América es un viaje

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Abro mi diario.

¿Qué significa ser americano? Es una pregunta que los americanos no solemos hacernos. Damos por sentado que ser argentino, ecuatoriano, colombiano, brasilero o costarricense es ser americano, pero en realidad, es eso, y nada a la vez, es mucho más. En su fanático patriotismo, los estadounidenses se han apropiado la palabra. Lamentable, porque América es un viaje. No hay otra palabra. Un día me levanté pensando que si quería conocer toda la belleza y esplendor del continente me era necesario moverme de mi nacionalismo, y salir a fisgonear por otros países. Así que os relataré una travesía traviesa.

Cuando era joven me dedique a viajar mucho. Diablos, no sé en qué pensaba. Sin embargo, eran tiempos donde los anhelos de conocer le ganan al deseo de ser sedentario. Por mi experiencia puedo confesaros algo, nadie se mueve de un lugar a otro sin ninguna motivación. Conocí un joven que deseaba ir a Jujuy. ¿qué dónde queda eso? No me pregunten. Ya hay internet para saber la ubicación hasta del colegio de infancia de uno. Aunque estuve cerca de ese lugar, yo no quería ir allá, sino conocer en forma general América. Y qué me motivo. Pues vale, lo diré con recelo. Las películas de Indiana Jones. Ese espíritu aventurero se apoderó de mi como si yo fuera el mismo Harrison Ford, solo que sin la cicatriz en el mentón. Sin látigo, ni cazadora, ni pistola calibre 38, salí de Colombia un 2 de noviembre de 2004.

Por esos mismos días había muerto una tía política de un paro cardio respiratorio en una camilla con 3 lamparas encima.  O eso dijeron. Una perdida lamentable. Como sea, siempre los galenos se lavan las manos como Pilatos, cierran el caso y luego llaman a lista al próximo paciente para ser atendido en el quirófano. ¡De infarto! Ya a ella le habían imputado una pierna, pero ahora había perdido todo el cuerpo y la existencia Fue un velorio muy triste lleno de gente chismosa, tintoretos (los que van a tomar café gratis) y lágrimas sinceras. Estuve ahí como tintoreto, y por salud mental, evité relacionar aquello con mi pronto viaje. Mi tío, que Dios lo bendiga, esposo de la difunta, murió un año después de pena moral y de soledad.

Salí despacio del país sin despedirme. Bueno, solo lo hice con mi abuela materna. Aún recuerdo esa calle larga, y esa mirada profunda de ella que llegaba hasta el terminal. Creo que sabía que no volvería durante un buen tiempo. Los que viajan saben su destino, jamás su suerte. Si por mirar hacia atrás podía ser convertido en estatua de sal, mirar hacia adelante podía llegar a significar algo. Llevaba en el bolsillo de mi mochila el libro 100 años de soledad (el de pasta rústica). Al principio me gustaba mucho, luego al releerlo descubrí que ese no era el mejor libro de costeño. Con todo, una idea enana se anidó en mí, buscar mi pequeño paraíso en otro lugar.

El primer lugar donde llegué fue Ecuador. Ese país, al que no lo conozca, le parece extraño. Extrañísimo. La gente piensa que es una selva espesa, tupida, sin posibilidad de civilización. Error. Es una metrópolis común y corriente. Con dinero, tecnología y gente que aun juega lotería para intentar cambiar su suerte. Lo que es puedo afirmar sin notario, es que cada país tiene una mentalidad diferente. Hasta los animales la tienen. Dejadme explicar al detalle. En Colombia rara vez había visto un perro muerto o destripado en las carreteras como un salami. En Ecuador, los canes eran alfombras debajo de las llantas.

Durante un tiempo me dediqué a investigar aquello pues me horrorizaba la imagen. Y levanto mis manos, eh… no soy un animalista de esos que andan diciendo que los animales son más importantes que las personas. Aun así, nunca he maltratado un animal.  Bueno, si, solo una vez. Haré una pinza pequeña en este relato. Cuando tenía 7 años soñé que peleaba con un tigre dientes de sable. Lo había mentalizado desde que mi hermano llenaba el álbum de chocolatinas de animales coleccionables. ¿O acordaís? Bien.

