Nerón, el artista de los aplausos falsos

«Los festines de Nerón pueden trasladarse al lienzo, pues la imaginación los comprende con todos sus detalles»

Gabriel Unda


El hombre

Desde antes de nacer, Nerón estaba predestinado al mal. Su padre Gneo Domicio Enobarbo lo aborrecía en gran manera, pues solía afirmar con crueldad, cuando sus amigos lo felicitaban por el nacimiento de su hijo, que entre él y Agripina no podía salir nada más que algo detestable y fatal para el mundo. Y sin preverlo, esas infames palabras paternales serían casi una predicción de lo que fue Nerón como Prefecto y luego como Emperador de Roma.

La herencia de Gneo Domicio Enobarbo, a Nerón, fue el ejemplo de una vida completamente despreciable: mata a un liberto por una tontería, aplasta a un niño con su caballo, revienta el ojo de un caballero mientras discute con él y en el mercado no paga el precio que le piden los vendedores. Además de ser el padre de Nerón un reconocido adúltero e incestuoso, y de estar acusado de otros crímenes, muere de hidropesía, dejándole a su esposa Agripina un hijo sin nombre, porque, con el que lo designarían después, Claudio Nerón, sería producto de una irónica broma.

El nacimiento de Nerón estuvo rodeado de todo tipo de supersticiones. Entre estos, el más popular era ese de que dragones y serpientes lo cuidaban desde su lecho. Fábula que fue refrendada cuando se supo que Mesalina, la esposa de Claudio el Emperador, sintiendo celos por Nerón y para salvaguardar la fortuna de su hijo Británico, siendo este un bebé, lo mandó a estrangular, con la sorpresa de que los asesinos huyen espantados por una serpiente que sale de su cuna. También alimentaba la leyenda, el que Agripina, su madre, un día encontrara cerca de la almohada de Nerón, fragmentos de piel de serpiente. Pelaje que luego haría poner en un brazalete de oro para que este lleve en el brazo derecho como testimonio. Brazalete, que abandonaría tiempo después por la repugnancia de tener que recordar que un día intentó ser asesinado por dos víboras.

Agripina enviuda a los 3 años de nacido Nerón y para sobrevivir reclama la herencia de Gneo Domicio Enobarbo, pero el anterior Emperador, Calígula, se había quedado con toda la fortuna, dejando a la mujer, casi, en la total indigencia. Por eso, el pequeño Nerón se vería abocado a ser educado en la casa de su tía Lépida por dos maestros: un bailarín y un barbero que configurarían, por un lado, su perfil artístico; y por el otro, su faceta autoritaria.

Nerón

Tiempo después, el emperador Claudio, quien sucedió a Calígula, se casaría con Agripina, adoptando al pequeño Nerón como su hijo. Lo toma a su cargo a la edad de 11 años y para instruirlo le pone como maestro al filósofo cordobés Lucio Anneo Séneca, que ya era Senador en ese entonces. Pero Séneca había tenido un mal sueño la noche anterior del llamamiento, donde imaginaba tener a otro loco como Calígula por discípulo suyo. Cuando Nerón se entera de aquel sueño, lo toma como una ironía, y por eso, ya siendo Emperador, conservaba en la corte al filósofo, sin embargo, prefiere la compañía y tutoría de Petronio. El mismo Petronio, que antes de morir, se sincera brutalmente con el Emperador: “Consérvate bueno, pero no cantes más; mata, pero no hagas versos; envenena, pero no bailes; incendia ciudades, pero abandona la cítara”.

El político

Cuando muere Claudio, Nerón, ya siendo un joven, urde una trama política para acelerar su coronación como Emperador de Roma.  Sin tener en cuenta a Británico, el legítimo heredero del Imperio, marcha en litera al campamento, reúne a los soldados y se dirige al Senado para salir horas después con el título de Padre de la Patria (Pater Patriae) a la edad de 17 años. Hasta antes de la coronación, los soldados vacilaban y se preguntaban sobre el paradero de Británico, pero como eran una minoría los que inquirían, no son tenidos en cuenta por el impulso y la ovación de las masas que proclamaban Emperador al que antes era Prefecto de Roma.

