Una coma en la historia

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Pues cada uno de nosotros, por poco importante que parezca,

 es un pedazo vivo de historia

Alvin Toffler

La Tercera Ola

 

Cuando nací, el muro de Berlín aún no se había caído. Bueno creo que no se cayó, lo tumbaron los hombres; pero igual no sabía qué se iba a caer para dar paso a unificar a un solo pueblo –el alemán- dividido en dos por unas ideas intempestivas que encendieron el mundo bajo otros contextos. Entre otras cosas, sobre este hecho me impresionaba saber que defender ideas mataba hombres, que el color rojo nunca se llevaba con el azul  y que  la caída de este  muro sirvió para desplazar una idea y unificar un país.

Nací en el año de 1983, el año de las más curiosas efemérides mundiales: un terremoto destruyó Popayán, Colombia, apodada curiosamente “la ciudad blanca”; se le hizo  justicia al viejo Galileo Galilei, después de 350 años –tarde pero justicia al fin-, retirándosele la condena impuesta por la iglesia romana;  Simón Bolívar cumplió 200 años,-y aún parece seguir diciendo desde su tumba: “he arado en el mar”- y William Golding gana el Premio Nobel de Literatura.

En fin, como la historia no es lo mío, solo me limito a decir que esos sucesos fueron las estrellas que anunciaron mi nacimiento desde una vieja villa indígena llamada Calarcá en Colombia. A mis padres no les interesaba las políticas ni comunistas, ni socialistas, ni capitalistas que existieran como modas en el mundo porque no entendían nada sobre el asunto. Cuando crecí, ellos no me comentaron que hechos rodearon el año de mi nacimiento, fue la historia con todas sus taras la que me enseñó, que antes de mi habían hombres haciendo cosas malas, y que después de mi las seguirían haciendo.

No entendía porque las estupideces de los seres humanos quedaban registradas en los libros y en las memorias colectivas. Quizás -deduje- debe ser para no volverlas a repetir o para repetirlas causando el mismo efecto en las personas: dominación, vértigo, destino, formación, miedo o esperanza. A decir verdad siempre tuve un cierto repudio hacia la historia, y no sé por qué extraña razón presentí desde la escuela que la historia eran hombres y no libros; nunca encontré unanimidad con los historiadores en cuanto  a relatar una sola línea paralela de sucesos mundiales, siempre encontraba que la historia era diferentes para unos, e indiferente para otros y que una coma mal puesta podía trastornar el pasado.

La cuestión es que siempre me cuestioné –hasta hoy día- sobre si existe una historia como tal, porque existen muchos historiadores –y es curioso que ser historiador sea un oficio- contando todos “la historia”; Todos la reescriben de una forma diferente, dando a entender que el pasado puede ser modificado. Si no es así, eso de la historia en mera invención literaria y punto.

Por ejemplo nuestro profesor de ciencias sociales, del liceo “Los Andes” nos enseñaba que Simón Bolívar había muerto de sida, y no sé qué razones o fundamentos tenia para afirmar tal cosa, pero con esa historia crecimos muchos alumnos en Pereira. Después leyendo la enciclopedia Ilustrada Larousse, encontré que el libertador, había muerto de pulmonía por haber cruzado “Los Andes” a pie con sus batallones de mulatos. Pero hoy en pleno nuevo siglo, existe la teoría de que fue asesinado por la oligarquía que desvertebro el sueño de “La Gran Colombia”.

Creo que por eso nacen las leyendas, porque la historia no se pone de acuerdo, y los historiadores se ríen a carcajadas mientras escriben los compendios que luego nos desinforman y nos hace nacer al debate.

No tengo nada contra la historia, es una rama decente igual que las ramas ancestrales que usaban los antiguos para curar heridas del cuerpo. Hablar mal de la historia sería, tratar de aparentar que no he leído a Spengler o Heródoto,  o dejar difamado el oficio de Jaime Ochoa  en Pereira o de Amparito Núñez, en Quito.  Es mejor hablar de algo, pero sin emitir juicios, porque nunca se sabe cuántas personas mueren cuando se lanzan “Little Boys” sobre Hiroshimas y Nagasakis mentales.

En fin, dejemos que la historia también tiene su historia. Y para eso tenemos a Francis Fukuyama –que curiosamente tiene el nombre de una ciudad de Hiroshima- que ya lanzo una bomba en el patio de las ideas de los meta relatos modernos, causando conmoción en la sociedad con preguntas como: ¿habrá muerto la historia?, ¿Se podrá llamar historia a esa serie de eventos sin sentido y sin justicia  que vivimos hoy en día como la muerte de Bin Laden, Gaddafi, el desplome de la economías mundiales, los indignados, los hackeos de Anonymous o el nacimiento del ciudadano  número 7.000 millones ?. Fukuyama tiene mucho que decir al respecto.

Repito, nací a finales del siglo de las guerras y de la decepción moderna de la humanidad sobre el siglo de las luces. Creo que el siglo que me vio nacer, terminó diciendo: se acabó la función, apaguen las luces. Nací 17 años antes del fin del milenio, edad justa para ser parte de un cambio de época a otra y todas las consecuencias que esta conllevaba. Igual que la baja edad media, recibió a la alta edad media, con suicidios en masa, teorías apocalípticas y políticas de retrocesos, el año 2000 trajo el Y2K, que fue solo una especulación sobre ceros adicionales; el “efecto 2000”  y teorías cristianas milenaristas solo fueron dos bromas más, añadidas a la “historia” tragicómica del ser humano.

Yo recibí el año 2000, con mucha frescura. En su momento no comprendía el maravilloso hecho de haber sido testigo de un cambio de posta de un siglo a otro. De agregarle un palito a dos equis. (XXI). Un cambio que puede ser considerado igual que un muro de Berlín con sus divisiones estentóreas.

En la parte federal del siglo XX, quedaron los recuerdos, los años, los muertos, las utopías, las “guerras” que como una película tuvo su parte uno, dos y quién sabe si la tres;  los clásicos, la ida a la luna y toda su parafernalia de saber que los rusos enviaron a un perro, y los norteamericanos un simio Africano, llamado Ham. Y en la parte Democrática, que es el XXI, aún seguimos creyendo que todo será diferente, aunque cada día vivamos como  Sísifo. En fin, un sinnúmero de cosas que si usted nació antes del cambio de siglo las sabe mejor que yo, porque los medios no durmieron nunca sobre esos belicosos sucesos.

Hoy no podría decir si hemos erradicado las guerras, porque cada vez más hay más armas que trigo.  Creo que el palito (I) agregado a las dos equis (XX) significa que los anteriores siglos no fueron productivos para el desarrollo humano, por eso los tacharon, el palo erguido significa que tenemos una oportunidad virgen por delante –y esto de una forma simbólica-.

1983 se me presentó como una posibilidad para ser testigo del tiempo –que en esencia son los hechos-, y un devenir histórico que no parece tener un vestigio que apuntale al hombre a transformar su conciencia y su desarrollo. En pleno siglo XXI, los smartphones, las tablas, ipod, ipad, internet, Ethernet, sin hablar del contenido propio de la web, son uno símbolos más de “vida” para el hombre “moderno” igual que lo “fueron” las armas, que empuñaban nuestros antepasados, anhelando encontrar en esos elemento también una “libertad” y un “desarrollo”.  Nací en 1983, y como dice Alvin Toffler, aunque parezca muy insignificante, soy un pedazo de historia.

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