¿Por qué no inventamos nuevas palabras?

«Tenemos la sensación de que incluso cuando se haya dado respuesta

a todas las cuestiones científicas posibles,

los problemas de la vida quedan por completo sin tocar.

(Tractatus 6.52-6.521).

Sólo donde hay duda habrá preguntas. Y así comienza la cuestión ¿por qué no inventamos nuevas palabras? ¿Hay descripciones para todas las emociones, acciones y pensamientos? O ¿Acaso todas las experiencias son uniformes y por eso para cada acción, pasividad o accidente hay una palabra ya preconfigurada?

No parece tan fácil entrar a desvelar un asunto así. Es como entrar al inmensísimo laberinto de las palabras sin un GPS, a riesgo de disolverse uno para siempre en los significados, como le sucedió a Nietzsche por ejemplo. Pero un punto de partida es una referencia estable, y primero hay que desligarnos de la idea de que la Real Academia de la Lengua Española regula nuestro léxico y el significado de las palabras. El lenguaje nunca ha sido ni será privado. Esa institución histórica, es fruto los hombres que han querido trabajar en un espíritu sistemático para intentar comprender las palabras y sus significados. No minimizo el esfuerzo, pero la crítica recae sobre el dogma lingüístico que se ha formado. Así las palabras que no son invenciones sino desarrollo y modificaciones graduales, se han fijado para enseñar a traducir al hombre sus experiencias. ¿Pero ya todo tiene un nombre? o está la humanidad en una crisis de insuficiencia idiomática.

Las palabras son el vestido de la realidad y cada vestido es diferente para cada ocasión. Y por eso es sospechoso que dos personas que se golpean el dedo con un martillo exclamen: ¡Ay!. o dos personas impresionadas diga: ¡Wao! O ¡Uff!. Es obvio que solo registró sonidos onomatopéyicos, e ignoro estos mismos sonidos en otras lenguas, empero Ernst Cassirer agrega que “Los sonidos del lenguaje se esfuerzan por “expresar” el acontecer subjetivo y objetivo, el mundo “interno” y “externo”; pero lo que retienen no es la vida y la plenitud individual de la existencia misma, sino tan solo su abreviatura muerta”. Es decir la mejor forma de representar y signar las realidades físicas o metafísicas, es inadecuada o insuficiente. Porque se nombran las cosas, no tal como el espíritu la interpreta, sino como está dada por un léxico históricamente formado.

El lenguaje que debería ser un proceso de algoritmos, ahora se desmantela como una conclusión previamente aprendida. Así el hombre se vuelve un intérprete de significados vacíos frente a la multiplicidad y totalidad de la experiencia interna y externa. El ser queda al arbitrio de la representación que el lenguaje le sugiere. Así el hombre vive con los objetos y los pensamientos tal como los signos se lo presenta y lo único que puede preguntarse es ¿cómo ha llegado a suceder que el lenguaje adquirido no sea la vía adecuada para expresar su existencia o relación con las cosas?

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