El monumental suicidio de Hemingway

“Es necesario alcanzar, al escribir, una cuarta y una quinta dimensión”
De su obra, “Verdes colinas de África”


En su último momento, la noche anterior a su muerte, Ernest Hemingway quien había cantado con Mary Welsh una bella canción italiana, y cuando sin sueño rondaba por su casa a eso de las 7 am, sacó del armario su bata favorita llamada “La túnica del emperador” (quizá recordando las palabras de Cleopatra en Shakespeare, justo antes de que el áspid muerda su corazón: «Dadme mi bata; ponedme mi corona; tengo anhelos inmortales en mí.»),y también su escopeta Richardson plateada de dos cañones calibre 12 y se disparó en la cabeza.

Así sería el monumental suicidio de uno de los escritores más grandes del siglo XX, que dejaría al mundo perplejo y desconcertado, no sin antes convencernos, por medio de sus personajes literarios y entre sus muchas obras, que esta vida era enteramente juventud y que solo en ella podría encontrarse la pureza, sin importar si el hombre se desgasta o no en esa lid.

De ahí sus toreros, cazadores, soldados, deportistas, contrabandistas, revolucionarios, y otros, quienes no eran nada más que él mismo, ya que la idea de ser fuerte y valiente ante cualquier circunstancia es clara a partir de una cita que solía parafrasear de Pablo de Tarso: «Un hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido, pero nunca derrotado

Pero la verdad es que Hemingway se aburrió de vivir. Se cansó de soportar la existencia a la que fue arrojado en 1899, hasta que, en 1961, como un animal de presa acorralado, apuntó sus propios cañones y se entregó a un suicidio pasivo y resignado, igual que el viejo Sócrates en Atenas. Murió como había vivido: en forma vertiginosa y extraña. Sin embargo, su muerte no constituyó el fin, porque la vida solo puede ser interrumpida, nunca destruida. Aquel final tan silencioso, tan místico, tan rápido, en realidad fue un cumplimiento de gratitud extrema por lo vivido. El colombiano Gabriel García Márquez, que solo pudo ver a Papá Hemingway (como lo llamaban cariñosamente) una ocasión en París, sintió profundamente el fallecimiento cuando reportó: 

«El escritor de 62 años, que en la pasada primavera estuvo dos veces en el hospital tratándose una enfermedad de viejo, fue hallado muerto en su habitación con la cabeza destrozada por una bala de escopeta de matar tigres. En favor de la hipótesis de suicidio hay un argumento técnico: su experiencia en el manejo de las armas descarta la posibilidad de un accidente.

En contra, hay un solo argumento literario: Hemingway no parecía pertenecer a la raza de los hombres que se suicidan. En sus cuentos y novelas, el suicidio era una cobardía, y sus personajes eran heroicos solamente en función de su temeridad y su valor físico. Pero, de todos modos, el enigma de la muerte de Hemingway es puramente circunstancial, porque esta vez las cosas ocurrieron al derecho: el escritor murió como el más corriente de sus personajes, y principalmente para sus propios personajes.»

Por mucho tiempo se creyó que el suceso era un mero accidente, pero el enigma de la muerte (como llamaba Gabo al hecho) fue desvelado 5 años después cuando Mary Welsh, su última esposa, confesó en una entrevista a la escritora Oriana Fallaci, que realmente había sido un suicidio limpio. Y la verdad, no pudo ser de otra forma. Hemingway gastó todas sus balas en vida y preservó una para su final.

Sin embargo, algunos intentaron encontrar la culpa de este suicidio en la figura del presidente John F. Kennedy, ya que desde la Casa Blanca le solicitan al novelista componer un párrafo para saludar al nuevo mandatario. Hemingway trabaja dos semanas enteras para lograr solo tres frases que no sirven para nada. Desde ahí, el escritor entiende que si no puede escribir está totalmente perdido, y su vida empieza un retroceso no solo físico-moral, sino intelectual y espiritual.

La felicidad, a decir verdad, era algo extraño en él, como siempre lo ha sido para la gente inteligente. En su mundo literario aparece la decadencia social dentro de la sociedad burguesa (Fiesta), la derrota del individuo que es manejado como una hormiga en las grandes partidas de ajedrez de la guerra (Adiós a las armas), la fe obstinada del hombre en su propia fuerza solitaria (El viejo y el mar). Son estos temas sus constantes en la interpretación de la existencia, y por eso vemos a un novelista que nunca quiso salir de su propio mundo y que envejeció a la par con sus personajes, porque su vida y su obra fueron una sola ópera.

Hemingway, sin duda, fue un muchacho que se tornó viejo sin darse cuenta. Siempre fue un espíritu libre, rebelde, buen profesional, pionero, vendedor, un turista de la vida en lo personal y un periodista y escritor en lo vocacional. En lo existencial encontraría entre los hombres la crueldad y la ferocidad; el instinto de poder, la vanidad, y los dilemas de la complejidad humana. Elementos sin los cuales no pudo haber llegado a escribir ninguna de sus obras maestras.

Indudablemente Ernest Hemingway fue y es un dogma literario. Como dijo alguna vez Ítalo Calvino: «…este es un hijo de las contradicciones de su época: rebelde y acusador por un lado y por el otro, sin fe en el futuro.» ¿Cuántas cosas guardó en su interior? Es esta una pregunta sin respuesta, aunque se sabe ciertamente que su vida fue un marcado proceso de existir y experimentar con todo.

El final que delimitó su aventura humana dejó muchos interrogantes, no tanto por su muerte en sí, sino por el hecho de que Hemingway haya terminado como lo haría un personaje cualquiera de sus novelas. Y una vez muerto, y frente a un nuevo siglo, siguen dudas razonables, como: ¿Qué significa ahora releer a Hemingway? o como afirmó Giuseppe Travesani, uno de sus biógrafos más respetados: «¿Qué significarán mañana sus libros para los lectores que, respecto de la leyenda del escritor, ya saben cómo termina su novela personal?»

Tras la muerte de Hemingway, su amiga Marlene Dietrich, a quien conoció a través del actor norteamericano Gary Cooper, dijo: «Quizá este mundo le quedaba muy pequeño para lo grande que era él.» Pero el testimonio más revelador se presenta cuando el mismo Hemingway telefonea a Fernanda Pivano, su amiga y traductora italiana y a modo de canto de cisne le confiesa: «Yo no puedo beber más, no puedo comer, no puedo ir a cazar, no puedo hacer el amor. No puedo escribir más.»

En Cuba, hasta el día de hoy, no aceptan la pérdida de uno de sus ciudadanos más ilustres, gracias a la audacia y la sagacidad que tuvo el novelista para burlar la muerte en cinco continentes y sobrevivir a tantos accidentes mortales. Aunque, por otro lado, los cubanos más moderados afirman haber visto su fantasma en Cojímar pidiendo un daiquirí en el bar “La Terraza”. Allí, en el Caribe, comentaban igualmente que tenía siete vidas igual que su gato favorito Bossie. Sea como fuese, Papá Hemingway se despachó en una mañana de julio, lleno de gloria, fama, y embriagado de vida.

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