Marido por cárcel

 

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“El divorcio es probablemente tan antiguo como el matrimonio,

pero creo que el matrimonio debe ser unas semanas más antiguo”

Voltaire

 

Para empezar, hablemos hipotéticamente, qué pensaría o cómo reaccionaria usted, si casado, o casada y queriendo divorciarse, no pudiera ir a un juzgado civil, sino que lo remitieran con su demanda a apelar delante de un cura, un pastor o un imán.  Usted podría argumentar que eso es imposible, o que, si fuera cierto, apelaría a instancias internacionales para que su caso lo atienda un juez civil de la nación.  Y punto.

Claro, ambas reacciones como respuesta son posibles en una sociedad occidental como la nuestra. No así en el contexto social y religioso de Viviane Ashalem, una peluquera y ama de casa, protagonista de un drama judío titulado “Get the trial of Viviane Ashalem”, que versa sobre una institución universal: el matrimonio y su puerta trasera: el divorcio.

Desde los primeros minutos siente uno lo que puede estar sintiendo la protagonista: angustia y anhelos de libertad, lástima y también sed de justicia humana. Porque el trabajo de los directores Ronit Elkabetz y Shlomi Elkabetz es un entero drama que puede estar muy cerca de cualquiera de nosotros, tan propensos a pensar con el corazón y luego con la cabeza.

El argumento es simple: Una mujer desea divorciarse de su esposo, con el cual tiene dos hijos, por incompatibilidad de caracteres. Ella acude a un tribunal jurídico-religioso, pero su apelación se convierte en un calvario por la negativa de su marido de aceptar concederle el divorcio.

Grilletes que los mismos seres humanos nos hemos fabricado con el pasar del tiempo y que hemos denominado: contratos. Porque en esencia el matrimonio es un pacto civil entre dos cuerpos que tienen un solo amor producto de sus afinidades electivas. Y en esta obra los enlazados son Viviana y Eliseo Ashalem.

Fue con el pasar el tiempo, que, al elevarse el matrimonio a la dignidad de misterio y sacramento, los eclesiásticos se convirtieron paulatinamente en jueces de todo lo que acontecía entre marido y mujer. Y así es que la religión hebrea llega a legislar sobre lo moral, muchos siglos antes de la época Victoriana en Inglaterra.

Esta obra posee un carácter controversial no tanto por el contrato civil ante el gobierno, sino el contraído ante la religión sacramental: el eclesiástico.  Una vuelta de tuerca más apretada que queda subyugada al dogma y a la jurisdicción  religiosa de hombres, empresarios de la fe.

En la compleja textura del amor, como dice Edgar Morín, se entretejen hilos muy diversos, que abarcan desde lo biológico sexual a lo mitológico o imaginario. Aunque aquí hay que aclarar algo, en este film hebreo no hay amor sino tradición, estereotipo, mezcla de amor y carencia. El matrimonio como un deber sagrado y también drama porque precisamente en occidente el casamiento sigue los lineamientos de la religión

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