El lugar donde se esconde la belleza

“No basta con conocer a la gente;  es fundamental saber descifrar también sus relaciones. Ellas también disimulan, se disfrazan, se cierran herméticamente. Sólo conocerás a un individuo cuando seas capaz de verlo inmerso en la red  de sus múltiples relaciones”
Arthur Schnitzler


Algunos le dicen pintor, otros simplemente lo llaman por su nombre propio. Al pintor no le molesta porque su nombre y su vocación son una y la misma cosa. En la ciudad lo conocen como el artista indigenista, o simplemente como el indigenista. Sus vecinos viven en el centro de la ciudad. De allí proceden todos los que hacen eventos con galletas untadas de queso de cabra, paté de aceitunas, champan, vino  y hablan de arte, política o del prójimo. Al pintor de los cuerpos naturales nada le extraña. Creció entre ellos, pero sin ser uno de ellos. Se inspira sin ellos y pone sus oleos y acuarelas a su disposición para ser adquiridos por ellos. Tienen dinero, compran el arte para decorar sus oficinas, pasillos o salas espaciosas. Las personas tienen este tipo de gustos. ¿Qué sería un hombre o una mujer sin arte en su casa? Un hombre en su totalidad. Compran arte como un accesorio complementario del gusto.

Pero quienes tienen ojos de artista ven la belleza en todas partes. Y el pintor lo sabe. Le gusta ir a las afueras de la ciudad a introducir aire fresco a su cerebro y a su creatividad. Se da su lugar. Huye de las personas que para conservar un lugar necesitan elogiar la vanidad del prójimo. Al pintor le fastidia los saludos adjetivados: “Cómo le va ingeniero; muy bien licenciado; Qué gusto verlo de nuevo abogado; igualmente arquitecto”. Tanta pomposidad le hace amar el silencio de la naturaleza. En la antigüedad esos saludos solo los usaban los criados y los soberanos. El juego de las identificaciones ilustres es un estereotipo de las personas que miran en la perspectiva de arriba abajo. Es gente que se entrega a ello en público como si obedecieran a un concepto romántico de sus personajes.

El pintor observa con mirada aguda estas actuaciones. Por eso no pinta nunca nada que refleje la sociedad moderna. La considera decadente. Pintar gordos nunca hablará de nadie ni de nada. Pintar caballos no significa poder o tradición. Las piedras que plasma por medio de sus oleos son eso, piedras, no semillas. En sus creaciones fluyen los ríos, los paisajes, las aves, las plantas, ya que su temática se centra en el hombre natural, no el hombre bueno como el que idealizó Rousseau, que luego desbarató en sus confesiones de sobremesa, sino el hombre místico, que se sincroniza cada día con el cosmos para cumplir un ciclo existencial. El aborigen con sus rasgos y su lenguaje propio; el autóctono que refriega la pintura en su cuerpo como un homenaje ancestral; el que se oculta en la sombra de una parra o una hoja de plátano llena de savia; el que toca con una mano un pájaro y sopla al viento para aumentar el volumen del aire. Aquellos que sin importar las miradas, corren como libres, aman como únicos, trabajan como predestinados y se comportan mejor que los observados.

El pintor está lleno de estas impresiones. Le aburrió la ciudad, por eso compró una tierra en la Florida para desaparecer como los niños invisibles en el armario de mama. Su casa no es una edificación, es un espacio donde cabe él y su inspiración. Allí están las cosas puestas y al preguntar el porqué de tal cosa en tal lugar hay que descifrarlo todo con la paciencia de un santo. Hay piedras redondas que sostienen techos; esculturas de yeso que emulan hombres fragmentados; una chimenea que parece una gran nariz que se levanta en dirección al cielo. Un baño estilo romano, de esos donde dice Séneca ganaba las batallas previamente Escipión el africano. Y así el pintor se ha apropiado de las cosas antes que de los objetos. Las cosas son esencias, los objetos son materia. Igual que el cuerpo y el espíritu, solo que el pintor es el demiurgo que al componer crea. Ese es el toque. Plasma lo que ve su espíritu. Y para poder ver, primero cree y para creer primero siente y para sentir, primero vive, y para vivir, primero es libre.

