El viejo y el reloj de Ormolu

“Los días pueden ser iguales para un reloj, pero no para un hombre.”

Marcel Proust


El viejo empuja su silla, se acomoda al lado de la mesa, prende su vitrola, escucha jazz y se pone a llorar amargamente. Es un hombre melancólico a quien la edad le ha pasado factura, pues  ya no tiene nada en la vida salvo los recuerdos que lo sostienen en pie. Muletas existenciales con las que aprendió, como dijo el filósofo Séneca, a morir todos los días, a renunciar, a soltar. No fue difícil desprenderse de su patria, esa que amaba y por la cual daba la vida. Un día lo reclutaron en el ejército con argumentos nacionalistas para realizar una masacre en una guerra desencarnada e igualmente loca que su país.

El amor, a raíz de esa decisión, ha muerto en él sin posibilidad de reanimación cardio vascular. Ha querido invocar ese estímulo vital, esa chispa esencial, pero lo que se muere no regresa, o lo que se va, desaparece. Su familia lo abandonó al enterarse de que, mientras estaba en la guerra, había perdió ambas piernas en un campo minado. Era tan solo un joven que sufría por la patria, pero nadie (ni siquiera el Gobierno) estaba dispuesto a caminar con este rechazo social. El amor en él fue pisado, atropellado por las patas inmisericordes de mil gansos coléricos.

Y Dios, o mejor, la divinidad, simplemente dejó de existir para él cuando presenció la carnicería de hombres hecha por hombres contra hombres. Sangre derramada sin propósito sobre el terreno de la violencia ideológica. Crueldad sacada de viejos libros de historia que nunca tiene rostro humano sino una oscura faceta de hombres detrás de las sombras. Dios, dedujo, nada tiene qué ver con el mal, el mal son los otros. Y ahí empezó y terminó su fe.

Nada tiene el viejo, nada, salvo la música que lo hace sentir único y diferente, pero también miserable. Prefiere eso, a morir de desesperación y  angustia con tantos recuerdos como clavos pegados en una pared. El viejo es un hombre accesorio. Comprende que ha nacido para hacer parte de algo que nunca lograría entender. ¿Un plan?, ¿un telos?,  ¿un sentido? o ¿un sinsentido? no lo sabe. Ni lo sabrá.  Por eso la vida le parece trivial, porque nacer para la muerte, como había leído en el pensamiento de Plotino, considera, es un completo absurdo, un éter espurio, una chispa fulgurante que se desvanece en el aire.

El viejo espera su hora, el momento digno para lograr ser un hombre de verdad. El tiempo que a nadie espera, el momento al cual todos le huyen, o el punto final que entristece, o da descanso, a todo escritor. No hay esperanza para el viejo más que la desesperanza. Aclaro, el viejo no es pesimista, es que los ojos también sudan cristales.

En esa efímera soledad toma el té, no necesita nada más, salvo el azúcar, la cuchara y el limón. Elementos accesorios como él que cumplen una función, no para sí mismos, sino para otros, para él. Este hombre curtido en experiencia y en años, encuentra más filosofía en el silencio que en el mucho sentido de las palabras. En tiempos mozos creyó, ilusionado por la edad de la inocencia, que todo era posible; ahora, en la condición que está, se ha dado cuenta de que las palabras que dan vida, son las que la quitan igualmente. Comprende que lo que es bueno, en realidad es malo. Que el deseo producido por el lenguaje es un instinto de autodestrucción. Antes soñaba, ahora solo duerme despierto.

No tiene gustos refinados. No. Incluso comparte el tiempo generosamente con dos ratones fisgones que suben a su mesa y con Nuncasellena, su fiel perro, un galgo triste y ojeroso que conoce los gustos de su amo y respeta sus momentos de soledad. No hay nada que Nuncasellena no sepa, incluso el viejo lo prepara para cuando él mismo no esté. Le enseña cada noche, con palabras y como si este le entendiera, que nada tenemos en la vida a excepción del tiempo y los hechos. El galgo lo mira como suponiendo que el viejo cree morir, pero el viejo prende su pipa y la carbura con el dedo índice y corazón: le señala la puerta y le indica que ese es su destino.