Nerón, celoso de Británico por este poseer mejor voz, y con temor a que el recuerdo de su padre Claudio un día atrajese el favor popular para con él, decide envenenarlo. Primero intenta con una bebida preparada por la famosa envenenadora Locusta, pero el efecto falla, pues solo le produce una diarrea severa. Nerón enojado por el fracaso del asesinato, manda a llamar a Locusta, azotándola personalmente, y obligándola a preparar una poción más fuerte e instantánea, que luego, ensayan, efectivamente, con algunos animales. Ya puesta la nueva bebida en la mesa, Británico la prueba y, sin más, cae muerto. Nerón alega que es un ataque de epilepsia, y se disponen a enterrarlo apresuradamente a la mañana siguiente, sin ninguna ceremonia.

La primera etapa del gobierno de Nerón fue, por decirlo de alguna manera, una etapa fascista disfrazada de un socialismo popular. Busca el favor del pueblo y para eso debe mostrarse benevolente y justo. Así es que muestra respeto por Claudio, su padre adoptivo, rindiéndole honores y elevándolo al rango de los demás dioses venerados por el pueblo. A su madre Agripina le confiere poderes ilimitados y hace que los pretorianos la saluden con la frase “Óptima madre”. Remunera a los pretorianos veteranos. Baja los impuestos, obsequia dinero a los ciudadanos, los saluda a todos por su nombre, incluso cuando le traen la sentencia de un criminal para que la firme, reacciona con la famosa frase: “Quisiera no saber escribir”. Todo esto con la intención de mostrar dulzura y clemencia, además de intentar ganar el favor de la plebe.

Agripina

En su tiempo libre suele escribir versos, que después lee en su casa y ante el público, produciendo, curiosamente, regocijo entre la gente. Da muchos espectáculos y juegos en honor del pueblo, y conmina a todas las personas a participar. Una anciana de 80 años llamada Elia Catula baila en los juegos juveniles; la nobleza desempeña el papel de bufón; un caballero romano corre en la arena montado encima de un elefante; y por mandato del mismo Nerón se representa una obra de Afranio llamada El Incendio, donde los actores se abandonan al robo y saqueo de una casa envuelta en llamas.

Para divertirse, hace construir un anfiteatro de madera que llama “Campo de Marte“, para que luchen los gladiadores sin que se maten entre ellos. La intención es que ciudadanos comunes, senadores y caballeros también participen de las batallas preparadas. Escoge un buen  número de ellos para que actúen.  Da un espectáculo de Naumaquia, en el que pone a monstruos marinos a luchar entre sí. Pone a los niños a bailar, cosa que le divierte mucho, y al final les da diplomas de ciudadanos romanos. Un hombre disfrazado de Ícaro se lanza desde el palco hasta la arena, quedando estrellado contra el suelo.  Nerón es el primero que establece en Roma los llamados juegos Neronianos, una copia de los juegos griegos, que están compuestos de  tres géneros de diversiones: música, carreras de caballos y juegos gimnásticos.

El artista

Desde pequeño, la música ha sido una de las disciplinas artísticas en las que Nerón fue instruido. Una influencia, que se cree, recibe del bailarín que tuvo como tutor. Su afición por el arpa lo lleva a admirar profundamente al maestro Ternum, el mejor arpista de la época. Por eso, cuando sube al trono, no duda en mandarlo a llamar al palacio para que esté con él todo el tiempo. Le hace entonar el instrumento en las comidas, en los descansos y hasta cuando se va a dormir. Poco a poco empieza a ejercitarse en este arte, poniendo especial cuidado en las técnicas que le harán un buen músico. Ya confiado, se presenta en escena, pero su voz débil y sorda no le ayuda. Para justificar su fracaso, repite constantemente el proverbio griego de: “La música no es nada si se la tiene oculta”.

Nerón en lo alto de la torre de Mecenas

Osado y atrevido, se aventura a ejercer su don musical inicialmente en las provincias de Roma. Se presenta en Nápoles donde un terremoto sacude la ciudad, y aunque, sin importarle, canta hasta el final. Entona su música en Anzio y Albano y no desperdicia lugar para cantar, solo teniendo intervalos de pausa para asentar su voz y hacer ejercicios básicos. Le agradan en gran manera los aplausos. Los primeros que recibe en la ciudad de Alejandría son pocos, pero Nerón, sin desánimo, elige jóvenes, caballeros, plebeyos y mozos para que aprendan diferentes formas de aplaudir y lo ovacionen cada vez que canten. A este grupo, que llama los “Augustiniani”, les paga a cada uno cuarenta mil sextercios, y sí era escogido por el Emperador, era obligación pertenecer a la compañía. Siempre se expresa de ellos como “Los compañeros de su gloria y los soldados de su triunfo”.

