabras para hacerle justicia a la anciana. Redacta desde las 4 a.m, hasta las 4 a.m del día siguiente. Garabatea su primer bosquejo en un hotel de mala muerte, luego en un café, de ahí a la biblioteca, de nuevo otra cafetería, y como ya carece de dinero para el hotel, se va al metro a seguir escribiendo la historia, apoyado, siempre, en su portafolio de cartón.

Unas palabras de su autoría dan cuenta de esta hazaña: «Cuando salí del metro estaba amaneciendo». Y continúa explicando su estado físico: «Yo tosía, estornudaba, tenía los ojos inflamados, un temblor de rodillas y un hambre de lobo. Mi saldo indicaba exactamente ocho centavos a mi favor”. A decir verdad, nada de esto le importa, porque se consuela en el resultado: “En aquel momento no había un presidente de empresa más feliz que yo”.

Joe Gould tenía un síndrome collage bastante peculiar: un poco de Diógenes (pobreza) por aquí, un poco de Balzac (deseo de reconocimiento) por allá, y algo de Pessoa (hipergrafía) y  Melville (bartlebysmo ) por acuyá.

¿Y para qué o por qué escribía Joe Gould como un poseso? Solo hay una razón y era, el comprender esa máxima latina de Cayo Tito, el senador romano. «Verba volant, scrīpta mānent», Las palabras vuelan, lo escrito queda. Su obra final, en la que cree encontrar un sentido y con la cual, como don Miguel de Unamuno, cree, va a inmortalizarse, se titula «Historia oral de nuestro tiempo». Una obra, cuya dimensión y extensión es colosal, pues contenía, hasta la fecha de 1942, la suma de «nueve millones doscientas cincuenta mil palabras» y es, en su decir, «12 veces más larga que la biblia».

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El poeta Edward Estlin Cummings (1984-1962), amigo intimo de Joe Gould, escribe al respecto: «… tanto vale un mito como una sonrisa pero la «historia oral» del pequeño Joe Gould podría (editores, tomad nota) titularse el camino de un espectro o a la deriva sin naufragar o bien modos moralmente amorales de estar muy vivo mediante innumerables especie de muertes.«

Escritores como Salman Rushdie, Julián Barnes, Martin Amis y Doris Lessing, se arroban ante tal pretensión  de una nueva «comedia humana» escrita por el hombre que parecía a Charles Dickens, Cervantes, y Jesucristo. En 1952, diez años después de esta declaración de extensión y tamaño de su obra, Joe Gould moría de arteriosclerosis y senilidad precoz en el hospital Estatal Pilgrim, en West Brentwood, Long Island. Un nombre institucional bastante sugestivo para este peregrino de las letras, que a su muerte, nadie puedo encontrar su famosa obra titulada: «Historia oral de nuestro tiempo», sino solo un poema, un fragmento de un artículo, y una carta de súplica.

La humanidad, la historia, la oralidad, el tiempo, sigue esperado un Joe Gould póstumo.


Trailer Joe Gould’s Secret (2000)

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