Carta del escritor  André Chouraqui a un amigo árabe

Chouraqui

[1] Carta  publicada en forma de libro en 1969, después de la Guerra de los Seis Días de 1967. Hoy 47 años más tarde, parece tan actual como entonces.

Ayer nos encontramos nuevamente en Manajé Yehuda, después del estallido de la bomba que destruyó un barrio entero, mató a 12 personas e hirió a muchas otras. Nuestras miradas volvieron a cruzarse, ardiendo con la misma ansiedad. Yo temía encontrar la cara familiar de una mujer, un niño o algún amigo entre los cuerpos quemados. La misma humillación y el mismo temor nos perturbaban a ambos. La cadena de violencia se ha puesto en movimiento y cada embestida provoca y acelera la diabólica sucesión de represión y muerte.

Y sin embargo, judíos y árabes disfrutan aún de la nueva situación de la ciudad reunificada que vive actualmente una prosperidad sin precedentes en sus 3.000 años de historia. La ciudad volvió a la vida porque cayeron las barreras que la dividían. Sus admiradores afluyen de todos los confines del mundo; todos sueñan con reconstruir su vida y aumentar el esplendor de la ciudad de los profetas, apodada modelo de belleza.  De pronto tomé conciencia de que se le podría aplicar la historia de la Bella Durmiente. En una sola noche de sangre y fuego nos sacudieron de nuestro letargo y juntos comprendimos la urgencia de nuestro destino.

Más allá de nuestras limitaciones personales, más allá de nosotros mismos, redescubrimos la antigua epopeya; nos transformamos nuevamente en los heraldos portadores del mensaje de Abraham, promotores de la historia y responsables de su cumplimiento. Por primera vez, la historia de Jerusalén dependía de nosotros y no de los griegos, romanos, bizantinos o árabes; no de los cruzados, seléucidas o turcos; no de los egipcios, iraquíes, sirios o libaneses, sino de nosotros solos. Nosotros somos los hijos legítimos de esta tierra: tú, el palestino hondamente arraigado en el suelo de esta ciudad y yo, el israelí que regresa de su deambular por el mundo. Ambos afrontamos el horror de la violencia y nos vimos atrapados en la misma maraña de humillación.

Más allá de la noche se puede ver el amanecer mientras la ciudad resurge y se reconstruye en todas direcciones. A juzgar por el número de peregrinos y las sumas dedicadas a las tareas de reconstrucción, éste debe ser el lugar más rico del mundo. Esta es la tierra en que la belleza del lugar y la del ser humano se despliegan en su dimensión más heroica y en su forma más pura: rocas flamígeras, cúpulas que cortan la respiración, minaretes, campanarios y calles empinadas dolorosamente construidos a través de los tiempos… Es como si la ciudad despertara de la muerte, pero traspasada por los acontecimientos de las eras de la humanidad.

***

¿Podrá la amistad que nos une desde nuestra juventud permitirme avanzar un paso más y decirte que creo que el sionismo y el arabismo, tan violentamente confrontados, proceden también de los mismos motivos, muestran estructuras idénticas, padecen las mismas mutaciones y persiguen los mismos fines? Este es el nudo de la cuestión, y solo puede parecer contradictorio a quienes no se hallan involucrados en el problema árabe-israelí. Nos reunimos bajo la cúpula de la mezquita de Omar después de 20 años de separación. Durante todo ese tiempo, tú el árabe y to, el israelí, hemos aportado nuestras fuerzas a los dos lados de la contienda. Podemos comunicarnos de inmediato; a pesar de la confusión de 20 años de lucha, ante nuestra primera mirada reciproca nada queda del resonante conflicto que nos enfrentara: un abrazo, algunas lágrimas, la certidumbre de que el pasado ha muerto (el proverbio árabe dice Eli fat mat) y de que debemos construir juntos nuestro futuro. Ninguno de nosotros tiene más posibilidad que la de convivir el uno con el otro, el uno para el otro, y la de construir un futuro de paz que pueda exaltar y continuar las glorias del pasado árabe y judío, haciendo realidad los sueños más osados.

Durante 50 años, judíos y árabes disputaron y blandieron los derechos que insistían en poseer sobre la Tierra Santa. “Tierra árabe”, decían ustedes; “Tierra hebrea”, respondimos nosotros. Los judíos se basan en la Biblia y en esperanzas milenarias de obtener reparaciones por los desmanes perpetrados por el imperialismo romano en el primer siglo de la era común. Los musulmanes tienen la teoría subyacente de que una tierra que perteneció al islam, no importa cuando, le sigue perteneciendo para siempre; (“además de eso, somos los herederos de ingleses y turcos”). “Si existen prescripciones en cuestiones de soberanía sus derechos caducaron tan como ustedes afirman de los nuestros”. Los argumentos proliferan y se vuelven tan técnicos que la discusión política podría prolongarse hasta el fin de los tiempos. A cada argumento árabe oponen los judíos diez respuestas; para cada una de ellas, una mente sutil podría hallar cien réplicas, a las que podrían oponerse mil razones, y así sucesivamente.

