El Leproso y el Pecoso: dos bastardos sin gloria

«Para vivir de la delincuencia, la paranoia es imprescindible. «
Edward Bunker


Hace muchos  años escuché una historia que no olvidaría jamás y que tiene mucho que ver con Bogotá y Pereira, dos ciudades distantes, confusas e interesantes, donde cualquier cosa puede suceder en una esquina, un bar o un parque. El tema tenía que ver con el legendario ladrón y asesino bogotano Johnny el leproso. Un joven que se dedicó a la violencia porque no tenía otro oficio particular en qué invertir su tiempo y que en cierta forma, producto del desbarajuste de su familia, encontró en la violencia un talento a desarrollar. Es sabido, por los reportes y las noticias, que robar era su profesión, matar y atemorizar a las personas de varios sectores de la capital, una especie de hobby.  

Así entonces, a finales del siglo pasado, no había persona en Bogotá que al escuchar el nombre de Johnny el leproso no sintiera miedo literal, ya que a decir del investigador Esteban Cruz Niño, este extraño personaje atacaba sin compasión a cualquier que se le atravesara en el camino, quien ligado al crimen y a la delincuencia común, su perfil estaba más cercano al de un sicario que al de un asesino serial.

Con todo, la historia de sus crímenes fue un largo expediente tratado con pinzas por la gravedad del caso y por el frío cinismo conque refutaba ante el juez los macabros crímenes imputados. Su mirada era oscura y penetrante como la noche  y no se le movía una pestaña cuando de cobrar cuentas pendientes con un adversario se trataba. Según la leyenda, y según las personas que les impresiona un líder criminal mediático,  era un buen bailarín y un fanático consumado de la Fania All Star.

El joven que me contó por primera vez sobre él, sería un pereirano peculiar. Según cuenta, este estuvo a punto de darse puños con Johnny el leproso, cuando por casualidad, al pasar por la carrera séptima de Bogotá se rozaron los hombros y empezaron una riña callejera: primero las palabras, luego los insultos, después puños y finalmente la navaja limpia. La policía no tardó en llegar y apresó a los dos sujetos que danzaban como gallos enardecidos dentro de un círculo. Fueron esposaron y los metieron en “la cajita de chicles” como llamaban popularmente a las unidades móviles de la policía en ese entonces.

Una vez adentro se amenazaron con saña: «En Pereira búscame como “El pecoso” dijo el primero, y el otro sin vacilar agregó: “En Fontibón y Kennedy pregunte por Johnny el leproso. Era obvio que en ese tiempo no existían las redes sociales, y si de buscarse se tratara, tenían que hacerlo físicamente. La situación se apaciguó con el pasar del tiempo y no trascendió a mayores, porque ambos fueron puestos en celdas diferentes, y uno fue dejado en libertad primero que el otro, por seguridad de la misma policía y de los presos que reclamaban no ser juntados con ninguno de ellos. Pasaría unos meses desde este encuentro, y “El pecoso” regresaría a Pereira, para contar esa menuda anécdota a sus amigos como si de una gesta heroica se tratara. Todos quedaron pasmados al escuchar con lujo de detalles la pelea que se había generado con el temible «Johnny el leproso» en pleno centro de la capital.

Se deleitaba contando el asunto con propiedad, mientras los que escuchaban estaban atónitos y se persignaban varias veces. Dos años después de este incidente, asesinarían al leproso en una cárcel bogotana, porque representaba una amenaza para los expendedores de droga en la calle del cartucho (hoy el ex Bronx), y para la ciudadanía en general, pero la triste historia criminal no terminaría ahí, pues como el agua, la mala influencia y los modelos negativos siempre corren en paralelo.

Alexander Sepúlveda, el verdadero nombre de «El pecoso», se lamentaría por la muerte de su adversario, sin embargo, en no mucho tiempo, él mismo se convertiría en una leyenda urbana del crimen dentro de Pereira y Dosquebradas. Le ayudaría a ser reconocido como un criminal importante, su casi pelea con el criminal bogotano, pues como un reguero de pólvora, pronto se daría a conocer en la ciudad como “El rey de la navaja”, porque no había quién le ganara peleando a machete o cuchillo.

Esa osada violencia, lo decían sus familiares, fue la herencia que también le dejó su papá Francisco Sepúlveda, un pelirrojo de Santander, que peleaba con la gente casi con la misma facilidad con que respiraba. La gallardía de Alexander Sepúlveda, hacia exclamar a sus amigos, enemigos y conocidos, que estaba rezado, que lo protegían espíritus, pero él simplemente afirmaba, «Nada de eso, solo que cuando peleo, me encomiendo a Dios y a San Gregorio».

No se sabe si por coincidencia o por causalidad, al pecoso le gustaba los mismos cantantes que al leproso: Raphy Leavitt y Héctor Lavoe. Del primero prefería la canción “Siempre alegre” y del segundo “El cantante”, aunque muchos creían que “Juanito Alimaña”, pero no. Lo cierto es que en tales canciones había todo un manifiesto existencial de penas y dolores humanos reprimidos que no podían ser sanados sino por la acción y la adrenalina.

De igual forma, la actividad delincuencial de el pecoso fue similar a la de Johnny en muchos aspectos: se jactaba de robar buses con un palo de escoba recortado metido bajo su camisa; de no consumir drogas; de ser el mejor bailarín de salsa y de tener más mujeres que balas en su bolsillo.  Su hermano menor, Robinson Sepúlveda, aprovechándose de la fama de su hermano mayor, intentó ser reconocido y afamado por sus fechorías, pero en menos de lo que canta un gallo terminó asesinado de la manera más cruel.

La última acción  de el pecoso, que recordaría al mismo Johnny en su etapa final,  fue en Camilo Torres, un barrio descampado donde este solía ir a ver jugar fútbol, y allí, meditando sobre un asesinato cometido, sus enemigos lo encontraron desprevenido, mirando al suelo, y sin mediar palabra, le propinaron tres balazos en la cabeza.

Terminaría tristemente extendido en el piso de la cancha de fútbol, cerrando así un ciclo de caos y violencia. En su entierro, que fue de lo más estrafalario, todos los bandidos, amigos de él, escribieron sus nombres en el ataúd, pusieron licor, lanzaron drogas, guardaron navajas y hasta pegaron fotos de cada uno de sus amigos dentro de la caja mortuoria. En el fondo sonaba su canción favorita de Raphy Leavitt, expresando la filosofía de los dos bastardos sin gloria: “…vive la vida, mira que se va y no vuelve”.


Siempre alegre: Raphy Leavitt

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