¿Por qué los pobres?

 


El asunto no es tener una casa, eso sería lo justo en un país donde el que nace solo tiene el derecho de respirar, sino erradicar las lágrimas.


 

“Los periféricos a veces somos injustos con el centro”

Joan Fuster contra Unamuno.

 

Una vez escuché llorar a un hombre de tal manera que me conmovió. Era un llanto irracional que no entendía y que provenía de un ser harapiento, marginal, y para más inri,  su esposa e hijos estaban su lado. El sentido común me ajusticiaba cuestionándome si acaso este hombre lloraba por dolor, hambre o injusticia. Preferí creer  la última opción, ya que no puede haber pobres sin ricos, igual que no hay fuego sin agua o sin viento.

En el  lenguaje del capitalismo más rancio existen argumentos igualmente irracionales para ajusticiar a los casi 8,3 millones de pobres en Colombia:  Si llora es porque es flojo”, “Trabaje para que no aguante hambre. Aunque sea pida”, “Vaya a embolar zapatos al parque de Bolívar o venda empanadas.  No hay pensamientos más disonantes y descarnados que estos, y lo más triste es que proviene de personas adoctrinadas por un sistema que invita a comprar y vender y dejar sus vidas en oficinas o en proyectos utópicos.

Rara vez se oye a un rico amonestando a un pobre. No lo hacen porque no tienen voz moral, aunque se las arreglan: tienen instrumentos para infringirles ese llanto y esa marginación. ¿Pero por qué ellos? ¿por qué los ricos? Porque en la tierra hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no tanto como para satisfacer la avaricia de algunos.

Que una persona llore de hambre es el mayor pecado que carga la conciencia ciudadana. El darwinismo social termina por imponerse y sus prosélitos truenan contra los pobres dentro del mismo círculo de sus miserias.

El mundo originalmente no se concibió para que la humanidad pereciera. El hombre es un ser para-la-muerte pero eso es otro tema, uno metafísico. La tierra produce abundancia de semillas para producir variedad de vida vegetal y animal. A mi parecer la naturaleza tiene más humanidad que los hombres, porque se nos olvida (me incluyo) que el término “humanidad” inventado por los griegos es un eufemismo para referirse a ellos mismos, igual que las naciones modernas que acaban imponiéndosen con ideologías de superioridad, basado en banderas, color de piel o poder económico.

Si llenamos el mundo de monedas y billetes, que lugar dejaremos para el amor. La filantropía es un sentimiento humano que busca ayudar al pobre dándole dinero. Eso no es malo, lo es la doctrina moralista de Pablo de Tarso que canturrea por debajo: “el que no trabaje que no coma”.

Los programas sociales del gobierno son una herejía política, si acaso no una hipocresía representativa. Aquí el pobre tiene que lamer suelas y sacar brillo si quiere tener una casa donde guardar sus miserias y llorar a solas. El asunto no es tener una casa, eso sería lo justo en un país donde el que nace no tiene derecho sino a respirar, sino erradicar las lágrimas lo cual puede parecer a algunos un asunto romántico de tintes idealistas.

Oír el llanto de ese pobre supuso una sonata más profunda y universal que la 9 sinfonía de Beethoven. La primera es música indiferente para la mayoría, la segunda pertenece a oídos sordos que se deleitan en la cultura, la “humanité” y demás banalidades de hombres, hechas por hombres, cuyo fin son otros hombres.

El desempleo, la tristeza, la riqueza, y otras cosas, más son otra especie de pobreza.

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