El hombre es un día

 

La conversación es uno de los máximos placeres que posee el ser humano. Es un arte, que parece estar en declive con los avances tecnológicos que nos introducen en esos monólogos con lo multimedia. He aquí un encuentro de café entre dos hombres comunes y silvestres, hablando temas generales.

bar

 

Fanon decía con resignación a su amigo Francisco que las leyes gobernaban despóticamente a los hombres.

―No hay caso vivir en esta ciudad, aquí se determina de antemano que debemos hacer.

Se refería a la ley con cierto escepticismo y molestia como si no existiera ocasión para que el hombre alcanzara su libertad. Era un idealista, si acaso no un lector romántico con tintes filosóficos.

Y aunque Fanon no reparó en las personas que se encontraban en las mesas contiguas, Francisco se sintió incomodo con esa afirmación, y aseguró que en la ciudad podía hacer lo que quisiese, desde rayar paredes con aerosol, hasta tomar un bus a cualquier dirección. “si eso es lo que desea” agregó.

-―Frank, la ley no dice que debemos hacer, sino que debemos evitar, so pena de castigo, si se incumple lo reglamentado. Aun vivimos en la edad mosaica de leyes y penalidades. Cuanto se hace necesario Emerson.

Francisco lo escuchaba atentamente intentando captar esas reflexiones pseudoromanticas. La personalidad de Fanon era inusual, aunque carismática. Siempre hablaba afirmando, o con una especie de sugestión de grupo, lo que molestaba a otros que podían sentirse opacados por las intervenciones.

―Ni modo. Dijo Frank. Y pidió un carajillo con tan solo levantar una mano en el café “El templo árabe”.

―Es usted algo epicúreo, amigo. Continuo Frank. Todo ha cambiado. Hoy vemos carros, donde antes había mulas o caballos. Donde antes había papel ahora hay computadoras. Las cosas cambian, querido amigo. La ciudad no existe, solo el destino.

Fanon, guardó silencio. Y soltaba frases como chispas volando.

―Y el sol. ¿Ha pasado de moda? Y al hombre ¿le ha crecido otro miembro diferente a los que tienen? Y el aire, ¿no sigue permitiendo que vivamos a pesar de ser uno de los elementos más democráticos por el momento?

Los razonamientos iban y venían, como si el tiempo no trascurriera y el dueño del café árabe no se sintiera molesto por calentar silla durante más de media hora con una taza de té y otra de café.

Se hizo un silencio incómodo. Pasaban por el lugar personas conocidas de ambos, que saludaban con premeditación.

―Has leído al viejo Séneca cuando dijo: “Todo cuando de nuestra vida queda atrás, la muerte lo posee”.

Fanon miró por encima de su té a Frank. Y sus ojos se cerraron como si este hubiese recibido los rayos del sol directamente en sus pupilas.

―Séneca el estoico, el mal sembrador. Admiro al viejo en el hecho de que haya vivido su vida según su pensamiento. Su final fue bello y romántico entre agua salina y sangre. Su muerte obedece más a esa tristeza por crear ese monstruo de Nerón. Lo que dices no es nada más que la paráfrasis de otra frase “cada día morimos un poco”. No sé, no viene al caso lo que dices.

―Por qué. Es más querido amigo, te agregó una frase de un viejo conocido “Vosotros sois el pueblo y con vosotros morirá la sabiduría”.

―¿Es de Cohelet esa frase?

―No tiene importancia. El punto es que con ley o sin ley, simplemente somos advenedizos. Chispas que vuelan por el aire que con fulgor rompen el cielo y se desvanecen en cenizas.

Por primera vez, Fanon calló. Su actitud era meditativa y con ánimos de responder con otro razonamiento mayor. Pidió otro té. El dueño del café árabe hizo un buen gesto. Vender era su idea. Tener personas sentadas en conversaciones sin sentido, no. Trajo rápidamente el pedido. Fanon, revolvió su bebida con dos cucharas de azúcar y perfumó su té con limón.

Frank miraba despreocupadamente como esperando tener una respuesta. Mientras esperaba, pidió un periódico. El mesero trajo la prensa amarilla de la ciudad y la entregó. Frank masculló que mientras mantenía esa conversación gente nacía y moría y los periódicos no se dejaban de emitir.

―Es la ley de la vida, nacer y morir. La naturaleza nos lo enseña, mi estimado amigo. Agregó Fanon.

―Lo cual es una contradicción indudablemente, si acaso no un sinsentido. Nacer para morir. Valiente gracia. Frank respondió con ironía.

―La vida edita, amigo. Porque no ha de hacerlo la muerte. De esas leyes no podemos escapar. Cuantas personas pasan por el mundo sin ni siquiera avisar que vinieron, desempacaron y se fueron como el aire.

Frank sintió que Fanon le daba una especie de razón. Que, aunque tengamos leyes hechas por hombres para hombres, las cuales son fáciles de corregir, las leyes naturales se imponían con obstinación, sin que nadie escape de ellas fácilmente. Pensaba para sus adentros que es una utopía modificar al hombre y su destino. Solo la ciencia se arrojaba esa pretensión estéril en sus ensayos y errores.

―Amigo -intervino Frank- te molestan las leyes de la ciudad, pero qué dices de las que la naturaleza nos da. Esas son terriblemente azarosas.

―No me molestan. Para las primeras existe la desobediencia civil, para las segundas la vida espiritual.

―No me jodas. Creo que andas confundido. ¿Vida espiritual? A que juega, a la religión? Por quien me tomas.

―No, no no. Sonrió Fanon. Déjame explicar esto antes que nos vayamos, que el dueño del café nos mira con desconfianza.

―Es con justa razón. Aunque los cafés fueron hechos para charlar, hay de conversaciones a conversaciones. En estos lugares que parecen los más públicos, realmente son los más secretos de la ciudad. Acá se sabe todo lo que los periódicos no dicen.

―Entiendo. Amigo. Entiendo. Pero Frank, el mismo hecho de que afrontemos la existencia y nos mantengamos en ella, es decir, que decidamos no morir, que afrontemos la vida con valentía, significa que tenemos una vida espiritual. Piénsalo, y encontrarás la forma de esta simple razón.

La palabra “mantenernos en la vida” sonaba a cobardía. Era lo contrario al suicidio o su equivalente. Pues mucha gente muere y vive muerta sin saberlo. El viaducto era solo una excusa para firmar la vida igual que un acto final se cierra con maestría.

―No comparto la idea. Y en estas diferencias nos encontramos Fanon. Es verdad que ninguna ley en esa ciudad dice que no podemos morir, pero tampoco ninguna dice que debemos vivir. El agua de esta conversación corre por otro molino. No podremos hablarlo todo con un té y un café.

―Por qué no, preguntó Fanon, acaso el hombre no es un día. Nos podemos levantar de este café y mañana salir en la portada del periódico.

―Eres un fatalista.

Fanon sonrió.

―Si fuera fatalista sería un hombre con suerte, ya que la verdadera vida se empieza a vivir cuando estamos al borde. La comodidad nos roba la existencia entre bagatelas y vaivenes. No hay modo.

―Entre fatal y vital. ¿puedes pagar las bebidas? No traje dinero.

―Amigo. Fanon miró sorprendido a Frank. Tampoco cargo efectivo. ¿cómo pagaremos?

―Ahora me da otra vez la razón. Le hemos pasado la fatalidad al dueño del café cuando le digamos que no tenemos para pagar. Déjame yo hablo con él. Lo entenderá. Además, soy cliente.

―Gracias. Nos vemos en otra ocasión. Se despidió Fanon.

―Anda, sé libre. Nos vemos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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