Cuando los ricos hacen la guerra

Cambiar los fusiles por lapiceros y cuadernos no está mal. Con el primero silenciábamos vidas, con los segundos, podemos contar historias que sensibilicen sobre este sinsentido llamado guerra.

 

Yo ahora soy un desmovilizado. No sé si eso es movernos de una selva húmeda y hostil a las concentraciones veredales, o salir de un estado de guerra a una de paz. Los comandantes, que vemos muy cómodos en Cuba, Venezuela o en los pasillos del congreso en nuestro país, nos han ordenado ese desplazamiento. Al final la guerrilla no es una democracia, es una institución de dictados que funciona con la dinámica de la obediencia, igual que la compañía de Jesús. Lo único que nos diferencia de ellos es lo que hemos aprendido de nuestros superiores y a qué o a quién le hemos jurado lealtad.

Mandar y obedecer es lo mismo. Sin embargo, la desobediencia, igual que en las órdenes religiosas, es una cuota que se paga cara. Solo hay que seguir las exigencias, porque eso, según el comandante, es acércanos a la revolución que tanto soñó Don Simón Bolívar, Jacobo Arenas y nuestros mártires caídos, Alfonso Cano Jorge Briceño y Manuel Marulanda.

Miro el fusil ak-47 por última vez. Cuando lo recibimos estaba desgastado, y ahora por su desuso, se ha oxidado mucho más. El gobierno ha dicho que destruirá las armas una vez que las pongamos en la mesa, pero lo extraño es que serán las nuestras y no las de ellos, que también han matado miles de colombianos entre guerras.

Espero, como nos han dicho, que la educación sea nuestra mejor arma en esta democracia. Hace años intenté hacer eso mismo en el Tigre, Caldas. Estábamos patrullando esa vereda y llegamos a una escuela pequeña que tenía un par de maestras venidas de Manizales.  Recuerdo que ellas aparecieron y al vernos comenzaron a reírse. Con curiosidad y mi fusil en la mano les pregunte cuál era el motivo de las risas. Una de ellas dijo que se había acordado de un chiste muy bueno.

La increpé diciendo que nos contará el chiste para evaluar si era bueno o no, y una de ellas, delgada, blanca y con un cabello bien cuidado dijo: «Es simple: El azúcar es un producto que amarga el café si se la echa fuera de la tasa». No me reí, pero más que un chiste bueno, me trajo recuerdos amargos.

Habíamos sido asignados a una base en el Putumayo con el camarada “Miche” para hacer guardia ya que en esa mañana traerían por el río un grupo de secuestrados capturados en la frontera con Brasil.  Nos levantamos muy temprano y la cámara “Sonia” preparó un café exquisito que compartió con nosotros.  “Miche” encendió un cigarrillo. Mirábamos la espesura de la selva con tranquilidad. Y fue solo en cuestión de segundos que una ráfaga de metralla 1.50 le partió el brazo en dos al camarada. No sabía desde qué dirección provenían las balas porque aun amanecía y era oscuro.

Yo alcancé a lanzarme por un abismo mediano, y escapé. La base improvisada de madera y arboles fue dinamitada, y todos, incluida la camarada “Sonia” y sus dos hijos, fueron fragmentados por el mortero.  Por comentarios en el pueblo supe que el ataque lo había perpetrado un pequeño contingente de soldados contraguerrilla, entrenados para matar sin posibilidad de rendición.

Ahora que pienso en esto, no puedo dejar de sentirme triste, por eso y otras razones más me he desmovilizado. Cambiar los fusiles por lapiceros y cuadernos no está mal. Con el primero silenciábamos vidas, con los segundos, podemos contar historias que sensibilicen sobre este sinsentido llamado guerra. Guerra que solo conviene a los que tienen el poder, porque como dijo alguien, “cuando los ricos hacen la guerra, son los pobres los que mueren”.

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