Perú, un paraíso, aunque la historia no sea justa

Cuando estuve en las entrañas de Perú, o sea por el Valle de Apurímac, y los lugares intermedios entre Huancayo y Huancavelica, pude apreciar que la influencia de algunas facciones del grupo guerrillero Sendero Luminoso, no opacaban la belleza natural que conserva esta parte del país. Belleza que está en su gente, en su geografía e idiosincrasia.

Lugares tan preciosos, que hacen entender claramente los Cuentos Andinos de Enrique López Albújar, o las novelas de José María Arguedas, Flora Tristán, Ciro Alegría o no tan lejos, las producciones de Vargas Llosa. Un paraíso casi virgen. Por eso los europeos, especialmente los holandeses aman esta tierra, aprecian las montañas multicolores (literalmente) que decoran la imponente cordillera de los Andes.

Igualmente los hombres de mil espaldas, o sea los trabajadores, los dueños de todo esto, tienen una unión mística con la tierra. Son parte de ésta, de la misma manera como la semilla se une con la tierra preñada de sol, sangre, sudor y lodo. Aquí tierra y hombre significan algo. El amor a la pashamama es más que un término, es una forma de vivir cada día.

La guerra, no tiene lugar entre los hijos del sol que viven el centro del Perú. La ética del trabajo está marcada en sus genes y no proviene de una idea social o religiosa preconcebida. Los conflictos en los que se ven envueltos siempre son externos a sus intereses.  Así entonces la guerra en Perú, que no tiene tanto eco como en Colombia, por ejemplo, tiene otras connotaciones. No es una lucha con fines ideológicos, sino una lucha por apropiarse de territorios para procesar cocaína, movilizarla y exportarla por aire o tierra.

Los militares saben eso, pero le temen a los grupos guerrilleros, por cuanto las formas de asesinato rebasan la crueldad, y las famosas “coimas militares” están listas para comprar permisos. Las personas que viven en la sierra peruana, lastimosamente resultan involucrados en estos litigios entre el gobierno, su política de guerra y los grupos al margen de la ley.

Los campesinos originarios de estos lugares, se debatían en el pasado entre ayudar al ejército nacional del Perú o a la guerrilla comunista. Desde que Abimael Guzmán y otros senderistas caminaban libremente por estos lugares predicando las doctrinas de Marx, Engels y Lenin, se resolvió en su momento que los buenos eran los revolucionarios. Y lo confirmó el hecho, de que en la dictadura del expresidente peruano Alberto Fujimori, asesinara indiscriminadamente  a todos aquellos ciudadanos que estuvieran involucrados con grupos guerrilleros, fueran culpables o no.

Estas masacres, hasta el día de hoy, no están del todo esclarecidas y el pueblo sigue reclamando justicia, igual que las familias chilenas reclaman justicia por las muertes en la dictadura del generalísimo Pinochet. Ahora, tanto Alberto Fujimori como Abimael Guzmán, están en la cárcel pagando por sus hechos de abuso de poder y genocidio. Doy fe, de que la bondad del pueblo peruano es como el sol, o sea, ellos le prestan ayuda a buenos y malos, porque su naturaleza es sin reservas. Puede haber una historia de una guerra injustificada de por medio, pero el amor a la tierra, al trabajo, a la vida, hace olvidar el amor obligado a las ideas de hombres.

Produce dolor social, que aquellos campesinos que son dueños y señores de grandes extensiones de tierra, terminen en la ciudad siendo marginados por el hecho de ser campesinos, a los cuales llaman “Paisanos” o “Montubios” y que mendiguen un pedazo de pan en las urbes. Este país no se pudiera mover sin el trabajo de ellos, de los pequeños agricultores que cada mañana, a pesar de las carencias, se levantan a trabajar como rindiendo un homenaje a la vida.

Sin embargo, el desplazamiento o éxodo de autóctonos a la ciudad, se debe al modelo neoliberal que adopta poco a poco el gobierno y que está sacando del juego a pequeños agricultores, para implantar trasnacionales que expriman a la gente, la tierra, y la historia del gran Perú.  Solo a modo de dato, Perú, es uno de los países que sin oposición ha firmado el TLC con Estados Unidos.

La historia siempre se ha debatido entre los despojadores y los despojados, y con nostalgia (porque amo al Perú) digo también que las ciudades son enemigas de la verdadera tradición milenaria que caracterizó a todo el Perú. Perú, país de Huancas, Incas, Waris, Chavines, Chachapoyas, Nazcas, Mochicas, Chimús, Paracas, etc.

Aquellos descendientes de emperadores, dioses, chamanes, guerreros, son hoy taxistas, vendedores de polladas, constructores, surtidores de balones de gas, lavanderas, vendedores ambulantes, pescadores. Todos trabajos dignos. Y no es que me oponga al progreso o desarrollo de la nación, sino que incluso el campo es tan atractivo como la urbe, pero el gobierno solo por medio del ministerio de Turismo parece darse cuenta de ello. Por eso es que el país es Lima céntrico.

Esto es una realidad. El problema de la marginación radica en el uso del lenguaje que discrimina y en las leyes regladas a favor de los poderosos.   Si la historia fuera justa, cada ciudadano peruano, debería tener por herencia un pedazo de tierra por derecho. Basta echar una mirada al sur de lima o al sur de Perú (Moquegua, Tacna) para sentir un deseo de llorar, al ver las chabolas de dos por dos, donde entra una familia pobre a fuerza de protegerse del sol o de las inclemencias de la noche.

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