Toma un pedazo de nada, un lienzo de tres por dos. Antes de transgredirlo con el lenguaje multicolor de las cosas, se sienta, mira una vieja foto donde hay dos personas sonriendo. Llevan flores y están subiéndose a una chiva. Parecen felices, se ven jóvenes. Él la mira, llora un poco y luego seca su rostro y toma los pinceles. Sabe que el tiempo y el hombre no son amigos. El uno lucha contra el otro. El hombre intenta usar bien ese don otorgado; el tiempo intenta arrebatar la prórroga existencial concedida. Es una lucha a muerte. Quien gana no es el que da la estocada final, sino quien se realiza. Por eso el pintor es sabio, toma ese tiempo y lo transforma. No puede violar las leyes naturales, pero si las puede usar para su beneficio.

Da un primer pincelazo y nada parece decir aquella línea, luego un trazo más; da un giro como si estuviera parado en una plataforma donde se tornea la madera, y luego suelta un círculo. Lanza un grito de guerra, zapatea y nadie lanza un grito de prejuicio en su contra porque las cosas lo rodean con un silencio precioso. Su meta es ser el espejo entre la gente que mira y los objetos que se dejan observar. Se deja caer en las profundidades de la belleza. Coquetear con la periferia le da nausea. Para ver mejor hay que acercarse más y pocos son los que quieren ver. En el borde hay imitación, en la profundidad creación. Lo que proviene de otros es solo el cascarón de un huevo. La originalidad del pintor proviene de la semilla, no de la tierra. La semilla es individual, la tierra es un bloque general, casi que rayando en lo abstracto. Danza entorno al óleo, en torno al olor del campo, en torno a la imagen de la cual no podrá desprenderse jamás. Lo ha visto todo, pero al crear no ha visto nada, es su genio el que lo ha visto y es su cuerpo el que intentará recuperar esa forma en los trazos, las líneas, los contornos, las sombras, los matices.

En la ciudad, la gente espera por el arte del pintor, como esperan en sol en la mañana. Es decir, saben que algo nuevo viene pero no se asombran. El arte en la sociedad,  está ya, por así decirlo, deformado por zapatos demasiado estrechos. Todo es una copia de la copia como los manuscritos griegos hechos de cueros y papiros reconstruidos. Cuando el pintor regresa a la urbe es como si sacaran la semilla de la tierra. Llega para recibir calor, humedad y luz artificial.  Sus obras en el lienzo de tres por dos y de cuatro por tres están llenas de vida no como una obra de arte, sino como una constelación muy lejana.  La gente que le rodea en la ciudad, al ver el trabajo la aprecian con su sabiduría gris, ignorando que el pintor ha trabajado con una mirada multicolor, ha sudado formas. Detrás de la composición de la pintura se ocultan grandes visiones. Nada está puesto sin sentido. Sus compradores ven todo con el olfato: juzgan la obra por el olor aceitoso del óleo. Pero el contenido de la obra es inodoro. No puede olerse, tampoco sentirse, porque la pintura es un lenguaje de segunda mano. La gente compra experiencias hechas color. Nada había en Van Gogh que no fuera él mismo, su pasado y su presente. Goethe se perdió en los colores.

La gente rara vez baja de las frías cumbres de la tontería, a los verdes valles de la realidad.  Lo eterno, lo importante, está cubierto con frecuencia con un velo impenetrable. Sabe que allá abajo en el trabajo del pintor hay algo, pero no lo ve. Compran obras de arte con la misma facilidad con que creen en supersticiones. Nadie puede comprar la belleza, de la misma manera que nadie puede comprar un sombrero y ponérselo por mí.

El pintor, que es conocido en la ciudad como el pintor indigenista, o simplemente el pintor, sabe que la única forma de unir a los hombres, es pintar una visión, porque nadie quiere que el otro mire dentro del otro, dado que no es bello lo que allí se muestra. La gente se avergüenza de lo que hay en su interior en su espacio personal, es decir en su casa, nunca delante de otros hombres. Por eso prefieren la pintura al trato humano. Y el pintor con una casualidad certera, lleva siempre una foto en su bolsillo, una que mira antes de depositarse al fondo de la inspiración pictórica, porque siempre ha preferido el trato con el otro, porque nunca podría ser un superhombre o un subhombre. Vive al mismo nivel porque es un hombre hecho por todos los hombres. El indigenista sabe que un hombre disociado de otros, simplemente es un hombre que vive en la superficie, un concepto, una imagen.

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