Capote: letras para camaleones

 

“La vida es una buena obra de teatro con un tercer acto mal escrito”.
Truman Streckfus Persons (1924-1984), conocido comoTruman Capote


Hoy amanecí con deseos de leer a Truman Capote. Tomé una colección de cuentos de mi biblioteca (que además me encanta por su fina portada roja) y hojeé rápidamente ese compendio intentando saciar este raro deseo matutino; encontré el título “La botella de plata”.  Que cuento más fascinante. Creo que toca las fibras infantiles que todos llevamos dentro y saca la música de la ternura. Cada palabra es económica pero cargada de sentido.

Resuelvo que  sin duda Capote tenía magia para escribir, lo que le faltó fue tacto para controlar esa turba de amigos con dinero que lo hicieron pedazos por contar intimidades fofas. “No, no, no hay que contar lo que hacemos en secreto” le interpeló uno de ellos. Desde ahí no pudo concluir Plegarias Atendidas, ese gran libro que prometía ser en busca del tiempo perdido versión Norteamérica.

Más bien el tiempo lo atrapó en ese retroceso humano que dio al sumergirse en el alcohol y en las drogas. Siempre he creído que para entender el final de una persona hay que comprender su principio. Y Capote escribía porque como Chejov, se había roto la nariz y no tenía otro lugar a donde ir.

Si nunca le dieron el premio Nobel de literatura a Capote, creo, fue, porque él mismo se lo entregó cuando escribió A Sangre Fría. Esa obra maestra de la literatura de No-ficción que aterrizó en millones de hogares estadounidenses, y que lo consagró como un maestro de las letras. Después del pato Donald, el presidente John F. Kennedy y Ernest Hemingway, Capote era el ser más fotografiado de Norteamérica. Sin duda un narcisismo que lo llevó a prescindir de agentes de marketing o asesores de imagen pública. 

Me emociono y busco una entrevista entre mis libros. Tengo esa vivisección que le hizo Gerald Clark pero no me atrae, prefiero la que le realizó Pati Hili para Writers at work / The París Review Interviews de George Plimton:

¿Cuándo empezó usted a escribir?

—Cuando tenía diez u once años y vivía cerca de Mobile. Tenía que ir a la ciudad todos los sábados, para ver al dentista, e ingresé en el Sunshine Club que había sido organizado por el Mobile Press Register.  El periódico tenía una página para niños que patrocinaba concursos literarios y de dibujo. Todos los sábados por la tarde había una fiesta con refrescos gratis.

El premio en el concurso de cuentos era un pony o un perro. Yo estaba loco por ganarme uno de los dos, ya no recuerdo cuál. Habia venido observando las actividades de algunos vecinos que no se traían nada bueno entre manos, y escribí una especie de “novela en clave” titulada Old Mr. Busybody y la sometí al concurso. La primera entrega fue publicada el domingo, bajo mi nombre verdadero: Truman Streckfus Persons. Sólo que alguien de repente se dio cuenta de que yo estaba presentando un escándalo local en forma de novela, y la segunda entrega nunca apareció. Naturalmente, no gané ningún premio.


Vaya granuja pensé. Pero era cierto. Su primer material literario se basaba en el uso de los sentidos básicos de ver y escuchar. La mera  observación y el contacto con las personas y las circunstancias era su herramienta para escribir.

En su familia no existía una clara tradición de escritores (a excepción de la correspondencia amorosa entre su padre Arch Persons y su madre Lilly Mae) o de artistas y ni siquiera había una biblioteca como tal, sino que él mismo escuchaba en su familia centenares de historias en las horas crepusculares que mediaban entre la cena y la cama.

Con tan solo 9 años de edad se encontraba tan lleno de imágenes, acciones, actitudes, palabras, gestos, que percibía de su familia, vecinos, amigos, que era necesario desahogarse de alguna manera. En las vacaciones de navidad y cuando realizaban fiestas, todos se acercaban a él sabiendo que les contaría historias interesantes. Pero sería con el descubrimiento de la lectura (o de los libros) que Truman daría un gran paso para definirse como lo que quería ser y fue: un gran escritor.

La mitad de la vida de Truman Capote está en sus libros, la otra mitad en las historias que se cuentan de su personalidad. Historias tan dispares como cómicas, como por ejemplo que en Italia lo confundieron por el hijo del presidente y que al llegar al norte de España desembarcó vestido de torero. El mero hecho de saber que el semblante físico de Truman era casi el de un pequeño niño, ya despierta un sentimiento de humor. Al final de su vida, se encontró una frase entre sus papeles que decía: “Y sólo escribí, la mitad de lo que vi…”

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