Ninguna racionalización podrá modificar la trágica realidad de nuestro conflicto; hasta ahora no hemos aprendido a trascenderla y hallar una solución justa. Nuestro dilema consiste en primer lugar en optar entre la vía de la vida o de la muerte; si logramos resistir la tentación del nihilismo y las presiones de quienes quisieran impulsarnos a él, deberemos definir las condiciones de nuestra supervivencia simplemente para poder subsistir. El rechazo árabe y los intereses de algunos poderes mundiales pueden tornarse inútiles si decidimos unirnos como hermanos para construir la nueva ciudad de Israel e Ismael en la tierra de Abraham. Contaremos con todas las condiciones para una solución perfecta a nuestro problema imposible sólo con que aprendamos a reconocerlas y cumplirlas.

Frente a las contradicciones absolutas que nos separan, debemos proponer una solución absoluta que pueda unirnos indisolublemente en el marco de una tierra que nos pertenece a ambos, de un mensaje al que ambos aspiramos y de dos pueblos que fueron creados y preservados porque están destinados a cumplir la misma misión salvadora. Lo esencial radica en nuestra voluntad de resistir la atracción de la muerte y de imponernos, a nosotros mismos y al mundo, la débil posibilidad de sobrevivir, de salvarnos.

Si, podemos reconciliarnos sobre la indestructible base de nuestra reunión en un marco de justicia. Podemos aliarnos para siempre a fin de reconstruir el mundo árabe e Israel y para devolvernos a su vocación de eterna grandeza, al servicio de los ideales de paz y progreso de los cuales fueran los primeros heraldos. La paz nos salvará de todo lo que nos destruye y deshonra, de todo lo que nos hiere y mata: el problema de las fronteras, de los refugiados árabes y judíos, de la discriminación antiárabe en Israel y antijudía en los países árabes, los conflictos psicológicos y sociales causados por nuestra guerra, podrán desaparecer en el nuevo orden de paz.

Debemos construir pacientemente esta paz que nos protegerá y constituirá una salvaguarda para nosotros y una bendición inimaginable para el mundo entero. La biblia prometió a Abraham: “en tu simiente serán benditas las naciones de la tierra” Este versículo, que incluye la promesa formulada hace cuatro mil años, a nuestro antepasado común, puede definir el propósito formal de nuestra reconciliación. Y traducirse a partir de ahora en una realidad política revolucionaria. En su parecido esencial, árabes y judíos pueden constituir un polo de atracción que ofrezca al Medio Oriente y al mundo, respuestas a los interrogantes más urgentes que se plantean a la supervivencia de la humanidad.

***

Mi carta está llegando a su fin. El sol se asoma e ilumina el cielo de Jerusalén, en el que se entremezclan la voz del almuecín, las campanas de las iglesias y los antiguos sones de nuestros cánticos hebreos.

A pesar de que me dirijo a ti, amigo mío, en ti veo a la pléyade de poetas, novelistas, filósofos, ensayistas y periodistas árabes que asumen la saludable y fructífera tarea de regenerar su lengua y su pueblo. Veo la multitud de jóvenes árabes a través del Dar-el-Islam, y ruego que combinemos nuestros esfuerzos y unamos nuestras voluntades en el compromiso de librar juntos la verdadera batalla del hombre nuevo en este siglo cruel.

Más allá de las palabras; más allá de los cánticos, el inexplorado universo del silencio abre nuestros desiertos. En ellos podremos hallar al espíritu que inspiró a Moisés, a Jesús y a Mahoma; allí es donde se prepara y anuncia la verdadera resurrección delos muertos. Nuevos horizontes surgen en una tierra nueva, la tierra de los hombres alrededor de tus murallas, oh Jerusalén, a la luz de nuestra reconciliación.

 

 

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[1] André Chouraqui es un escritor prolífico y renombrado. Escribe en hebreo, árabe y francés obras de ficción y no ficción (Traducciones, poesía, prosa, obras de teatro y ensayos). Ha obtenido numerosos premios y doctorados honoris causa,  es comandante de la Legión de honor desde 1984 y en 1997 recibió el premio Renaudot. Murió en el 2007.

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