El nacimiento trágico de Polichinela

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Nadie sabe cómo nació Polichinela. Simplemente apareció en una cuna que su madre, la infeliz señora Pulci, había comprado para mecer noche tras noche, su dolor, angustia y esperanza de 20 años de matrimonio sin poder tener hijos con su esposo.  Quien más deseaba un hijo era ella, pues el viejo pasaba la mayor parte del tiempo pescando. En esos momentos cuando el viejo se ausentaba, ella se distraía en su soledad, entonando dulces melodías al borde de la cuna, haciéndose la idea de que tenía un hijo a quien amar.

Su deseo de tener un hijo y su queja por no tenerlo, era un constante en la esposa del viejo. Una noche, el viejo Pulci con un par de copas de vino encima y cansado de la insistencia de su mujer de querer un hijo, se levantó bruscamente y dando un puñetazo fuerte en la mesa exclamó: « ¿Cuándo querrá el diablo hacer callar a esta charlatana? ». La mujer se persignó, y pidió a la santísima virgen que tuviera piedad de ellos como familia. En ese instante un gato grande de color negro salió debajo de la cama, se enredó en los pies del señor Pulci y lo hizo caer estrepitosamente. También un pajarillo que tenían en casa, tomó su vuelo, rozando el cabello de la dulce señora Pulci y desapareció por la ventana. Un aire frio entró en la casa, pero lo que hizo poner la piel rosuda de los dos fue un grito estridente que salió de la cuna.

Con el temor metido en el estómago, el viejo mandó a la señora a que mirara de que se trataba el asunto. Ésta al acercarse, estalló en una sonrisa natural  al ver una pequeña criatura humana, acostada en el regazo. «Que niño más hermoso» exclamó, tomándolo en instante en sus brazos. Sus ojos indulgentes, llenos de esperanza y amorosos no tuvieron reparo en ver una evidente joroba doble que tenía el neonato: una en la espalda y otra en el estómago. El señor Pulci, aun recomponiéndose de su caída, manifestó su deseo de ver a la criatura: « que le vea yo, que le vea yo». Y cuando la señora lo acercó para que le viera, el viejo grito horrorizado: « que feo, por dios. ¡Vaya un monstruo con sus dos jorobas!» el niño a oír tales palabras, se lanzó de los brazos de su “madre”,  se puso en las rodillas del señor Pulci, le hizo una reverencia inocente y le halo la barba, cosa que le pareció risible al viejo. Tanto que una semana no paro de reírse de tal escena infantil.

Sin poderse contener, abrazo al niño con ternura y le dijo a su esposa: «mira mujer, que venga del diablo, si es que viene como parece por su traza, yo me quedo con él, pues me divierte mucho». A lo cual la señora Pulci respondió: «seguro que era del diablo aquel gato que te hizo caer, señor Pulci, o por lo menos próximo pariente del diablo; pero el pajarillo lo enviaba Dios». El viejo afirmó la respuesta de ella, y se afianzó a creer que los dos habían tomado parte en el nacimiento de Polichinela, que aunque era feo como el demonio, también tenía la gracia de un ángel.

***

Este antiguo relato de Octavio Feuillet, compuesto en 1846,  inspirado en la leyenda del personaje italiano de pantomima surgido a finales del siglo XVI, es más que  la vida y aventura de Polichinela, un niño (muñeco, dice el original) que nace de una forma misteriosa y que se convierte en el prototipo de los arlequines del rey, famoso por lo burlesco de su humor y lo descabellado de sus pericias. Es una metáfora para comprender el conflicto que supone la sabiduría contra la razón o el conocimiento.

No se podría precisar, si Polichinela nació de la cigüeña o nació de la maldición que profirió su padre y la bendición con la que le contrarrestó su madre. El caso es que apareció, después de que un gato negro, saliera huyendo de cada despavorido y un lindo pajarillo también se fuera sin razón aparente. Se dice que el gato y el pajarito son sinónimos del alma del viejo y la esperanza de la mujer. No es casualidad que ella cante al borde de la cuna todo el tiempo, y que el viejo acepte resignadamente el hecho de no poder tener hijos, por ser tan viejo como Abraham, y por eso el alejamiento voluntario de su casa, recurriendo constantemente al mar como consuelo. En la antigüedad no tener hijos era sinónimo de ser pobres, pues el apellido patriarcal desaparecería irremediablemente. Así entonces, no se sabe si por pacto del diablo, nace tan horripilante criatura, que de la nada se convierte en una persona influente en la sociedad de su época.

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