En ese sueño, me aterrorizaban los colmillos tan grandes del felino, parecido a los de un elefante africano. Recuerdo que corrí a esconderme como si fuera un cavernario. Hasta que, cansado de ocultarme, salí con un bastón decidido a enfrentarlo. Llegué hasta la cueva donde estaba y le pegué en la cola. El animal asustado lloró y puso sus patitas en sus ojos en señal de dolor, eso, amigos, eso me conmovió el corazón. Así que lancé el garrote y me dediqué a abrazarlo durante la tarde. ¡Eh! parad un momento, eso parece un sueño irreal. Bueno, lo digo con sinceridad, es la única vez que he golpeado a un animal. Y vaya animal.

Por eso me dedique a investigar por qué en Ecuador los perros morían bajos las llantas de los automóviles. Me paré (o me senté) una tarde en la carretera panamericana, en esa nervadura que conecta todo el continente a esperar ver un canino. ¿Y qué creen?  Apareció uno que parecía una oveja alpina. El animal, sin mirar como nosotros, adelante y atrás de la carretera intentó cruzar la carretera. ¿y qué creen? Pues me paré y comencé a gritarle al perro para que saliera de la vía. Sus orejas eran tan grandes que mis alaridos le parecían un susurro. Ante tal impotencia, intenté detener el bus trans municipal que iba a su encuentro. ¿y qué creen? El humo del exosto me llenó la boca de monóxido de carbono. ¡Y zasss! Ahí estaba el animal como una fina alfombra de casa de rico. No quise ir a mirar. Anoté en mi cuaderno rojo: Animales y personas no se entienden. Hombres y hombres tampoco. Carreteras y animales no se llevan bien.

Las personas en este primer país que visité tampoco eran iguales en pensamiento a otras. Y sabe por qué. Pues pongamos un caso, la droga. Esta no tiene ningún atractivo para las personas de Ecuador. Y claro que la hay. La hay allí, allá y en acullá.  Pero no olviden que este país, descendentemente de alguna tradición milenaria inca, aún conserva tres leyes en quechuas que rigen su universo: ama sua (no robar), ama llulla (no mentir), ama cheklla (no ser perezoso). Ahí está la respuesta. Por eso nadie roba o miente para drogarse, muchos menos es perezoso como para dormir en los andenes, como hacen los drogadictos en Bogotá o en New York, por ejemplo.

Podría hablar mucho de ecuador, pero debo avanzar en esta ruta de viaje. Les dejo como incógnita que, si un día van por esa parte sur, no dejen de visitar el volcán de Pululahua, las pirámides de Oyambaro o el reloj astral que mide el mundo en estaciones, ubicado en el norte de ese bello país. (No se dejen engañar por la famosa línea de la mitad del mundo. Esos franceses geodésicos, solo pensaban en la Marsellesa y en el vino de Burdeos). Un dato adicional, no pierdan de vista que las montañas tienen figura de animales y de dioses, ya que todo está en la mirada, en la intención y en el gusto. Además de eso, preparasen para comer lo incomible, pero siempre, alimentarle. Perdonadme toda verborrea. Que hasta para eso hay que tener medicina, sino se sufre de deshidratación física y mental.

En Perú, el asunto se puso meliarista. Demonios, aun no me he curado de verborrea, creo que me deshidrataré. Lo que quise decir fue que el asunto se puso del color que esperaba. Al llegar a la frontera, pensé que estaba en Shanghái, o en uno de esos mercados de Marrakech. Mucho hormigueo, mucho ruido y muchas nueces. Me descuidé un segundo, y ¡recristo! ya sabían que era colombiano. Espero que crean a este diario. Si creedme. Me ofrecieron productos en este orden: granadas, mujeres, pasaportes falsos y harina de trigo haz de oro. ¿Qué cómo entiendo lo de la harina que tanto usamos en el país? No sé, no sé, habrá que preguntarlo al vendedor, que parecía brasilero, con un español medio enredado en el paladar. Rechace aquello. Eso si, lo de las mujeres, fue magnifico. Eso os contaré luego.