Con el deseo reprimido de cantar en Roma, acelera los juegos Neronianos, para que se ejecuten antes de tiempo. Para ello, prepara un concurso de músicos con previa inscripción. Ante los ruegos de los capitalinos de que cante (aunque realmente el mismo se había hecho rogar por el público) anuncia su participación en el certamen, poniendo su nombre en la urna junto a lista de los demás artistas para ser elegido por suerte como los otros. Cuando entra en escena, los prefectos le llevan el arpa, detrás de él vienen los tribunos militares y en derredor suyo sus amigos más íntimos. También representa personajes de la tragedia griega con la condición de que las máscaras de los héroes, y de los dioses, se parezcan a Octavia, su mujer.  Actúa en varias obras escénicas, entre ellas Hércules Furioso, donde lo encadenan para una representación, y donde un soldado, creyendo que es una escena real, corre a desatarlo.

Nerón se convierte en un activista, tomando parte en todas las luchas de los artistas. Canta en todos los lugares adonde llega, descuidando así los asuntos prácticos del Imperio Romano. Fue tanta su afición a la música y las artes, que cuando canta, nadie puede salir del teatro por ningún motivo. Muchas mujeres dan a luz en sus espectáculos y varias personas intentan saltar las murallas para escapar; otros simplemente se hacen los muertos para que los saquen de ahí sin más. Nerón se somete a todas las leyes que le impone el teatro y en una ocasión, representando una tragedia, deja caer el cetro para recogerlo temblorosamente, por miedo a ser expulsado.

Después de sus muchos viajes artísticos, entra en Roma en un carro arrastrado por caballos blancos, vestido de púrpura y con la corona olímpica en su cabeza. Detrás de su carro, están los «Augustiniani», los aplaudidores asalariados. Cuando pasa  por la calle, le lanzan pájaros, cintas y pastelillos. En su alcoba cuelga las coronas y llena su cámara principal con las estatuas que lo representan con traje de músico. Nunca, en ningún momento, descuida el arte musical. Tanto cuida su voz, que no proclama nada de manera personal en su gobierno, sino que dispone de otra persona para sus decisiones imperiales. Y cuando levanta la voz, su maestro de canto le advierte que debe cuidar su pecho y sus cuerdas vocales.

Nerón aconsejado por los astrólogos

La decadencia del artista

La decadencia del Imperio Romano comienza cuando dos cometas se asoman en el cielo durante el reinado de Nerón. Según la opinión general, ese evento anunciaba a los señores, el fin del mundo. Nerón había escuchado de unos astrólogos que un día lo destituirían, mientras otros le decían que iba a conquistar el Imperio de Oriente. Teniendo en cuenta esas profecías dispares, y muy asustado, manda a llamar al astrólogo Babilo y este le aconseja, que el efecto de la profecía mala, puede revertirse sacrificando la vida de personas ilustres del Roma. Así es que entonces descubren, por coincidencia, dos tramas urdidas por Pisón en Roma y Vinicio en Benevento. Sin dudar, Nerón los exilia y manda a ejecutar a muchas personas, adelantándose a un posible golpe de Estado. Ante tal «idus de marzo», o conspiración, decide alejarse del senado y amenaza con abolirlo.

Empieza en él un odio y desconfianza hacia todo lo que le rodea: hacia el pueblo romano y sus dirigentes. Pero sería en una conversación con un pariente suyo a quien le diría: “Que todo se abrase y perezca después de mí”, y aprovechando la ocasión, agrega: “Viviendo yo”. Y así empieza la amenaza de quemarlo todo, de no dejar piedra sobre piedra si llega a darse el fin de su reinado. Le desagradaba todo lo que habían hecho sus predecesores; se queja de que las calles sean angostas e irregulares, y por consejo de Tibelino hace prender fuego a toda la ciudad. La conflagración dura 6 días y 7 noches continuas.