El viejo tiene dos cuadros que trajo de Europa, dos obras de arte extrañas que consiguió en las ruinas del Berlín posthitleriano. Cree que le pertenecieron a Sepp Hilz, pero aunque fueran de él no importa, lo esencial es que el concepto contenido resume en buena parte su propia vida, o mejor, su anhelo como soldado, ahora como paria. Por eso los trajo en un barco que recorrió el mediterráneo, el océano atlántico y finalmente llegó a América.

En su cuarto decorado, que contiene una tristeza melancolía de muerte, dos ratones y el galgo, tiene como propiedad un reloj de Ormolu. Una reliquia viva que mira de frente, de soslayo y que también cree sentir de espalda. Su aspecto es maravilloso, son dos ángeles regordetes en ambos lados que sostienen el círculo que enmarca las señales del dios kronos.  También hay flores preciosas que lo adorna. El elemento, en su integridad, es de oro puro.

El viejo sirve de nuevo otra taza de té rojo. Cambia la aguja de su vitrola y espera la canción de jazz que le gusta. Al sentir el ruido sucio del disco, habla suavemente con su galgo contándole la historia del misterioso reloj de Ormolu que consiguió entre las ruinas políticas, los bellos muertos, la metralla intacta.

Tengo un reloj de Ormolu que siempre me ayuda a pensar –le dice a Nuncasellena- es dorado, francés, del siglo XIX. Es una hermosa pieza, preciosa diría yo. Y sabes como le llaman –le toma la cara al perro mientras este le da una doble mirada- el reloj de la muerte.

Fue hecho por la época cuando usaban mercurio para aplicar oro al bronce. Una vez que el reloj estaba recubierto y perfecto, lo calentaban para eliminar el mercurio; y el cuarto en que estaban los fabricantes se llenaba de gas venenoso. Las manos, la ropa, los pulmones de los fabricantes, todo era un desastre para ellos. Todos los que construyeron este hermoso reloj murieron: los relojeros, los aprendices, los niños, la familia, todos. Imagina a un hombre que se vuelve un maestro en un arte, con el que espera mantener a su familia, solo para destruir a todos sus seres queridos, y morir él también.

Da pena pensarlo «Nuncasellena», da pena pensarlo, entonces por eso siempre miro el reloj, para sentir que este cuarto puede ser ese lugar donde se construyó; el mercurio es toda mi vida que se quema y me envenena, y la soledad es el oro y el lujo que mortalmente disfruto. Eso es «Nuncasellena», eso es.

La canción de jazz casi termina y el viejo vuelve a la cama como cada noche a esperar el ser golpeado por los látigos de su conciencia. Llora, la sombra mortecina de la ventana le pega sobre su cara. El viejo llora, se siente un accesorio. No duerme, solo piensa despierto. Existe.

El viejo cuenta esta historia con melancolía. Sabe que está solo, irremediablemente solo. Mueve su  silla hacia el otro lado de la mesa y parte una onza de pan que comparte con los ratones y el galgo. Toma la botella de vino como si fuera su fiel compañera y deja rodar unas monedas por entre las hendijas de la mesa. Juega con las monedas, se distrae. Se abstrae por un momento. Deja de mirar el reloj, no porque carezca de valor, sino porque sabe que tiene un gran sentido existencial de fondo.  Significa algo, tiene una filosofía que lo arroja en todo momento, especialmente cuando escucha el tic-tac, el angustioso martilleo que anuncia que algo nuevo se aproxima.

El viejo no tiene nada, solo música, dos ratas, un perro y un reloj. Lo demás es lo que él no es: los recuerdos que están pegados a su cuerpo como un sacrificio etrusco. No quiere nada más, solo dormir, y despertarse, y seguir la vida, hasta que espere su tiempo, cuando vendrá el mejor día para un verdadero hombre. El día cuando la aguja del reloj de Ormolu entregue la última hora.

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