Los marginales: el barbado

Nunca supe porque razón llamaban a Juan Carlos, el barbado. Bueno, la verdad no me dediqué a investigar una tontería así. Donde uno vive, no sé si por pereza o por esa manía de molestar a los otros, simplemente lo llaman a uno por un apodo. La otra vez, antes de que me cuestionara sobre lo de Juan Carlos, llegó al barrio un joven moreno, delgado y con un carácter muy alegre. Inmediatamente lo llamaron “Yerbita”. Qué porque ese sobrenombre. No me lo pregunte. Pues ni lo del Barbado he podido solucionar. Simplemente así es en los barrios. Todo es falso, así como todo es oculto. Nadie debe culpar a los pobres por ello. Los ricos también tienen sus convenciones y sus secretos. Los suburbios son como el vientre del pez que se tragó a Jonás. La diferencia es que este pez no vomita a nadie, todo mundo sale por detrás. Usted sabe, por detrás. No hay mucha explicación para ello. Como la otra vez que la señora Juliana, la mamá del “Lagarto” vio como un helicóptero del ejército descendió a una zona despejada del sector de donde se bajaron soldados. La señora gritaba desesperada: “¡ay!, la bestia, la bestia está haciendo popo, mira como saca sus excrementos, ¡ay!.” Y corría como una loca buscando donde esconderse.

Todos los que estábamos en ese parque mirándola nos descocimos de la risa. Menos mal no estaba el “Lagarto” sino se hubiese armado una buena. En los barrios periféricos una persona no se siente ofendida si le dicen pobre, o rata, lo que los transforma de hombre a bestia es que insulten a la mama. Vaya si allí sufren de mamalatría. Se cumple ese dicho que dice que cuando se sabe que adora un hombre, se sabe que puede matarlo. Así que disfrutamos a nuestras anchas la reacción de la señora Juliana, claro, hasta que los soldados nos pusieron contra la pared, nos abrieron las piernas como si fueran ginecólogos o urólogos y nos tomaron fotos faciales, después de que llamaran por una radio, con cedula en mano, indagando antecedentes. Nos costó caro el chiste, hubiese sido mejor, habernos hecho los locos como la señora Juliana. Y no es por decir lo que no es, pero los que vivimos por estos lugares conservamos una inocencia en muchas cosas. La gente del centro o del norte piensa que todos somos ladrones, que nuestras casas están llenas de cucarachas, y la verdad todo eso es falso. Dentro de los pobres también hay jerarquías o clases, igual como entre los ricos. Hay pobres pobres y pobres ricos. Ah y también aquellos que no tienen ni siquiera una pobreza a que aferrarse. Esos son los que viven entre paréntesis, los sin rostro y los que la historia no puede hablar porque no tienen nombre. Pero que todos que están ahí, como las garzas encima de la vaca. En fin.

De lo que si estamos llenos y es de lo que nos sentimos orgullosos es de nuestras historias y experiencias. Cada familia, cada tatuaje, así como cada cicatriz corporal tiene una historia; por eso todo el barrio con sus cuatro mil habitantes viene a ser como una cicatriz social. Y no soy duro, eso lo dijo un antropólogo, esos que caminan por ahí con mochila de lana y cuaderno en la mano estudiando culturas. Es tan ridículo eso, como si pudieran meter una persona a un frasco para examinarlo y sacar conclusiones generales. Lo que sea. Solo observan a los marginales y no se fija en esa otra clase alta que obtiene las cosas de una manera diferente. Allá también roban, solo que con clase. O para hablar honestamente, si los ricos se ganan el pan con el sudor de su frente, se lo ganan hecho. Nosotros nos ganamos la harina por un lado, la leche por otra, la levadura y los huevos. Todo por separado, luego el proceso de amasado, horneado y al final, si no se quema, podemos comer el pan con el sudor de nuestra esfuerzo. Es diferente. Y nada de poesía, no. Es la realidad, el presidente, usted y yo sabemos que es así y punto. El hambre no se puede acabar porque entonces empiezan los problemas. Pero ya está. Bastante sabe esta ciudad de ricos, psicópatas, antropólogos y malos gobernantes.

El pensamiento en el que me ensimisme, pero que me fui por otras trochas, fue el de preguntar porque a Juan Carlos lo llamaban el barbado; y si, es cierto, tenía una barba brillante y cuidada como la de Mahoma. Si me hubieran preguntado cómo en algún tipo de concurso de esos de la televisión, que nombre le pondría a Juan Carlos en vez de barbado, de seguro lo llamaría “jugo de papaya”. Qué por qué así, bueno, simplemente siempre que se lo busca en su casa, está tomando un endiablado jugo de papaya. Algunos dicen que ayudan a la buena digestión, que tiene propiedades laxantes y también que tonifica la piel. Pero ¿para qué tanto se cuida Juan Carlos? Y me pregunto, porque si sale a robar un banco, con un par de tiros le pueden quitar esa manía de tomar jugo de papaya.

Y es que desde que se volvió jefe del barrio nadie sabe porque hace ciertas cosas. Antes era un buen hombre, tenía una pequeña empresa de pantalones Jeans y distribuía para buena parte de la ciudad. Pero de un momento a otro le gustaron las cosas fáciles. ¿Y cuáles son estas? Pues la de tomar jugo de papaya cada día sin que uno sepa cómo se gana el dinero sin hacer nada más. Algunos dicen que roba bancos, otros que se ha vuelto un empresario de la papaya y los que no conocen nada pero opinan, dicen que tiene una mujer que le da dinero para sustentarse. Y esto último suena lógico, a Mahoma no lo financiaba Alá, sino una mujer rica.

Yo no me atrevo a preguntarle. Porque se ha hecho de unos amigos, que cuando las vecinas ven ese trio, se persignan como si vieran a un diablo en tres personas. El barbado, el gusano y el vigilante son un terno no musical, sino delictivo. Ya la gente sabía que del gusano y el vigilante no podía salir nada bueno. Esos dos eran hijos de viudas. Hicieron de su voluntad su propia ley. Fueron existencialistas sin saberlo. Pero con todo, al hacer grupo con el barbado sembraron el terror en el barrio. Contar lo que hicieron sería de más. Una vez más, y lo confieso, lo primero que se me venía a la mente al verlos era, ¿Los tres tomarán jugo de papaya? Y así termine creyendo que la papaya ejercía algún poder sobre la voluntad humana. Desde que Juan Carlos empezó a tomarla, cambio. Yo la he empezado tomar en demasía pero he ido al baño por lo menos dos días seguidos. Ya no aguanto mi estómago. Odio este líquido color naranja. Creo que lo que el trio del barbado, el gusano y el vigilante tienen son pensamientos de cangrejo, que también son color naranja. Por eso sus vidas están al revés. Yo también estoy al revés, pero de una manera diferente, ya que soy como una tortuga con los pies hacia arriba. Estoy al revés porque soy indefenso. Ahora que lo pienso bien, las tortugas no comen papaya.

 

 

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