Vida después de la música

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“Sin música, la vida sería un error”

Friedrich Nietzche

Patricia dice que soy un excelente bailarín de salsa, y la verdad yo no sé porque tiene está condenada opinión de algo que solo me gusta mucho y lo hago frente al espejo. No estudie para hacerlo, ni compré un disco pirata de esos instructivos. Solo es que se me viene sonidos a la mente y necesito hacer algo, no sé, quizá mover los pies, porque de mover las manos  ya tengo suficiente y siento repulsa por eso. Ella llegó el domingo de madrugada, abrió la puerta con la llave escondida que los dos sabemos dónde, caminó hasta mi cuarto y lanzó encima de mí un regalo que traía. Yo estaba bajo la sabana, en la cama, pensando algunos asuntos. Me desperté y abrazándola la puse en mi costado.

—¡Es para ti! Ábrelo. Dijo con su voz suave y melodiosa.

Al escucharla me sentí embargado de un sentimiento infantil que me hizo regresar al pasado, allá a esos tiempos cuando recibía regalos de papá y mamá. Regalos predecibles pero gratos, porque si no eran zapatos escolares, era una salida a comer pollo con miel y papas fritas. Patricia tenía el poder de llevarme a otros lugares con sus detalles. Realmente era su personalidad lo que hacía de algo sencillo, algo interesante. Sin abstraerme más abrí el regalo como un niño embelesado y para mi asombro descubrí en el interior una camisa de manga larga, un corbatín de esos de pajarita y unos tirantes. ¡Qué risa¡ no pude dejar de estallar en un carcajada, hasta que me calmé.

— ¿Es para una película? Le pregunté.

Ella pasivamente soltó una sonrisa tierna diciéndome que era para el miércoles, para un concurso de baile en la plaza de Bolívar en el cual ya estaba inscrito y del cual, aseguró, ganaría. Desconozco de dónde sacaría esa extraña fe en mi gusto por la música. Por un momento quedé sin palabras, y aunque el miércoles tenía un trabajo pendiente, Patricia tenía el poder, con su paciencia, de cambiar mis planes.

Tomé el teléfono y salí del cuarto. Marqué el número de mi jefe, algunos le dicen “El Recua”, pero por respeto me dirijo a él como Don Arturo. Llamar era innecesario, sin embargo era mi honor y mi palabra  lo que estaba en juego.

—Don Arturo, el miércoles no podré ir al trabajo. Si usted cree conveniente…

—Marcial –se escuchó una voz afable detrás de la bocina- hay mucho trabajo usted sabe…cosas por cobrar: un ojo, una finca, una mujer, tres millones, un banco, tres muelas, un divorcio.

—Sí, lo sé. Respondió acongojado y en voz baja. Es que mi mujer… -dijo algo tímido- quiere salir a un buen lugar… y la familia….

Sin dejarle terminar, Don Arturo respondió con amabilidad.

—No, no hay problema. –Se escuchó un silencio… tomé su día libre. Para todo hay tiempo debajo de la tierra.

—Don Arturo… le agradezco.

Colgué.

Patricia no me pregunto a quien había llamado. Es una mujercita extraña porque no siente celos de ninguna clase. Y cuando digo de ninguna clase, era de ninguna clase. Me pregunto si acaso ella no está enamorada de un muerto, es decir, está conmigo, pero también con un fantasma. Un día me ve, otro no. Y aunque sabe en qué trabajo, nunca toca el tema para conversar, ni siquiera en broma.

Me puse las prendas  que me trajo y las lucí frente al espejo. Ella me sujetó la pajarita con firmeza. Me hizo modelar frente al espejo y fue bonita la imagen, parecía alguien importante; un artista de esos que tiene un público.

— ¿Debe sentirse bien ser admirado? Le pregunté a Patricia mirando los hermosos lunares como constelaciones que tiene en el cuello.

—Totalmente, respondió. Esas cosas le gustan a todo el mundo. Todos quieren ser importantes, por eso nos venden la imagen de ser únicos y toda esas bobalicadas para que uno compre. Este traje es único, porque era el último que había en la tienda.

No dejaba de pensar por qué Patricia me he inscrito en un concurso de baile. ¿Habrá puesto mi nombre verdadero o mi nombre falso? ¿Estará escogiendo la música que bailaré el día del concurso? ¿ Raphy Leavitt, Héctor Lavoe, Ismael Rivera, Los Titanes? ¿Creerá que soy el mejor solo en su mente? Ella parecía muy segura de lo que estaba haciendo y yo sólo seguía su corazonada femenina.

Le pedí si podía comprarme un par de zanahorias para ese miércoles en la mañana, y sin cuestionar afirmó con su hermosa cabeza rubia. Necesitaba esas zanahorias, porque de otra manera no hubiera podido contener los cochinos nervios cuando estuviera frente a toda esa gente. Unos usan Whisky, otros se dan cachetadas, pero las hortalizas me calman el sistema digestivo.

Ese domingo no fuimos a la iglesia. Nos quedamos en casa viendo un documental en CNN sobre Isis, y como hacía de las suyas en el medio oriente. Fue curioso ver el mundo alarmado por lo que esos periodistas llaman “terrorismo posmoderno”, el atractivo de la guerra santa (Yihad) convocado por YouTube y Twitter. Sobresalté emocionado.

—¡Esos si son cobradores! El mundo le debe, espadas, banderas, desiertos, agua, mujeres, dinero, armas, mares, medallas. Y lo están cobrando por medio de la tecnología. Usan su misma arma en su contra. Sonreí como un niño.

Patricia se limitó a sonreír y antes de irse me recordó que debía ensayar para el evento. Ella siempre ha querido que deje la vida de asesino, de cobrador, de sicario. Prefiere el arte, la música como un propósito más alto. Ella me ha visto bailar, pero no ha visto mi corazón que recuerda vivamente como papá y mamá bailaban y se enamoraban. Lloro como si fuera una cura para mi pasado. La música que viene a  mi mente me lleva a celebrar. Es extraño disfrutar la vida después de que se la ha pisoteado en todas las formas.

Patricia apareció con una bondad extraña, con una fe inquebrantable en mí.  Cree en la música. Cree en mí. Espero no defraudarla, espero enamorarla con mi baile, espero ganar, y espero salir un día de este mundo donde la muerte es música en negativo. Si salgo vivo me casaré con Patricia y bailaré con ella toda la noche como lo hacía papá y mamá antes que murieran.

 

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