Lo primero que compré fue un huaco malcriado. Si quieren saber que es, simplemente imaginad esto. Un hombre agachado, con la mirada perdida por el alcohol, levantado su falo como si fuera una bandera de conquista. El jarro (o huaco) tenía las asas por las orejas de la figura de barro. Me pareció una curiosidad. Lo compré en el risible precio de 4 dólares. El vendedor dijo que era original. Obviamente no lo creí. Aseguró que era de la cultura Moche y agregó: no se equivoque, nuestros ancestros, esos grandes reyes mochicas, eran fieles con sus parejas. Tenía una esposa real, y dos mil concubinas. Me descuajeringué de la risa. En la época moderna hubiese tenido una esposa, sin posibilidad de reino. Eh… dejemos el tema en corto.

Perú y Ecuador han sido países hermanos y enemigos a la vez. Al menos en Colomba y Venezuela (Panamá no tanto porque nos fue robado por una pelea de sandias) compartimos como tradición gastronómica, las arepas y el café. Entre Ecuador y Perú, las peleas no han sido tanto por tierras como por líos sentimentales. La famosa guerra del Cenepa, donde cayeron miles de soldados de ambos bandos, terminó a raíz de que el presidente peruano de turno se enamoró de una ecuatoriana y terminó cediendo a las líneas fronterizas trazadas en un mapa. De esta rencilla, quedaron dos cosas.  Los apodos de Gallinas para los peruanos, y de Monos para los ecuatorianos.  Pero que peleas de animales, o lo que pueda significar esos apodos.

Viajé de la frontera de Ecuador, hasta Lima. !Dios lo bendiga!  Fue un viaje de padre y señor mío. ¿Podéis imaginar 28 horas aplanchando el trasero? Imaginaos, no hay nada de malo en eso. Llegué a un hotel de tres pisos, muy raro, no de horror, sino de los que por fuera parecen que se derrumban, pero por dentro hay toda clase de lujos.

Llegue allí por sentido común, me guió la brújula que tiene cada pobre: la necesidad de economizar. Además, claro, el peso exuberante de las maletas. ¿podremos llegar un día a vivir sin depender de la ropa? Medité mientras el taxi se dirigía al lugar. Luego un frenazo en seco me avisaba que estaba frente a las puertas del hotel Imperial.

Era un hotel emplazado a cuadra y media de la plaza más importante de la ciudad. La plaza San Martín donde cada noche disertan dómines que hablan de historia, política y filosofía, y entre ellos, uno de nacionalidad española, que tiene una rara capa y una boina, como si fuera el mismo Pío Baroja.  Cuando hoy en día hablo de este hospedaje, pocos me creen. No hay nada extraño, solo es que es difícil encontrar un hotel de una estrella, en un sector céntrico de clase alta.

En mi último destino por el intestino de América, viajé a Chile sin ninguna otra intención que conocer el país de la latitud más austral. Esa ruta por toda la nervadura oeste del continente me dejó adolorido, ya que fueron otras 28 horas, ¡Dios lo bendiga! sin embargo, recuerdo cada lugar como si fuera mi propia casa. Desde el día que mi tío Alberto dijo en broma que yo era “un maldito por américa” me creí cada tilde de esa frase que zumbaba en mi cabeza. Claro, esas palabras, más el espíritu del maldito Harrison Ford. Esa verticalidad, rumbo al fin del mundo fue toda una revelación. Verde de la mitad hacia arriba, beige del centro hacia abajo. Igual que en Ecuador y Perú, descubrí que siempre hay países dentro de otros. Culturas variopintas. Gastronomías distintas. Clases sociales sin forma. Personas que parecían no tener un pedazo de tierra estable donde asentar su existencia. Viajero como yo.

Estos fueron los primeros tres países que visité. Anoté al margen: América es un viaje.

Cierro mi diario.

 

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