Los santos motores de Leos Carax

«Por uno de los pasillos avanza caminando un niño pequeño, desnudo e inocente (¿el director  nos solicita que contemplemos la película con ese mismo espíritu?)«
Juan Agustí


A trece años de su última producción cinematográfica, el director, Leos Carax, considerado el enfant terrible del cine francés de los años 80 y 90, aparece en escena con una extraña, pero magnífica película, que ya se perfila como de culto: Holy Motors (2012).

Un filme franco-alemán bien recibido por la crítica, que evaluó elementos como el arte, la fotografía, el concepto, la actuación, y ese efecto, que a decir de Sean Axmaker, es «un misterioso viaje de Alicia a través del espejo que termina en una sala de cine… una celebración de la magia, la imaginación y el poder primordial de las películas.»

Evaluación crítica que no es para menos, pues esta obra alcanza su cenit al mezclar actores tan disciplinados como Denis Lavant ( ‘Les amours perdues’, ‘Le petit pouce’,’ L’oeil de l’astronome’) y Edith Scob, y personajes secundarios de la talla de Eva Mendes, Killye Minogue, Elise Lhomeau, Michel Piccolli y Jeanne Disson. Mejor dicho, tanto los protagonistas como el reparto secundario, son una amalgama, que juntos forman todo el magnífico arte contenido en esta obra.

Novedad filmográfica, que entre otras cosas, no recibió ningún premio en el reconocido certamen de Cannes,  pero que en el Festival de Cine Fantástico de Sitges, de Catalunya, recibió cuatro galardones a la mejor película, dirección, producción y crítica, además del premio José Luis Guarner, y el título de mejor largometraje de la Sección Oficial Europeo Fantàstic a Competición. Un obra que logró un manojo de reconocimientos gracias a la visión de Léos Carax y todo su importante reparto.

Holy Motors narra la historia del señor Óscar (Denis Lavant). Un hombre solitario con una intensa pasión por actuar que vive día a día como si su existencia fuera una película. Así es que adopta diferentes disfraces y se interna en la psicología de las personas representadas para interactuar en  diferentes escenarios de la ciudad. Óscar, el protagonista, es un hombre sin conexión, sin contexto, que vive entre paréntesis, es decir fuera de la historia, que está en varios los lugares, pero a su vez, en ninguno de ellos.

Así, entonces la trama empieza cuando el Sr Óscar sube a una limusina blanca, conducida por Céline (Edith Scob), y se le notifica que tiene nueve citas, nueve personas que representar en nueve escenarios de la ciudad, que a su vez debe interpretarlos uno a uno en un lapso de un solo día. Hecho que de antemano nos envía el mensaje de que serán veinticuatro horas donde un ser humano experimenta con la realidad y su propia psicología, llevándonos a repensar la situación actual del hombre posmoderno: el híper-hombre desposeído de significado que se vuelve significante según en escenario donde se desenvuelve.

Holy Motors, sinceramente, es una película dramática para pensar y disfrutar, pues tiene la estructura de una canción bien concertada. Una propuesta llamativa  que muestra las aristas de la naturaleza humana. Naturaleza tan sórdida y vacilante. También es la metáfora del hombre buscando sentido en una sociedad de máscaras y representaciones (Gianni Vattimo). Una extraña parábola sobre el hombre que vive en sociedad (Eric Fromm). El hombre-masa, que asume su rol social como posibilidad para sobrellevar  la existencia, pero que a su vez se siente como un náufrago que no logra salir a flote. (Ortega y Gasset).

Por ser esta una producción francesa ya lleva incluido en sí, el sello de la filosofía europea. Un poco de existencialismo aquí, absurdismo por allá, nihilismo entre escenas, y un humanismo impregnado de arte abstracto. Una película dentro de una película, o mejor, una matrioshka​​ que nos mostrará los niveles de realidad que operan en el subconsciente.

Hay algo cierto con el séptimo arte, y es, que el cine mudo jamás se ha recuperado de la llegada del cine sonoro. El filósofo Jean Paul Sartre se lamentaba que los diálogos cinematográficos constituyeran el fin del cine de percepciones. Por ello Leos Carax, con Holy Motors, propone un medio y un producto para volver al tiempo del cine subjetivo, ese de las simetrías, los encuadres  y los gestos que deja perplejo y a libre interpretación, el mensaje recibido por los cine-videntes.  Una obra exquisita, que a decir de otro filósofo, Michel Houellebecq, y sobre la obra: “Es raro ver una película donde la luz se adapta a la tonalidad emocional de las escenas con tanta inteligencia”.

Casi con violencia, con nostalgia, casi con dolor, Holy Motors puede ser considerada una película culta, de culto, una producción francesa con hondura, que sinceramente desgarra las pasiones humanas.  Una obra cinematográfica deliciosamente absurda, que evalúa la vida, la muerte y todo lo que hay en medio, reflejando en un espejo deformante el estado del hombre posmoderno y líquido.

¿Qué queda entonces al final de este film? Un hombre rizoma. Un tallo con muchas raíces, un hombre con una vida fragmentada. Una red, una multiplicidad de sentido en una sociedad sin lazos. La película no tiene comienzo ni fin ¡comienza en el medio!

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