La conciencia, o noche de miércoles

“Donde quiera que hay hombres hay tonterías, y las mismas tonterías”

Bernard Le Bovier de Fontanelle.


La conciencia

El maravilloso cuento titulado “La Conciencia” de Ana María Matute, no puede ser sino una metáfora psicológica. Rara vez, desde la cuentística de Ernest Hemingway, se ven pieza cortas de tan preciso calibre. Pero hay que desglosar con pausa el asunto para convencernos de la densidad de un cuento, que, a mi parecer, no tiene moraleja, (aunque el final insista en ello), sino que tiene un carácter universal por cuanto habla del hombre. Ese hombre sencillo, individual, único, no muy diferente del hombre abstracto y universal.

Miércoles

El viejo, pero ¿Quién es el viejo? ¿De dónde salió?, porque este llega en una noche tranquila a la casa de Mariana, pidiendo posada, alegando que sus piernas están cansadas. Como se sabe, Mariana guarda un secreto, pero el viejo conserva hambre, hambre en su vientre. Para ella, él es un intruso indeseado, un viandante; para él, ella es una oportunidad de resguardo del frío y del fin de la fatiga. Pero el viejo sabe algo, no por viejo, pero si quizá por diablo. Ha viajado mucho, ha conocido el mundo, específicamente a los hombres, y sabe que todos tienen conciencia. Que no hay una limpia. “el que esté libre de pecado que…” parece sugerir.

Aun así, ella, decide hospedarlo sin ningún motivo, más que para ejercer su piedad. Y oh, vaya sorpresa. Al amanecer, el viejo está sentado en la mesa comiendo opíparamente, como si fuese un invitado ilustre. Pero ¿Qué es esto? El viejo asegura que ella ha dicho que puede quedarse el tiempo que quiera y comer lo que desee. Ella queda absorta, ensimismada. ¿Lo he dicho? Quizás dormida. En su razonamiento cabal, no hay ninguna razón para tal cortesía. El asunto se torna extraño.

El hombre andrajoso le pide una audiencia afuera de la casa. Allí, él, con el sombrero en la mano y con migas de pan que cuelgan de su desparpajada barba, le descubre su enfermedad psicológica: la conciencia. Le dice mirándola a los ojos: “Sí: yo estaba allí. Yo lo vi, señora posadera. Lo vi, con estos ojos…” Inmediatamente comienza una menage a trois, entre un viejo, un secreto y una mujer. La cerradura ya no es secreta.

¿Lo sabe? ¿Pero qué sabe? Y ¿Para qué lo sabe? El viejo no da razón, solo quiere un mendrugo de pan, un lecho caliente para descansar y un techo para escamparse. ¿nada más? Nada más. Y así pasan quince días más y el viejo parece no querer moverse del lugar. Mariana es presa del miedo, pues lo sabe y también sabe que si Antonio, su esposo se da cuenta, la puede matar. Su vida depende del secreto que posee el viejo.

El asunto se torna insoportable. Ahora ya no es solo comida, vivienda, sino también dinero. Mariana se da por vencido, o el viejo guarda el secreto, o lo revela, punto. No hay otro camino. La suerte está echada. Decidida (aunque con duda) lo echa de casa inmisericordemente. El viejo perro, como ella lo llama, no tiene opción, debe revelar el secreto, o al menos, lo que ha visto. Da por terminado el asunto.  La lleva aparte de la casa, a un antiguo camino y pronuncia su sentencia:

“Naturalmente, señora posadera, yo no vi nada. Vamos: ni siquiera sé si había algo que ver. Pero llevo muchos años de camino, ¡tantos años de camino! Nadie hay en el mundo con la conciencia pura, ni siquiera los niños. No: ni los niños siquiera, hermosa posadera. Mira a un niño a los ojos y dile: “¡Lo sé todo! Anda con cuidado…“ Y el niño temblará. Temblará como tú, hermosa posadera”.

Como un rayo, una sensación de desconcierto recorre el cuerpo de Mariana. ¿No ha visto nada?  ¿Qué? Hay muchas preguntas, pero una alegría extraña, violenta se apodera de ella. El viejo, al revelar su más agudo secreto, se va, sale, sin dirección concreta. Quizá hacia otra comarca, a pedir alimento, vivienda, a costa de algunos secretos guardados en viejas conciencias. Tiene las llaves que pueden abrir cualquier puerta: “Todos los hombres guardan secretos” y si pueden descubrirse, se descubre cualquier alma. Piel por piel, el hombre da lo que tiene por su vida.

El cuerpo y la conciencia

Los etruscos tenían una forma cruel de castigar a sus enemigos, atar un cuerpo muerto a uno vivo entre cadenas para que juntos se descompusiesen. Verdad o no, método de tortura no muy lejos del emparejamiento del cuerpo y la conciencia, que duermen juntos, que hablan, ríen, lloran y se descomponen  de manera inevitable. Con el buen y logrado cuento «La conciencia» de Ana María Matute, solo queda decir, que quien desate el cuerpo muerto, posee al cuerpo vivo, esto es, en pocas palabras lo que hizo el viejo perro con la señora Mariana. Una perogrullada inteligente, sin embargo, efectiva.

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