Mientras tanto, el pueblo intenta esconderse, pero solo encuentra refugio en los monumentos y en las sepulturas. Todo es arrasado por el fuego, todo lo que la antigüedad había dejado como memorable. Nerón contempla el incendio desde lo alto de la torre de Mecenas, encantado, decían, de la belleza de la llama. Y estado allí en lo alto, canta en traje de teatro la pieza:  “La Toma de Troya”. Luego de la catástrofe que destruye casi la totalidad de los 14 barrios de Roma, se apodera de los cadáveres y los escombros y pide ser remunerado desde las provincias para reconstruir la ciudad. Demanda Imperial que casi lleva a la quiebra a todas las hijas tributarias de Roma.

Así entonces busca una excusa perfecta, y osa echarle la culpa a los cristianos y a los judíos, condenándolos a morir en el circo romano de las maneras más crueles. Pero el asunto no para ahí, ya que a estos males se añaden otros más que presagiaban la caída del gobierno de Nerón: pestes, guerras, derrotas, hambrunas, además de las críticas que recibe el emperador por medio de epigramas anónimos, que cuestionan su desempeño. Debido a esto, proclama desterrar de Roma, y de toda Italia, a los filósofos y cómicos y ordena a su preceptor Séneca que se suicide.

El filósofo Séneca y el novelista Petronio

Mientras todo sucede en cascada, Nerón sigue en su rutina de ir al gimnasio mientras llegan cartas de las diferentes provincias donde le solicitan al Emperador tomar decisiones para salvar los intereses de Roma ante la sublevación de las Galias y las Españas. Durante ocho días, Nerón no contesta ninguna carta. Hasta que un buen día se levanta y dice a los senadores que hay que vengar el proyecto de Julio César. Por supuesto, al Emperador no le preocupa en absoluto salvaguardar su gobierno y su pueblo, lo que realmente le preocupa son las críticas hacia su voz, y por eso constantemente pregunta si él era el mejor artista del país. Mientras tanto le siguen llegando más cartas que recibe con una indiferencia total.  Ante rumores de sublevación, manda a asesinar a los gobernadores, jefes del ejército y a los desterrados de Roma, pero abandona rápidamente estas ideas por la imposibilidad de ejecutarlas todas a la misma vez. Solo termina destituyendo a los cónsules, asumiendo así, la autoridad total para recuperar las Galias.

Prepara una expedición con carros que llevan los instrumentos de música, y a sus concubinas, les hace cortar el cabello como hombres y las arma con escudos y hachas como auténticas Amazonas. Pero sus excesos están llegando a su fin. Los ciudadanos empiezan a odiarlo por las malas políticas de Hacienda, aunque la gota que derrama el vaso es cuando ver llegar de Alejandría una nave cargada de arena para el coliseo donde batallan los gladiadores. La indignación popular es general.

Desde ahí empiezan los ultrajes hacia el Emperador. Sobre la cabeza de una estatua suya colocan un moño de mujer con la inscripción griega: “Llegó, finalmente, la hora del combate”; al cuello de otra estatua con la efigie del Nerón atan un saco y escriben en él: “Yo nada he hecho, en cambio, tú mereces el saco”. En las columnas escriben que sus cantos habían despertado a los galos, y durante la noche gran número de ciudadanos, fingiendo reñir con esclavos, piden a grandes voces un vengador (Vindex) para el pueblo.

Enloquecido por el rumor total de sublevaciones, se enfurece y manda a llamar a Locusta para que le prepare el mejor veneno. Mientras tanto, busca refugio en casa de sus amigos, pero nadie le abre la puerta. Desesperado, huye lejos, aunque el esclavo liberto Faón le ofrece su casa de campo en la vía a Salaria, a cuatro millas de Roma. El Senado le declara enemigo de la patria y lo busca por todas partes para castigarle de acuerdo a las leyes. Nerón, paranoico pensando en la crueldad del castigo, y acercándose ya los jinetes con la orden de tomarle vivo, recita en tono poético y en griego la frase: “Oigo el paso veloz de animosos corceles” y se clava, ayudado por su secretario Epafrodio, un hierro en la garganta. La última voluntad de Nerón es que no le arranquen la cabeza para no afectar su voz y que lo quemen entero. Y así fue.

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