De libros y books

“Ante ciertos libros, uno se pregunta: ¿Quién los leerá? Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿Qué leerán? Y al fin, libros y personas se encuentran”.
André Gide


En esas pausas que hago para sobarme la frente y cerrar los ojos por el cansancio, no dejo de observar la colección de libros que decoran mi escritorio.  Es una imagen multicolor que me trae descanso, mientras me dejo llevar por un buen ritmo mental o instrumental.  Todos esos libros están allí puestos como si fuesen una obra de arte de Pollock, porque ni el orden ni la taxonomía importan, ya que una biblioteca bien arreglada es tan sospechosa como una peluquería barrida.

Me dejo envolver por esa multitud de colores y formas puestas unas sobre otras como si fuesen truchas apiladas en una red.  Son pedazos de conocimiento silencioso, puestos ahí a la espera de una curiosidad virgen y aristotélica que abra una página, sobe la portada, o huela su interior. Al mirar detenidamente mi biblioteca, mientras disfruto de mi pausa, me abstraigo de tal manera que no puedo dejar de pensar en el nacimiento de cada libro, es decir, del dónde y el cómo fueron adquiridos en un determinado momento de la historia. Y traigo a la memoria que algunos fueron comprados en regiones tan alejadas como el sur de Chile, otros en la serranía más alta del Perú y otros los tengo gracias a buenos amigos venezolanos, mexicanos y de otras latitudes.

Como toda iniciación filosófica no dejo de arrobarme frente a este gran muro de conocimiento que yo mismo he ayudado a construir con el pasar del tiempo y gracias a los miles de kilómetros de viaje por Latinoamérica. Aunque estoy orgulloso de ello, huelga la aclaración de que tener libros no es sinónimo de conocimiento, igual que en inglés es diferente en significado de Home y House. Cada libro es un ladrillo y cada uno debe construir de la mejor manera y según su tema. Entre otras cosas siempre me ha sorprendido que las personas construyan diferentes casas con los mismos materiales. A eso le llamo el Cognoscente Policromático,  dos necias palabras mías que no hay que buscar neciamente en los diccionarios. Luego de esto surge la pregunta que me trae de vuelta a mi espacio ¿Tengo una buena colección o son libros apilados al azar con una temática desparpajada? No sabría qué clasificación asignarle, porque el orden es hijo de la reflexión, y la temática (sea científica, literaria, filosófica, histórica, etc) proviene de un espíritu rector.

Hoy en día se trata de esto, de coleccionar libros físicos frente a la opción de conseguirlos (y en abundancia) en formato digital, PDF, Epub, Mobi, lo que sea. Este dilema es como estar frente al bosque frostiano de los dos caminos; es la lucha maniqueísta no entre el bien y el mal, sino entre lo clásico y lo supermoderno. Hay quienes prefieren el formato de papel por la exquisitez de su cuerpo, además de disfrutar los pie de páginas que complementan el texto, subrayen las márgenes y otros vicios literarios íntimos; pero lo digital, dirían los lectores modernos, permiten hacer búsquedas instantáneas para hacer investigaciones, sin contar con la súper comodidad de tener una gran biblioteca tan sólo en un pequeño dispositivo. Sí y no.

En mi opinión, lo ideal sería un poco de esto y de aquello. Al final se trata de tener libros sin perder la relación con ellos y de adquirir conocimientos sin llegar a ser anti-ludita, ya que la tecnología llegó como un complemento, más no como una prótesis cultural.  ¿Qué pensaría Zénodoto de Éfeso de tal evolución en el arte de compilar libros y leer en las computadoras? No me llegó a imaginar la reacción. Pero si imagino el disfrute de miles de personas con los libros portables, leer en el papel pixel, tener bibliotecas enteras, cosa imposible, si hablamos de espacios físicos llenos de libros de papel.

En fin, en mi estante a primera impresión visual puedo ver los Aforismos de Galeno, La Importancia de vivir, de Lin Yu Tang, una colección de cuentos Búlgaros, y un magistral libro de Tiziano Terzani Cartas contra la Guerra. En otra ala veo La Historia de los Animales de Claudio Eliano, Los cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer, Chulapos Mambo de Juan Carlos Méndez; y en la parte alta está El cine de Goebbels de Rafael de España, A Orillas del río Kwai de Ernest Gordon y Tanit de Ramón J. Sender.

En otra pausa reflexiva (¿doble lapsus?) me pregunto: ¿para qué tantos buenos libros allí puestos? Y sin caer en un dilema al estilo de Wittgenstein al pensar que la solución está en la pregunta formulada, sólo puedo decir que la respuesta está en la historia del pueblo que entendía mucho de lo divino, tanto, que creían que al ver a Dios debían morir. De igual manera, pensé por mucho tiempo que leer todos y cada uno de esos libros era morir y por lo tanto estuvieron (y están) ahí como si fueran fetiches religiosos que adorar.

Pero me equivoqué, porque si el conocimiento es un dios, los libros son sus sacerdotes. Es necesario relacionarnos con ellos como un “cantus firmus” ya que en esta “communio” todos están concatenados por el hilo invisible y espiritual de las palabras. No puedo dejar de abrir Las Confesiones de Rousseau, sin que este libro me lleve a El Individuo contra el Estado de Herbert Spencer; o tomar Duplicaciones de Enrique Jaramillo Levi sin que deje de leer a Pablo Palacio.  Y así viene el sacrilegio de mis propios estantes, portadores de memorias, vidas, historia sin comillas y filosofía sin retoque.

Concluyo que en la lectura se iguala lo diferente, porque si el libro necesita ser leído, la ignorancia necesita ser aclarada con las luces del conocimiento. Por eso en la igualdad y en la unidad hay inteligencia. Ni el libro ni el lector serán los mismos después de tal acto reciproco. El libro quedará ajado, y el lector quedará anonadado.  Es casi el acto socrático, que en un sentido hermoso, tenía el poder de igualar lo diverso. Un libro es un espejo. Ni menos, ni más. Si un mono se mira en él, el reflejo no podrá ser un apóstol.  Leer es vivir el primer principio de la Metafísica de Aristóteles: “Todos, por naturaleza desean conocer”. Es cierto. Pero conocer es abrir una puerta cerrada, es llegar al fondo de uno mismo y de las cosas.

2 comentarios sobre “De libros y books

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  1. Compartimos las mismas percepciones y sentimientos frente a los libros… salvo en que discrepo de la idea de «una biblioteca bien arreglada es tan sospechosa como una peluquería barrida», pero es más una cuestión mía, de orden y tranquilidad visual, más que de la ubicación en sí misma de los libros, y por un par de episodios vividos, a la larga también una medida de seguridad para identificar cuando un libro ha sido «hurtado» o «sacado ilegalmente» de su santuario (biblioteca).

    La exquisitez del libro en papel sigue siendo innegable. El libro electrónico progresivamente reemplaza al libro en papel; probablemente no en todos los «tipos de libros», pero eso es algo que la realidad cotidiana muestra. Tal vez con los libros en papel nos ocurrirá lo mismo que ocurre con los discos en acetato; con el tiempo se convertirán en obras de culto, en joyas, reliquias raras que vale la pena cuidar y que irán cobrando valor.

    Los libros son un recordatorio de un viaje que hicimos, yendo la página uno hasta la página final. También hay libros que no merecen ser atendidos hasta el final… y en ese orden de ideas, tampoco se ganan su lugar en el estante…

    Me encantó tu reflexión. Excelente entrada.

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