Un día sartreano

«Es un muchacho sin importancia colectiva, exactamente un individuo»

Louis Ferdinand Céline, L´Église


Es  medio día, estoy aburrido, mi esposa no está, no quiero cocinar y estoy hastiado de leer. Los perros de la vecina riegan la basura y les lanzo un pato de goma, pero no le pego a uno solo. Salen dispersos meneando la cola. El televisor está encendido y dice que encontraron los restos de lo que fue el avión MH-370 de Malaysia Airlines.  No lo creo. Los grandes misterios son sumamente interesantes y un hallazgo de este tipo infunde falsas esperanzas a los familiares de los muertos. ¡Es horrible! Luego el comentarista dice con una estúpida sonrisa en su cara que el magnate Donald Trump se la ha cargado de nuevo contra los hispanos. Pienso que ese maldito xenófobo no sabe que todos los norteamericanos, a excepción de los indios, son extranjeros. La historia los señala, ¿cómo es posible tanta insensatez con la memoria histórica? Como para no creer que los ancestros de los Trump venían en el Mayflower o en el Speedwell.

Este mismo tipo del telediario dice que una tal Juliana López está en China apresada por tráfico de drogas. ¡Bah!, las noticias no dicen nada nuevo, solo lo que la gente quiere escuchar o ver. En eso se parecen mucho a Steven Spielberg.  Soy muy viejo para caer en estas triquiñuelas mediáticas. Si el rojo es el color que incita a comer, el amarillo lleva a que la gente vea noticias sin reflexionar, solo reir, asentiro indignarse.

Estoy aburrido. Las ollas de la casa están amontonadas como si fueran un zigurat. En Twitter todo mundo escribe y nadie habla. Le he puesto un tweet a Alejandra Giraldo y no me contesta. Este día va de mierda. Necesito acción. Aparece un amigo que me pasa la biografía de Yoshua Okón, pero encuentro muy estúpido su performance ¿You Wanna Lick mi Asshole? ¿Quién diantres se pondría una uva congelada en la vagina? Me hastía. Tengo otros gustos en los cuales perder mi tiempo y ya es suficiente con Fernando Pertuz y su mermelada para el pan.

Mientras escribo, esos perros ahí fuera siguen ladrando. ¿Es que quieren ladrar todos juntos hasta tumbar mis paredes para ir a mi refrigeradora a comerse el pollo que no quiero preparar? Los azuzo con un periódico, así se les pega a las perras callejeras. Siguen ahí.  Necesito sacar todo lo que tengo adentro, que por supuesto, no es rabia contra esos canes, sino, esta náusea que no sé cómo se anidó allí. Por eso escribo, necesito vaciarla, tirarla como las cosa inservibles. No es necesario preguntar cómo es, cómo funciona o qué hace, es suficiente con saber que cuando viene a la mente humana, hace que el arco iris mental se presente en tonalidades grises. Ya se imaginan. Aunque espero que no.

Lo que parece ayudarme en esta tristeza rizomática es ver el perfil de Instagram de Luna Monelle. Caray, que poesía, que mujer, me gustaría estar en Estambul con ella viendo un atardecer árabe. Así, las historias de cómo comenzó el mundo serían plutónicas, es decir, de fin del universo. La mademoiselle tiene un esposo también escritor, y no es que me caiga mal, es que este tío tiene una cara tan familiar que parece que fuese su primo. La vida siempre será así, distribuirá mal la riqueza entre los pobres. Deben de estar disfrutando en Japón de la belleza de la sombra. De la opacidad, del clima mustio.

Yo mientras tanto sigo en casa buscándole un sentido a esta prórroga de tiempo. Entro a la web y sé exactamente qué es lo que voy a hacer. Busco una plataforma de chat y me pongo por sobrenombre René Quintero. ¿Por qué tal nombre? Mire, hay preguntas que nunca tendrán respuesta, el nombre me suena más a zapatero que a intelectual. En realidad es un nombre que no dice nada, pero con el que puedo hablar con otras personas a través de cables y pantallas, las cosas que yo quiero. Inmediatamente comienza el diálogo. Nadie puede ver el rostro de nadie y eso me parece igualdad, porque estamos acostumbrados a juzgarnos por la cara y la ropa. En Occidente es así. Es mejor estar seguros detrás de una pantalla. Allá el mundo real no tiene cables sino prejuicios. Prejuicios que son cables rotos. No puedo decirlo mejor. La poesía no me falla cuando hablo de ellos, de los que viven entre nosotros, pero no son de nosotros.

Hablo, escribo, recibo mensajes internos. Encuentro por fin alguien que le gusta Kafka. Lee la correspondencia más pésima: «Cartas al padre». Me duele el estómago. El viejo Hermann era muy autoritario. Estoy seguro de que si hubiese leído esa carta, hubiera apuñeteado a su hijo hasta reventarlo. La mamá fue sensata al esconder la carta. Lo importante es la honestidad. Yo también reprobaba lo que mi padre hacía, después supe que la vida le da a cada uno lo que se merece y nadie saldrá de acá vivo. Creo que es necesario dejar de meternos en la vida de otros. Eso es propio de las religiones. La literatura no tiene ese poder. En realidad no tiene ningún poder, he ahí su atractivo y su debilidad. El amigo que lee Kafka también le gusta la poesía de Eduardo Lizalde. No me hago el intelectual. Desconozco quién será ese hombre. Desde que leí hace años en la universidad la «Docta Ignorancia» siempre me he declarado ignorante, Nicolás Cusano.  

Aún no llega mi esposa y  en la televisión siguen hablando de dólares, capturados y aviones. ¡Ah!, también de la marcha gay en Israel y otras puñaladas. El día casi termina y no sé cómo pueda resumirlo. Ya experimenté muchas cosas hoy, solo quiero cerrar mis ojos y dejar que un pajarito me hable. Suspiro. Intento cerrar la computadora, pero antes miro por la ventana  y suben y bajan muchas personas por esta calle como si fuesen hormigas. Supongo que se mueven porque desean algo, de otra manera serían unos profanos sacrílegos del reposo humano. ¡Ah!, de ese buen reposo adánico. Por momento me entra ganas de gritarle algo a alguien por mi ventana, pero únicamente la abro para constatar que una casa del barrio al frente se quema. Me quedo impasible. Entro de nuevo a casa, pongo una canción que me gusta mucho. No la canto porque si no sé hablar bien castellano, mucho menos inglés. Me siento bien. Dejo que se consuma este día, esos pensamientos y esa casa. Mañana será otro día.

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